22 de marzo de 2016

Hacerse su familia por Vilma Coccoz.


Vilma Coccoz.





Hacerse su familia

He tomado como título para mi intervención el de la revista La petite Girafe Nº 24. Un sintagma muy adecuado para definir el resultado de la experiencia analítica en lo que concierne a la pregunta esencial que asedia al ser humano, al ser hablante, respecto a sus orígenes. Hacerse su familia juega con el equívoco: “a la familia se la construye, aunque también se la lleva a cuestas;  sobre el fondo de un “saber hacer con ello”, indica que uno también es su responsable.”[1]
La experiencia de un psicoanálisis se inicia cuando alguien elige tratar su sufrimiento por medio de la palabra y acepta seguir lo que Freud llamó “regla fundamental”, que consiste, simplemente, en decir todo aquello que le viene a la cabeza. Lo fantástico es, en palabras de Lacan, que cuando la gente toma este camino, siempre se refieren a algo que asocian, esencialmente, con la manera en que han sido educados por su familia.  De forma irresistible se ven llevados a hablar de su papá y su mamá, de aquellos que instilaron en su cuerpo la lengua -que no por casualidad se llama “materna.”  
Esta constatación tiene como consecuencia una restricción, no podemos hablar de la infancia en abstracto sino tomando en consideración que cada quien ha tenido una historia particular  y, por lo tanto, no es indiferente haber tenido esa mamá y ese papá y no los del vecino.[2]
Sin embargo, la clínica psicoanalítica del caso por caso impide establecer una relación causa-efecto entre la estructura de la familia y los tipos patológicos. La causalidad familiar no es unívoca, no se reduce al ambiente psicosocial.  Se impone entonces la pregunta acerca de si existe un irreductible de su estructura, un elemento real de la familia que pueda evidenciarse en el contexto actual, caracterizado por las grandes mutaciones de su forma tradicional.
Lacan se interesó de entrada por la familia como institución y de su alcance fundamental en la estructuración de la subjetividad. Destacó su función simbólica, específica en el ser humano, especialmente en lo que gira en torno al sentimiento de paternidad que ha marcado su desarrollo: “En este campo las instancias culturales dominan a las naturales, al  punto que no puede considerarse paradójicos los casos en que, como en la adopción, la sustituyen.”[3]
En su libro Los complejos familiares lleva a cabo una primera lectura de la obra freudiana sirviéndose de la noción de “complejo”, entendida como una forma fija de un conjunto de reacciones e implicando diversas funciones orgánicas, desde la emoción hasta la conducta adaptada hacia el objeto. Los complejos de Edipo y castración freudianos, matrices de la humanización del deseo son sometidos a una reelaboración en la que se destaca su carácter cultural, aquél que abre a las variaciones humanas infinitas frente a la rigidez del instinto, propio de los animales.
El complejo de destete es concebido como una crisis vital revelando una estructura dialéctica en la que se enmarca la pérdida del objeto y en el que se ve totalmente concernida la subjetividad de la madre. Vinculado a la prematuración específica del ser humano, su aceptación o rechazo dejan indelebles huellas en la vida individual y en la concepción de las seguridades a las que aspira el sujeto durante su vida.
El complejo de intrusión se establece en torno a los celos, considerados como el “arquetipo de los sentimientos sociales”, desde la perspectiva de las identificaciones formativas, con su ambivalencia intrínseca de actitudes contrapuestas y complementarias. En el alarde, la seducción y el despotismo que tiñen los comportamientos de los primeros años no está en juego una rivalidad vital sino la impronta de la imago del semejante, la tensión agresiva en la que se estructura el narcisismo.
En cuanto al complejo de Edipo, Lacan inicia en este texto un examen crítico de la concepción freudiana que se despliega a lo largo de toda su enseñanza. Destaca que este esquema psicológico constituye, según Freud, la forma específica de la familia humana a la que subordina las variaciones sociales. La simbolización de la sexualidad se fragua en una especie de pubertad psicológica “sumamente prematura” que ubica en torno a los cuatro años.
