22 de marzo de 2016

Bullying: el acoso a la subjetividad por José R. Ubieto.




José R. Ubieto.
Bullying: el acoso a la subjetividad
José R. Ubieto.

La experiencia subjetiva del bullying tiene un carácter traumático. Los testimonios que encontramos en la clínica y en la literatura así nos lo confirman. Se trata de un acontecimiento que deja huellas indelebles, diferentes para cada uno, hasta el punto que a veces tienen que pasar décadas para poder hablar de ello.
Los analizantes adultos se refieren a él como algo que sucedió en su infancia y adolescencia, y que guardan como un secreto. Los artistas tratan ese real traumático mediante la sublimación que la obra de arte les procura. Es su manera particular de exorcizar los fantasmas que les han acosado todo ese tiempo.
Algunos incluso quieren verificar en la realidad, mediante encuentros posteriores con sus acosadores, eso que sufrieron como un sinsentido, algo para lo que entonces no encontraron una explicación, más allá de los lugares comunes (ser rara, un friki,..). Es el caso de Anna Odell, directora de cine sueca, autora de The Reunion (Aterträffen, 2013), film que recrea una reunión de antiguos alumnos a los que ella reprocha el acoso sufrido. O el del escritor y periodista catalán Sergio Vila-Sanjuán que convoca también una reunión de ex - alumnos con el acosador años más tarde, en El club de la escalera, para confrontarlo a sus actos. En las dos obras la iniciativa parte de las víctimas, que tratan de elaborar ese acontecimiento para encontrar un sentido que les procure más tranquilidad que venganza, si bien esto último no está excluido.

Claves de la actualidad del bullying

El bullying es además un síntoma social que forma parte del malestar en la civilización. Analizarlo implica tomar en cuenta dos ejes: aquello que aparece ligado al momento histórico donde emerge y lo atemporal: aquello que lo conecta con el pasado y con las razones de estructura. En el caso del bullying lo que no cambia, aquello que permanece fijo, es la voluntad de dominio y la satisfacción cruel que algunos sujetos encuentran al someter a otros a su capricho para así defenderse del desamparo ante lo nuevo. Eso ha existido siempre como el ejercicio del matonismo en la escuela, fundado en el goce que proporciona la humillación del otro, la satisfacción cruel de insultar y golpear a la víctima.
¿Qué habría de nuevo en nuestra época para explicar las formas actuales que toma este fenómeno? Sin ánimo de exhaustividad podemos aportar cuatro causas a considerar:
  1. El eclipse de la autoridad encarnada tradicionalmente por la imago social del padre y sus derivados (maestro, cura, gobernante). No se trata tanto de ausencia de normas -haberlas haylas- sino de valorar la autoridad paterna por su capacidad para inventar soluciones, para transmitir un testimonio vital a los hijos, a esos que como Telémaco, hijo de Ulises, miran el horizonte escrutando la llegada de un padre que no acaba de estar donde se le espera, para acompañar al hijo en su recorrido y en sus impasses.
  2. La importancia creciente de la mirada y la imagen como una nueva fuente privilegiada de goce en la cultura digital. Ante eso se trata de no quedar al margen como un friki o un pringao. Junto a la satisfacción de mirar y gozar viendo al otro-víctima hay también el pánico a ocupar ese lugar de segregado, quedar así overlooked (Lacan, 2014).
  3. La desorientación adolescente respecto a las identidades sexuales. En un momento en que cada uno debe dar la talla, surge el miedo y la tentación de golpear a aquel que, sea por desparpajo o por inhibición, cuestiona a cada uno en la construcción de su identidad sexual.
  4. El desamparo del adolescente ante la pobre manifestación de lo que quieren los adultos por él en la vida y la subsecuente banalización del futuro. Esta soledad ante los adultos y la vida supone una dificultad no desdeñable para interpretar las fantasías y las realidades que puede llevar al extravío y a la soledad. Entre los refugios encontrados en los semejantes, la pareja del acoso es una solución temporal.
Estos cuatro elementos convergen en un objetivo básico del acoso que no es otro que evitar afrontar la soledad de la metamorfosis adolescente y optar por atentar contra la singularidad de la víctima. Esta “fórmula” genera un tiempo de detenimiento en la evolución personal. Elegir en el otro sus signos supuestamente “extraños” (gordo, autista, torpe, desinhibida,..) y rechazar lo enigmático, esa diferencia que supone algo intolerable para cada uno, es una crueldad contra lo más íntimo del sujeto que resuena en cada uno y cuestiona nuestra propia manera de hacer...Continúa en www.citaenlasdiagonales.com.ar