2 de mayo de 2016

El S.K. Beau de Freud por Olga González de Molina

Olga González de Molina








El  S.K. Beau de Freud

Olga González de Molina

Cuando Freud escribe sobre la Gradiva, nos presenta la imagen de un cuerpo de mujer plasmado en una estatuilla cuya réplica conservaba en su escritorio. En la obra de Jensen ella representaba el deseo de un hombre en la búsqueda incansable para encontrar a esa mujer, en un lugar ignoto y en un tiempo ya perdido en las ruinas de Pompeya. Y al hallarla en el escenario imaginario preparado por él para encontrarla, ya no es ella, es otra-ella. La historia se cierra en un enigma y en una pregunta sobre si esa mujer existía o si habría sido un sueño, una ilusión, o el delirio de un hombre, encontrar en otra, la imagen de una mujer que se esfuma cada vez.
Una extraordinaria transformación se produjo en el ensueño del protagonista de la historia, la erótica de la búsqueda de la mujer soñada se interrumpe en el acontecimiento de un encuentro que cambia el sentido de lo esperado. Buscar a Gradiva con la mirada y encontrarla en la resonancia de otra voz. Freud fue aquí explícito cuando nos presenta a Zoe en el escenario ruinoso de Pompeya, saliendo del ensueño de Hanold para situarse en el centro de la escena construida por Jensen, y en la comparación entre el ensueño y el delirio, plantea la reminiscencia del primer amor de Hanold, reconocido en el canto de un pájaro y en el sonido de la voz que pronuncia su nombre.
Roland Barthes también se refiere a esa peculiar ensoñación que se presenta como existiendo en otro tiempo y lugar cuando presenta a Proust evocando el perfume de Guermantes, buscándolo en un tiempo perdido y llegando a encontrarlo en un presente-pasado que estaba ya, en sí mismo, en tanto se conmueve en su evocación.
 Si Hanold hubiese sido fiel al recuerdo no habría logrado reencontrar a la mujer deseada, y si Proust hubiese rememorado los detalles del paisaje de Guermantes no hubiese logrado volver a sentir el perfume inolvidable que lo embargó cuando relataba el tiempo reencontrado, porque es en la reminiscencia y no en el recuerdo que se presenta la resonancia en lo sensible del cuerpo sexuado.
Peculiar anudamiento entre lo que se recuerda de lo que fue y lo que se reminiza de lo que habrá sido, en un caso es el goce abrochado al sentido y en el otro es el goce adherido al cuerpo. De su anudamiento, y no de su conjunción, se ocupó desde siempre la filosofía, buscando la solución a la aporía entre ser y existencia.
Roland Barthes se refiere a Proust y nos conduce a interrogar un continuo aprendizaje, el que sigue Proust, y a los dos momentos que lo constituyen: la ilusión y la decepción, aclarando que de ellos nace la verdad, es decir, la escritura. Hay dos discursos: el del Proust narrador y el de Marcel Proust. El narrador va a escribir y eso lo ubica en el orden de la existencia, no de la palabra. Proust, en cambio, escribe y, al hacerlo, lucha con los avatares de la lengua, y por eso necesita lo referencial, y se pregunta cómo lograr volcar en un registro –el suyo– a la palabra, interrogándose si es que hay un sentido pleno para la transmisión de aquello que el narrador desea escribir.
La constitución de lo imaginario en el héroe de Jensen le permitió sostener el objeto amado en las imaginerías de su fantasma y encontrar, en ese goce, una complementariedad. Faltaba un paso para hacer de su solución un escabel, faltó el cruce con el narcisismo para lograr el efecto de sublimación, que es para el parlêtre el goce de la palabra. Permaneció, en cambio, en la fascinación de la imagen, la sublimación permanece así impregnada de lo imaginario y el goce quedó ligado al efecto de poesía, dejando afuera el cuerpo sexuado, como en el amor cortés.
El parlêtre no se completa en su goce como el héroe de Jensen suponía en su fantasma para poder retener el goce de la búsqueda que encaraba. El engaño de nuestro protagonista es, que es de su propio cuerpo que se desprendía el goce del objeto que buscaba en Gradiva. Que es de él mismo que extraía el goce que escribía sin cesar su inconsciente.