Sin embargo, el aspecto clave del que Lacan toma buena nota es la separación existente entre la normatividad edípica del deseo postulada por Freud y lo que denomina el declive de la imago paterna.  Las consecuencias psicológicas de este ocaso revelan un aspecto real de la carencia paterna que Lacan vincula a los efectos extremos del progreso social (concentración económica, catástrofes políticas). Causa de una crisis psicológica,  encuentra su justificación en la mayoría de los síntomas de la infancia y la adolescencia.
“Quizás deba relacionarse con esa crisis la aparición del propio psicoanálisis. El sublime azar del genio no explica quizás por sí solo  que haya sido en Viena –centro en aquél entonces de un Estado que era el melting-pot de las más diversas formas familiares, desde las más arcaicas a las más evolucionadas, desde las últimas agrupaciones agnáticas de los campesinos eslavos hasta las formas más reducidas del hogar pequeño burgués y las formas más decadentes de la familia inestable, pasando por los paternalismos feudales y mercantiles- donde un hijo del patriarcado judío imaginara el complejo de Edipo.”[4]
Confrontado a esta relatividad cultural Freud sitúa un invariante en esta dispersión: el padre.[5] Las figuras del padre devaluado o indigno que vieron la luz en la literatura de Dostoievsky iban a aparecer como el núcleo de la neurosis en el análisis de los síntomas propiciado por el dispositivo freudiano. La experiencia clínica mostraba una determinación principal relacionada con la personalidad del padre, “...carente siempre de algún modo, ausente, humillada, divida o postiza.”
En ese texto Lacan se refiere al franqueamiento que produjo el paso decisivo hacia la estructura moderna de la familia, correlativo al final del patriarcado, esto es, la reducción a su forma conyugal y a la multiplicación de sus formas.  Es el resultado de una “secreta inversión”, operada durante el siglo XV con la revolución económica de la que surgieron la sociedad burguesa y la psicología del hombre moderno.  Tal reducción de la familia al conjugo no implica simpleza, todo lo contrario, y Lacan destaca la complejidad de su estructura.
El niño como objeto
El  paso siguiente en el examen lacaniano de la función del padre tuvo lugar con la elaboración de la metáfora paterna.  Esta se caracteriza por asimilarse a una función simbólica que puede ser transmitida, en ausencia de la persona del padre, por otras personas, especialmente por la madre. El nombre del padre, significante privilegiado en el campo del Otro, es presentado como garantía de la subjetividad y eje de la clínica diferencial neurosis-psicosis.
Se inaugura entonces en la elaboración de Lacan, el examen de la inscripción del niño en la familia[6] desde la perspectiva del deseo de la madre como deseo del Otro que tendrá un importante abrochamiento en su texto Nota sobre el niño.  Lo inicia arrojando un balde de agua fría al entusiasmo que reinaba en esos años, al referirse al “fracaso de las utopías comunitarias” para explicar su posición: “La función de residuo[7] que sostiene ( y al mismo tiempo mantiene) la evolución de la familia conyugal en la evolución de las sociedades pone de relieve lo irreductible de una transmisión que es de un orden diferente de la de la vida según las satisfacciones de las necesidades, pero que conlleva una constitución subjetiva, lo que implica la relación con un deseo que no sea anónimo.”[8]
La inquietud por el origen que vivencia el ser humano toma la forma de una pregunta esencial que Freud denominó El enigma de la esfinge, no sin evocar al héroe trágico que dará su nombre al famoso complejo. Y cuya traducción puede ser formulada como ¿en qué deseo he nacido?
Con una extensa experiencia en la Clínica del Origen François Ansermet ha estudiado, caso por caso, la variedad de los fantasmas con los que los padres se explican la singularidad de la concepción cuando han debido recurrir a la reproducción asistida contrariando así el anonimato que parecería serle inherente. La clínica de las adopciones muestra también que el sujeto se empeña en encontrar un deseo en el origen, un nombre a partir del cual construir una ficción sobre su nacimiento.
