22 de enero de 2016

Sobre un testimonio en la película documental Silencio que clama Diana Bergovoy.




Sobre un testimonio en la película documental Silencio que clama

Diana Bergovoy

Todos los años, ocho días antes del Día de la Independencia, se recuerda en Israel la Shoah. Los medios de comunicación suspenden sus programas habituales para dar lugar a un sin fin de relatos, testimonios, películas de archivo, películas documentales.

No es facil lograr transmitir algo más allá de un relato de lo sucedido; que, aislado, lo indecible pueda decir algo.
No es fácil, en dicho día, no quedar anonadado por la acumulación de palabras e imágenes.

Este año fue proyectada, entre otras, la película documental Silencio que clama producida por Ronnie Sarnet después de seis años de investigación.
Su interes reside, principalmente, en la elección del tema y la calidad de los testimonios, producto de un arduo trabajo.

El tema
Si bien Yad Vashem - la institución creada para recordar la Shoah - recogió testimonios escritos de sobrevivientes desde su creación en 1953, éstos encontraron grandes dificultades para relatar, aún a los más íntimos, lo que vivieron en los campos de concentración, en los guetos o escondidos, dependiendo de la buena o mala voluntad de los receptores locales.
Tampoco era un tema muy tratado en la sociedad, no sólo la israelí. Nadie quería escuchar sobre los horrores que un hombre es capaz de infligir a otro ser humano.
Además, aún antes de la creación del Estado, un nuevo ser era quien debía habitar en Israel, uno que dejara en su país de origen sus vestimentas galúticas de resignación frente a ataques y humillaciones.
Ya sea por haberselo impuesto a sí mismo o porque la sociedad creó una muralla de silencio, el sufrimiento subjetivo era un tema tabú.
El juicio de Eichman en los años 60 resquebrajó la muralla pero resulta difícil evaluar cuánto los sobrevivientes mismos comenzaron a hablar o era más bien que otros hablaban por ellos.

Sin embargo, a pesar de los años pasados, el tema de la sexualidad en la Shoah fue raramente tratado, “el último tabú”.
Una de las pocas veces que el tema hizo noticia, fue fácil envolverlo en una nebulosa de heroicismo. Se trataba de la leyenda de “Las 93 de la Casa de Yaakov”. Funcionaba en la ciudad polaca de Krakow, al principio legalmente y luego en la clandestinidad, una escuela religiosa para mujeres. Nadie sabe si comenzó con una carta o si ésta fue inventada, pero la leyenda cuenta que en 1943 llegó,  no se sabe por cual vía, una carta a Nueva York de una joven que relataba que noventa y tres jóvenes que habían quedado atrapadas en dicha escuela, cuando fueron deportados los judios del gueto de Krakow, decidieron suicidarse para no ser violadas por los soldados alemanes.
La carta se convirtió en noticia y ocupó gran espacio en los diarios norteamericanos de la época. Recién despues de la guerra se puso en duda la autenticidad de lo relatado. Hoy en día es considerado un hecho mítico.

En ese sentido, Silencio que clama abre para los ocho sobrevivientes que en ella participan un espacio que les permitió, cada uno dentro de sus posibilidades y con su estilo, decir algo de aquello que había sido enmudecido a lo largo de los años. Algunos de ellos dicen claramente que veían en su participación una oportunidad de sacar a la luz lo que guardaron oculto más de setenta años, para sí mismos y para sus familias. Sólo una participante se negó a aparecer a cara descubierta o a dar su nombre.

Los estrevistados relatan un episodio que marcó sus vidas, un episodio que de alguna manera concentró en sí todo lo indecible de la Shoah: un ataque sexual padecido en la infancia.
Quien pregunta y escucha los relatos está presente de manera sumamente discreta pero la dirección de su trabajo es clara: no sólo es permitir relatar lo acontecido sino también el efecto que tuvo sobre las vidas y la solución que cada uno encontró, si la encontró, para crearse una vida después del Holocausto. Una vida que no fuera invadida por el goce de un otro maligno. Sabemos lo que hicieron antes de la película. Lamentablemente no sabemos qué efecto tuvo para ellos ese paso que, no sin valentía, dieron.

Los largos años de investigación comenzaron cuando el equipo de filmación encargado de recoger relatos de sobrevivientes para otro documental, en una población en su mayoría religiosa, se topó con Roger. Llorando y a los gritos pidió que se olviden de él, que olviden su nombre.
Cuando finalmente la productora logró hablar con él, encontró un hombre cuya vida fue destrozada cuando fue violado por un oficial alemán en Tunisia a la edad de 13 años. Como él mismo señala, antes de haber cumplido con los ritos por los cuales un varón se hace hombre, el Bar Mitzva. Como el oficial buscaba una mujer y Roger fue encargado de llevarlo a las prostitutas locales pero finalmente el violado fue él, quedó de por vida varado frente a la pregunta: “Soy hombre o soy mujer?”.
Este encuentro fue para Ronnie Sernat el punto de partida.

