18 de febrero de 2016

ESTHER ANDRADI de Come, éste es mi cuerpo, Ediciones Último Reino, Buenos Aires, Argentina (1ra ed.1991-2da ed.1997)

de Come, éste es mi cuerpo, Ediciones Último Reino, Buenos Aires, Argentina
 (1ra ed.1991-2da ed.1997)








En el mercado me detengo ante la escultural calabaza. A un costado, una palta morada le hace un requiebro. La palta está partida a fin de demostrar eficazmente que es tan tierna como las que más. No puedo seguir adelante. Necesito confiar a alguien esta maravilla y entonces descubro que el mundo es un mercado y más valdría no hacer las compras sola. 







Mi cara se parece cada vez más a una pasa. Las arrugas me visten la sonrisa de lomo de tortuga, el llanto de crisálida, la seriedad de pasa nomás. Por eso bebo tanto. Para macerarme en alcohol y así poder tragarme. Lástima que no puedo sobornar al espejo.

Pero quizá termine disolviéndome en saliva, acogiéndome al privilegio de las hostias 

  






Los vegetarianos me dijeron que una nuez tiene las mismas proteínas que un bife. Así que el domingo compré nueces. Soy mujer de ideas antiguas o bien de escasos artefactos modernos. Ergo: no dispongo de rompenueces. De modo que pretendí partir a las condenadas golpeándolas contra la mesa. Imposible. Apelé a mi instinto y apreté una contra otra. Infalible.

La comprobación me enseñó que aún con feminismo y todo, la mejor forma de dividir a las mujeres no es aplastándolas contra el piso -como nos hacen a algunas- sino apretando una contra otra.
Como las nueces.





I



¿Hay algo más masculino que la carne?
¿Más violento y lleno de provocaciones que un trozo de carne fresca colgando del gancho? A veces, cuando mi esmerado casero destroza la carne con un hacha y sobre un tronco – procedimiento común en los mercados peruanos, pero que, como se sabe no es lo más apropiado- después, mientras sorteo astillitas de madera y huesitos triturados, siento que me como un macho. Un camionero en musculosa, bigotes y barba incluída.

Prefiero las verduras y frutas, mil veces. Pero entre nosotras las hay carnívoras...¡y cómo!
   




II




Verdad es que también existen aquellas carnes andróginas, y una que otra asexuada, tierna como recién nacido. Entre las primeras, qué duda cabe, están todas las formas de los lomos exceptuando aquellos fuertemente aderezados -con pimienta por ejemplo- que me retrotraen indefectiblemente a la imagen del hombre del camión.

Entre las segundas, el insípido pollo y algunas variedades de pescados.

¿Los mariscos? Esos tienen todos los sexos y aun los que no tienen nombre, toxinas incluidas, sazonando la moral y el rito de chupar y sorber el laberinto de sus interiores. Como decía Proust -“con todo el pasmo y el dolor del amor“-
O como dijo alguna vez una analista querida: „-No se preocupe por sus opciones sexuales. Los pansexuales como usted, no conocen reglas-“

Igualito a los mariscos.


III




Y ni qué decir, que si hay que elegir entre masculinidades, atraco con los chicharrones. Crocantes, irremediablemente sebosos, calientes y deliciosos. A cualquier hora, pero preferiblemente al desayuno, después de una noche larga.

Seductores varoniles, los chicharrones, casi siempre indigestos después, pero entretanto qué buenos.

  



¿Hay algo más parecido a un clítoris que una alcachofa? Para ser más explícita: el que come, si es un ignorante, tratará de descartar las primeras hojas buscando el sabor de adentro; o lo rechazará de plano. Equivocado. El proceso es lento, progresivo, y ahí radica su seducción. Degustar con paciencia, hoja por hoja, humedecidas en su salsa de ajos y aceite de oliva, entre la suavidad y la contundencia. Abrir y desenvolver, sorber poco a poco y sin desmedidas efusiones, desde las hojas más grandes hasta las más tiernas. Y en el fondo está lo mejor: el placer concentrado, frenético, deglutidor y deglutiente, irresistiblemente sabroso. Bocado completo, corazón de alcachofa.

Pero hay un límite, exactamente entre el corazón y las hojas que lo envuelven. Una frontera de púas y avisos y guardias armadas, capaz de agotar a cualquier bien amado jugo gástrico y de enfriar todos los apetitos. Sólo los conocedores no se atoran, sólo los que se han equivocado muchas veces están a punto de disfrutarlo, de conmoverse hasta el último diente evitando los dardos. Los otros, prefieren las alcachofas en lata, desprovistas de toda naturaleza y porfiadez. Son los consumidores de muñecas de plástico.