Lacan no habla del éxito de la familia nuclear sino del fracaso de las tentativas de modificarlo. Así hace valer su función de “residuo.”[9], de elemento real. Conforme a dicha necesidad de transmisión se juzgan las funciones del padre y de la madre. “De  la madre, porque sus cuidados portan la marca de un interés particularizado, aunque sea por la vía de sus propias carencias. Del padre: en tanto su nombre es el vector de una encarnación de la Ley en el deseo.”[10]
El síntoma del niño es definido en este texto como “representante de la verdad de la pareja en la familia”. Constituye una respuesta a lo sintomático de la estructura familiar siendo el caso más complejo pero también el más abierto a nuestras intervenciones, añade Lacan.
 Esta articulación, afirma, se reduce mucho cuando el síntoma que llega a predominar depende de la subjetividad de la madre y el niño está involucrado directamente, sin mediación, al fantasma materno. Aquí se revela el niño capturado, en su función de objeto a, que tapona y satura la falta de la madre. En tal caso ya no tiene otra función sino realizar, revelar ese objeto de un deseo opaco y desconocido. En muchos casos es el síntoma somático el que condensa y garantiza ese lugar del niño en la relación dual con la madre. Lo que motiva la fiereza con la que puede llegar a responder ella cuando se intenta introducir la causalidad psíquica del síntoma del niño, por ejemplo, en la hiperactividad. En estos y muchos otros casos la seguridad de una causalidad orgánica sella el lazo de la madre y el niño.
Siguiendo a Laurent, esta concepción del niño como objeto a, como objeto de goce de la familia y, más allá, de la civilización, es articulada -en el Seminario De un Otro al otro- al hecho de que en el Otro hay una falta y  de las dos vías por las que se adjunta un elemento que complementa dicha falta. En su comentario de estas elaboraciones lacanianas Eric Laurent explica que, en esos años, Lacan presenta el envés del Nombre del Padre como garantía de la subjetividad, introduciendo la interrogación acerca de cómo podrá inscribirse, partiendo de su realidad de objeto, el sujeto en el campo del Otro. Es decir, de qué manera podrá él acceder a hacerse una familia.
Distingue entonces la operación perversa de la neurótica, para la cual inventa un neologismo que nombra el drama familiar del neurótico, quien sueña una familia como su complemento: Famil, equívoco formado por dos términos de la lengua francesa: femme, mujer, que se pronuncia “fam” al que añade “il” pronombre masculino de la tercera persona, indicando que la diferencia de los sexos está en juego en ese irreductible de la familia humana que toma forma en el fantasma.  
La vía perversa es nombrada Hommelle, formada por “homme” y “elle”, pronombre femenino singular, indicando que en esta versión de la madre fálica se adjunta un goce a la falta del Otro para producir el significante de su plenitud. Lo común a la perversión y a la neurosis es el estatuto del niño como objeto a en tanto “liberado”, en su carácter de residuo, de resto producido.
La condición de objeto a del niño reclama en nuestra época una reflexión especial a partir de las posibilidades de producción que ofrece la tecnología. El diseño de bebés “a la carta” y el riesgo de prácticas eugenésicas han desencadenado ardientes debates acerca de las limitaciones que deberían imponerse al avance imparable del discurso de la ciencia, para el cual, por estructura, no existe la imposibilidad. Sus progresos son el resultado de la indagación en las posibilidades que, hasta hace poco tiempo, pertenecían al reino de la ficción.
El carácter de objeto a del niño se evidencia claramente en el éxito del mercado relativo de los bebés reborn. Evitando llamarles muñecos, su valor se mide por el extraordinario parecido con los bebés de carne y hueso. Su compra se denomina “adopción” y su adquisición recibe la rúbrica de “certificado de nacimiento.”  Algunas “madres” dicen preferirlos a los verdaderos debido a que no sufren. Otras, capturadas por esta singular presencia en la casa familiar, llegan a relegar el cuidado de los hijos reales y hablantes para ocuparse de sus “bebés”. Algunos “padres” se muestran molestos por la irrupción de estos objetos en el marco de la vida familiar, otros lo incorporan de buen grado a la convivencia. Los “abuelos” también son involucrados en la ficción, en este “como si” en el que algunas personas perciben la intrusión del objeto a como un modo de irrupción de lo siniestro en lo familiar que tematizó Freud en su genial ensayo.