Para Proust, en cambio, hizo de su escritura un Skabo y lo presentó al mundo dejando ver su estilo singular de anudar la resonancia conmovedora de su añoranza por la villa que lo albergó en su juventud, y la escritura ofrecida a la lectura de quien hojeara las páginas que la presentan y compartiendo  con quien las lee, la evocación del perfume de Guermantes mientras  lo evoca, al relatarlo.
Es una peculiaridad del Skabo, se transmite, articulado ya al narcisismo y depurado del sí mismo, se transmite.
Freud también encontró en la Gradiva algo a revelar. Partiendo de la obra de Jensen, construyó otra Gradiva y reservó para su gabinete de consulta el bajorrelieve que la representa emergiendo de las ruinas de Pompeya. Para el protagonista, Hanold, la solución fue Zoe, su amiga de la infancia. Y alcanzó para despertarlo de su delirio.
Freud rescato a Gradiva del delirio de Hanold y la inmortalizó en su escritura.
El relato de Freud sobre Moisés y la religión monoteísta fue una detallada transmisión de la escultura que lo representó en la prominente figura del hombre que sostenía las tablas de la ley en su mano.
También en esa escritura  Freud rescata de la historia una particular construcción del Moisés y hace con ella una versión enriquecida que ofrece a la mirada de los otros. No es lo mismo admirar la estatua de Moisés de Miguel Ángel, antes o después de haberlo leído a Freud.
Admirador de la arqueología desde su encuentro con Charcot, quien también poseía una magnífica colección, Freud comienza a atesorar objetos de arte de los que se acompañaba en su escritorio, no sólo para verlos, sino también como inspiración, porque a partir de ellos escribía, y con su escritura daba nueva vida a lo cristalizado en la piedra.
“Las piedras hablan”, una frase de Estudios sobre la histeria al referirse a la metáfora con la que compara al analista con el arqueólogo dispuesto a la excavación para encontrar sus tesoros. Así, guardaba entre sus reliquias arqueológicas una estatuilla de Eros y también tablillas funerarias egipcias. Eros y Tánatos configurando un secreto escenario en el que, la  la idea de pulsión, que había elaborado ya en sus escritos, encontraba en la historia del hombre las dos caras con las que mucho después escribió El malestar en la cultura.
En una carta a Fliess, el 21 de diciembre de 1899, Freud relata su admiración por Schliemann, el arqueólogo que encarna para él, el descubridor por excelencia, aquel que revela una tradición, considerada imaginaria, para darle un estatuto de veracidad, encontrando las pruebas y haciéndolas accesibles a todos, logra el modelo de una nueva manera de explicar la antigüedad.
Refiriéndose a la conclusión de la cura, Freud aclara, “Es como si Schliemann hubiese vuelto a desenterrar una Troya en la que nadie hubiese creído. Y con todo eso, el sujeto se siente desvergonzadamente, bien. Me ha demostrado en mi propia carne la verdad de sus teorías”.
La locura arqueológica, agrega Freud, en otro texto, aporta aporta pruebas fuertes, porque ella transforma el mito, lo vuelve transmisible, de ese modo responde a la paradoja de una ficción verídica.
Freud, solía decir a Fliess que su afición por la arqueología, y su mirada sobre las obras de arte que tenía en su consultorio le facilitaban fijar una idea antes que ésta se desvaneciera, una escritura virtual que volcaba después formalizada en una gramática para regalarnos con una grafía depurada, el lúcido pensamiento que esperaba transmitir.
No era seguro que esa transmisión fuera recibida, pero sí, le era necesario transmitirla. Son los anticipos freudianos de una elaboración de las comunicaciones del fin del análisis.
Joyce construye un S.K.bello, tejido de homofonías, buscando el sonido que le devuelva eco del nombre propio con el que cristalizar esa existencia para siempre. Jamás olvidado, su nombre persiste sostenido en las epifanías ofrecidas al descifrado permanente de sus lectores.

El S.K.bello de Freud se nutrió del arte que admiraba y lo acompañaba como la metáfora de un arqueólogo que encuentra trozos, retazos de real y los reconstruye en una escritura que es su invención, el psicoanálisis. Y lo hizo transmisible. Como todo SKbello, ya que ésa, es su esencia.