Roman, un testimonio

Tenía 14 años cuando fue deportado a Auschwitz e incorporado al equipo de jóvenes que trabajaban para un prisionero judio de nombre Arpad Bachi. Éste, quién estaba encarcelado por ladrón, ganó ciertos privilegios gracias a su habilidad en hacer estatuillas de miga de pan que eran apreciadas por los oficiales.
Los jóvenes tenían por tarea masticar las migas para hacer de ellas una pasta que se dejaba secar. Recibían de premio las cáscaras del pan.
Un día, en su camastro, Bachi se le aparece por detrás. Le quita los pantalones a la fuerza.
Roman, a diferencia de otros participantes en la película, dice que a pesar de su edad sabía exactamente que quería Bachi de él. El saber lo había adquirido en Auschwitz.
Detuvo el grito de pedido de ayuda, sabiendo que nadie acudiría a enfrentarse a alguien  tan temido.
Pero Bachi, para mayor seguridad, le tapó la boca con una rodaja de pan. Así, durante el ataque, Roman fue comiendo el pan hasta que pensó que si hacía algo para prolongar lo que estaba sucediendo, tal vez recibiera otra rodaja. Y él tenía hambre. Y así lo hizo. Y recibió su segunda rodaja.
El primer pensamiento despues de que quedara solo, pregunta que lo persiguió toda su vida, fue si realmente fue violado ya que había disfrutado del pan.

Fue grande mi sorpresa cuando me dí cuenta, al volver a ver la película para tomar nota de lo dicho, de que no había registrado un episodio que siguió inmediatamente a la aparición del dilema y que desplazó momentáneamente su atención.

Se dió cuenta de que Bachi, a manera de garantía de que no hablara sobre lo hecho siendo los actos sexuales homosexuales absolutamente prohibidos, se había llevado con él su gorro y eso significaba que a la mañana siguiente, durante la inspección, Roman sería fusilado. Ese era el castigo por perder una prenda de la vestimenta.
Rapidamente, robó a otro prisionero que dormía su gorro y éste, a la mañana siguiente, fue matado en su lugar.

Roman comienza su testimonio diciendo que escondió lo sucedido en lo más profundo de su alma, “si alma tengo”. Usa la palabra “nefesh” que significa, entre otros, alma y mente y también signo de vida.
Me llamó la atención de que pusiera en duda, habiendo sido él víctima del ataque, tanto el hecho del ataque mismo como la posibilidad de poseer un alma. Aún más, ofrece una especie de “respuesta” judicial a su dilema: habiendo gozado del pan, no me opuse por lo tanto no fui violado.

¿Cómo es posible que durante setenta años viviera bajo la sombra del dilema que le presentó inmediatamente después de la violación y la consecuencia de su robo, la muerte de un hombre, fuera relatada sin conflicto aparente?
 Lo único que agrega es que decidió no mirar la cara del muerto para que su imagen no lo persiguiera durante toda su vida.
Tal vez podemos avanzar una hipótesis: su vida perdió “el signo de vitalidad”, el alma, cuando sexualidad y muerte se anudaron de forma tal que el acto infligido lo empujó, a su vez,  al campo sin piedad del “o yo o él”. Como Roman dice “yo sólo sé que él no está vivo y yo estoy vivo”. ¿Fue suficiente no mirar la cara del muerto para que lo sucedido no lo persiga?
Sabemos que el “no querer saber nada de lo hecho” lo siguió por lo menos en su relación con el hijo quien, a su vez,  nunca quiso saber nada de lo vivido por su padre, tratándolo con cierto desprecio por haber sufrido pasivamente todo aquello que, por otro lado, no quiso escuchar de su boca.

¿Cómo saber cuál fue para él el suceso que determinó que pusiera en duda su alma? ¿O si se trata de dos momentos de un mismo suceso en los cuales tuvo que elegir y vivir con el recuerdo y las consecuencias de dichas elecciones?
No sólo no contamos con suficientes elementos sino que también la película tenía un tema y fue editada con ese fin.
De todas formas llama la atención que en medio de esas circunstancias extremas, se le haya presentado un dilema.
Tal vez Roman se aferró a su dilema como un náufrago que encuentra una isla, aunque sea desierta, y se instala en ella para proseguir algún tipo de vida. Un momento fugaz de subjetividad que lo rescató y le permitió no hundirse ni caer cual objeto desechado.
Por lo menos, contaba con su dilema y sus dudas sobre su alma.

Kfar Sava, 20 de Agosto de 2015