El padre lacaniano
A partir de los citados textos, y siempre siguiendo a Laurent, el padre es concebido como una función que pone un freno al goce, pero no solamente en el sentido de establecer una prohibición, sino en el de abrir una vía alternativa frente al empuje al goce mortífero.  Esto es, autorizando una relación fiable al goce, algo que es preciso distinguir de la permisividad y del hedonismo contemporáneo, como el que captura y atrapa al sujeto presa de las adicciones. “El padre residuo es una función que se distingue del padre de familia.”[11] Al introducir una regulación del goce, una limitación al extravío, esta noción de padre real se vincula a la dimensión del acto y de la nominación. Ambas se miden por sus consecuencias singulares.
Esta función dista mucho del padre soñado por el neurótico, el padre idealizado del Edipo, cuya salvación se acompaña de la salvación del superyó. Por el contrario, en la última enseñanza de Lacan, el padre edípico se ha convertido en un síntoma, en una versión del padre, más precisamente, de su falla. Porque existen otros arreglos, otros elementos que pueden operar esa función, por ejemplo una mujer puede ocuparla, también el analista. El acento se desplaza pues a su carácter de utensilio, como lo demuestra la afirmación: “se puede pasar del padre a condición de servirse de él.”[12]
Cada quien tiene el derecho analítico a explorar el modo singular en el que ha experimentado la falla del padre en su subjetividad.  Lo cual no es otra cosa que indagar en el límite de lo simbólico,  a fin de situar el agujero fundamental que pesa sobre nuestro origen y sobre el que van a asentarse las ficciones donde alojar las tribulaciones del ser en el recorrido de cada historia singular.
De tales consideraciones se desprende el pragmatismo del analista lacaniano, convertido en una presencia que no es de la familia –en las antípodas de la terapia familiar- pero que, sin embargo, torna admisible, en muchos casos,  la apuesta familiar.[13]  El buen uso de esta función, su movilidad y ductilidad es condición de la operatividad del discurso analítico en la clínica actual de la infancia y la adolescencia. La frecuencia de psicosis desencadenadas u ordinarias requieren una orientación clínica muy fina para responder a las urgencias subjetivas en pos de favorecer el bricolaje de una solución adecuada a cada caso.
“Hacerse su familia” es clave para el sostén subjetivo cuando se vive en la desestructuración, en la confusión, en el desvarío que induce esta época de la infancia generalizada como la llamó Lacan, aludiendo así a la irresponsabilidad respecto a su inconsciente que grava las relaciones de los adultos con sus hijos.
Carlos, de dos años y medio, dejó de hablar ante una prolongada ausencia de su madre. Según el padre, el niño no se relacionaba con él, le rechazaba, sólo quería estar con la madre. El renunciaba a hacer algo, bajando los brazos ante tal evidencia. En la primera entrevista la madre pretendió explayarse en un relato pormenorizado del parto traumático, vivido como estrago y humillación. El niño comenzó entonces a tirar los objetos que yo le había preparado en una caja. Sus padres comentaron que hacía lo mismo en casa, no manifestaba aprecio por los juguetes ni sabía jugar. Ante mi comentario de que las cosas pueden tirarse y romperse, pero a los niños es preciso cuidarlos (también de las palabras), el crío inició el ordenamiento de los animales por parejas colocando los muñecos-personas, aparte.
Seguidamente comenzó el juego de nombrarlos a su manera, una vez advertidos los padres de que en el espacio de las sesiones las palabras no deben ajustarse a la perfección idiomática. En el tiempo posterior acudieron solamente el niño y su padre.  Gran parte de la sesión consistía en un juego apasionado con su lalengua como la  llama Lacan: una serie sin sentido de sonidos, acompañados de gestos de regocijo a los cuales yo debía responder repitiendo la secuencia. Mi incapacidad notoria de cumplir ese cometido le reportaba una gran satisfacción. Incluí al padre en el circuito y, aprovechando algunos elementos reconocibles para concluir, puntuaba ese chorro, esa masa de fonemas, por ejemplo, “peque peque” , “ya ya” “ping pong.”
Interesado por los animales y el dominio de unos sobre otros lleva a cabo pequeños juegos, hasta que coge una jirafa grande y una pequeña a las que nombra como tales, y concluye con una pregunta ¿dónde está el papá?  En la elaboración que está llevando a cabo para hacerse su familia se sirve ahora de su relación con el lenguaje, que es asombrosa. Un día le pide a su padre que me ponga una canción que define la pugna que ha captado en la pareja parental: “tigres, leones, todos quieren ser los campeones.”
Sergio tiene quince años y sufre un fracaso escolar pertinaz. En las entrevistas que mantuve con él y su padre,  se mostraba muy claramente la oscilación del adulto, entre, por un lado, la tolerancia a ciertos desmanes adolescentes como el fumeteo y, por otro lado, una rigidez pétrea en la disciplina de estudio. Con una espiral de prohibiciones que, lejos de mejorar la disposición del hijo, aumentaba su rechazo a las tareas volviendo la convivencia tensa y desagradable. En casa de su madre (los padres están separados desde hace años) ocurría otro tanto, aunque con menor virulencia.
A solas con el chaval me entero de que había acudido obligado a la consulta, él no quería venir. Le respondo que no puedo aceptar esas condiciones, y que puede volver solamente si él lo desea. Entretanto mantengo una  entrevista con el padre en la que me informa del secreto familiar: él fue muy mal estudiante, a causa de lo cual la relación con su padre fue siempre tirante y fría.  Su mujer, también con serias dificultades en los estudios, intentó infructuosamente el ingreso a la universidad justo en la época en que nació Sergio. Una conversación de padre e hijo en la que se desvelaron estas circunstancias favoreció que el jovencito pudiera formular una demanda propia, una vez distinguido su síntoma del de sus padres. Se inició así la posibilidad de un nuevo lazo a partir de una familia hecha de identificaciones en el fracaso.
El analista es requerido en muchas ocasiones en las cuales los menores pueden sufrir las desquiciadas actuaciones animadas de un “familiarismo delirante” según la expresión de Laurent. Como el que vivió Celia, víctima de una adopción malograda que derivó en ruptura de la pareja parental debido a las situaciones reiteradas de violencia entre la madre adoptiva y la niña, quien se aferrada a la versión de que su madre biológica no la abandonó frente a la insistencia cruel de la madre adoptiva que se lo espetaba sin cesar. Había pasado por una serie de psicólogos, con intervenciones diversas en favor del entendimiento (bajo la consigna machacona de que es necesario hablar), siempre haciendo hincapié en la supuesta “psicología del adoptado.” A falta de una orientación que provee un correcto diagnóstico estructural, dichas actuaciones habían provocado el desánimo absoluto de la joven,  quien manifestaba una desconfianza total hacia la palabra. El respeto por su versión del origen hizo posible colocar un primer pilar para  hacerse su familia, un bricolage entre el mito y la realidad.
También el analista puede impedir un pasaje al acto de los expertos implicados en un supuesto caso de abuso sexual en el marco familiar.  Como ocurrió con Nadia, de seis años, en régimen de acogimiento por parte de sus abuelos una vez demostrada la incapacidad de su madre para cuidar de ella cuando era un bebé. Una profesora hace saltar las alarmas del abuso sexual y “los técnicos” de aprestaron a resolver la situación privando a la niña de su familia, condicionados por la prejuiciosa interpretación de una conducta “desinhibida” y explícita de la pequeña en el colegio. En ausencia del diagnóstico de psicosis, la pretendida protección del menor puede acabar teniendo consecuencias nefastas dejando al sujeto en el desamparo y en la más absoluta incomprensión de lo que sucede.
En fin, el analista-móvil es requerido en situaciones de crisis, de separación, de cambios importantes, en su consulta y en dispositivos diversos que requieren estrategias conjuntas implicando no sólo a los padres sino a profesores, instituciones, servicios sociales. En muchas ocasiones se requiere una red de contención, un tejido de sujeción del menor en  situación de dificultad.  Que puede alcanzar la forma de un dispositivo a gran escala como el que llevaron a cabo en los orfanatos de Bulgaria el Dr. Daniel Roy y un equipo de psicoanalistas con el nombre de Crecer sin padres.[14]
Estas acciones, orientadas por la ética del discurso analítico están destinadas a alojar el cuerpo y sus pulsiones en semblantes que, volviéndolo respetable, permiten proteger la intimidad y restablecen o instituyen el lazo social.
Estos casos nos enseñan cuán cierta es la aseveración de Lacan de que  el padre real es más importante que la verdad. Y que la función del padre, separada de la dimensión del amor, se ejerce sólo en la ceguera de las normas, como ilustra el programa televisivo Hermano mayor.  El límite para los desdichados adviene al ver su goce miserable en la pantalla, unido a la moralina que le devuelve a una existencia culpable. Siempre con la esperanza de que el resultado de ese intento desesperado sea verdadero.
En las elecciones que dan lugar a las nuevas formas de familia el psicoanálisis ofrece un espacio para explorar las raíces de su deseo hijo, de su deseo de familia, a partir de obtener un saber sobre la propia historia, una vez que se ha conseguido hacerse su familia a partir de la experiencia del inconsciente.
El enigma del nacimiento es el efecto de haber nacido de un malentendido. “El cuerpo hace su aparición en lo real como malentendido. Buena parte de vuestras desgracias es debida a que nadáis en el malentendido. Es lo que les han transmitido en vuestro linaje al “darles la vida”, afirma. Y continúa diciendo: “El ser hablante ha sido engendrado por dos seres hablantes que no hablan la misma lengua. Que no se escuchan hablar. Que no se escuchan. Dos se conjuran para la reproducción, que es el malentendido cumplido. El cuerpo vehicula que al principio estaba el verbo, no en tanto creador, sino en tanto inconsciente.”
Finalmente, “no hay otro traumatismo del nacimiento que nacer deseado.”[15]





Texto elaborado a partir de la intervención en las XIIIªs Jornadas de la Sección de Psicoanálisis de la Asociación de Neuropsiquiatría. Realizadas en Madrid los días 10 y 11 de abril de 2015












[1] E.Zuliani. Editorial de La petite Girafe nº 24. Institut du Champ Freudien. Octubre 2006.
[2] J.Lacan. Conferencias en EEUU. Scilicet 6/7
[3] J. Lacan. Los complejos familiares en la formación del individuo. En Otros Escritos. Paidós. Buenos Aires. 2012. P.34
[4] JLacan, Los complejos familiares. op.cit. P.72
[5] E. Laurent, Les nouvelles inscriptions de la souffrance de l’enfant. En La petite... p.92
[6] E. Laurent, op.cit.
[7] El subrayado es nuestro.
[8] J.Lacan, Nota sobre el niño. En Otros Escritos. Op.cit. p.393
[9] E. Laurent,, op.cit- p. 93
[10] J.Lacan. Ibid. P. 393
[11] E. Laurent, op. cit. p. 95
[12] J. Lacan. Seminario XXIII Le sinthome. Paidós. Buenos Aires. 2008. P. 133
[13] S. Cottet. El padre estallado. Op.cit. p.54
[14] Vilma Coccoz e altri. La práctica lacaniana en instituciones I. Grama Editorial. Buenos Aires. 2014.
[15] J.Lacan, Disolución. (inédito)