26 de enero de 2016

Buenos Aires - Sarajevo por Nestor Feldman.

Desde sus inicios el psicoanálisis se interesó por la guerra, sus causas y sus consecuencias así como por las marcas que provocan en los sujetos que viven estos dramáticos sucesos.
Freud Intercambió con A. Einstein sobre el porqué de la guerra en un reconocido texto en el cual remarcó la tendencia del hombre a la destrucción y la importancia de la pulsión de muerte en los conflictos que los oponen (1). Jacques Lacan en su texto sobe “la psiquiatría inglesa y la guerra” señalaba la diferencia de actitud del pueblo británico y el francés durante la segunda guerra mundial. Resaltó «el sentimiento de irrealidad bajo el que la colectividad francesa  la había vivido de principio a fin y el refugio imaginario en ese período de ocupación”, a diferencia de “la  relación verídica con respecto a lo real y de la fuerza moral de la victoria de Inglaterra” (2).
Por mi parte haré referencias a dos períodos bien distintos: la guerra en Bosnia y la dictadura militar en Argentina.
Sarajevo
En el año 2001, estuve una semana en la ciudad de Sarajevo, capital de Bosnia.
Mi viaje estaba ligado a mi trabajo, en el hospital universitario de Ginebra que participaba de un proyecto de colaboración en la reconstrucción del sistema hospitalario de ese país y en particular en la formación de postgrado de los médicos, psiquiatras y psicólogos en Bosnia luego de años de guerra que habían asolado toda la región. El conflicto había opuesto la república de la ex Yugoslavia a la secesión de las regiones de Croacia, Bosnia y Eslovenia de la que habían formado parte. Una prolongada guerra territorial de seis años entre las comunidades serbias, bosnias y croatas asoló los Balcanes. Sarajevo, la capital bosnia, fue sitiada durante cuatro años por el ejército serbio y bombardeada. El trasfondo de la guerra era político y confesional entre las diferentes comunidades ortodoxa, musulmana y católica. El cinismo y la pasividad de la Comunidad internacional frente a la política de “limpieza étnica” practicada en esa guerra entre comunidades de confesión diferente fueron patéticos.  Europa y la ONU  enviaron cascos “azules” , testigos impotentes de las masacres. En un primer momento, la diferencia  militar entre los sectores beligerantes, netamente superiores en favor del ejército  serbio y los paramilitares inclinó la balanza en su favor. La población de confesión musulmana permaneció en la ciudad de Sarajevo  resistiendo mientras que  la comunidad serbia ortodoxa  debió emigrar durante la guerra al norte de Bosnia. Sarajevo es hoy  la capital de la región autónoma de Bosnia.
Las marcas de la guerra eran visibles en todas partes seis años más tarde cuando estuve en Sarajevo. Durante el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad, se veían grandes edificios demolidos por tiros de artillería, como la torre de la Televisión de la época  que pese a ser de hormigón mostraba sus siete pisos apilados como una torta mil hojas. Un inmueble que pertenecía a la Universidad estaba  destruido y de las ventanas sin vidrios salían ramas de arbustos que habían crecido dentro de las ruinas en eso años de conflicto. La antigua e histórica Biblioteca de Sarajevo que fue incendiada estaba aún en ruinas. Las marcas de la guerra estaban aún en gran parte de los muros y casas de la ciudad: huellas de morteros y de balas, edificios perforados, sin techo, sin paredes, en algunas de esas ruinas vivían familias de “gitanos», como decía, despreocupado, un chofer de taxi.
Algo impactante eran las numerosas  placas conmemorativas en diferentes calles y edificios donde figuraban los nombres de  habitantes de Sarajevo que habían muerto en esos lugares. En el portal de una escuela estaban los nombres de más de 50 alumnos que murieron en ese período siendo menores de edad de edad. En el viejo y tradicional mercado de Sarajevo, donde habían caído, en pleno día, proyectiles de la artillería serbia, había una gran estela conmemorativa. Este evento de la matanza del mercado  de Sarajevo desencadenó la respuesta militar de la comunidad internacional, y en especial americana, que logró los acuerdos  de Dayton en 1995 que fijaron la secesión de la ex Yugoslavia y la creación de la república de Bosnia y Croacia.
Cinco años después del final de la guerra esas marcas eran visibles aún en la ciudad pese a que las actividades de reconstrucción parecían las más importantes de la economía local. Los minaretes ya habían sido reparados. En espacios verdes de los bordes de rutas y de caminos céntricos  se acumulaba tumbas, lápidas de madera de color blanco o verde, en su gran mayoría musulmanas con los nombres y las fechas de la muerte en esos años fatídicos de guerra.
La guerra fue confesional y política, cada comunidad  se sentía  amenazada en su existencia y en su territorio. La fuerza militar estaba del lado serbio pues el Estado era regido por Belgrado y el ejército serbio de Yugoslavia ocupó  Bosnia y comenzó el sitio de Sarajevo donde resistió la comunidad musulmana.
Buenos Aires
Habiendo vivido en Buenos aires durante los años 70 y 80, no podía dejar de pensar en ciertos paralelos, en particular ligado a la represión y la muerte que caracterizó la dictadura militar en Argentina. Muchos argentinos  fueron asesinados por el  Estado a través de las fuerzas de “tareas” y otros grupos  represivos que obedecían una política decidida desde el  propio gobierno militar. No se puede tampoco olvidar el grado de violencia que la cultura política argentina de los años 70 había alcanzado bien antes del golpe de Estado de 1976.
A partir del golpe de Estado militar de 1976 que pretendía “aniquilar la subversión”, la disparidad entre las fuerzas era enorme, de un lado el ejército argentino y las fuerzas represivas, del otro, organizaciones armadas de izquierda que no tenían real capacidad de hacerles frente. El combate era desigual, y en realidad se transformó en la caza al militante y al intelectual de izquierda, y no en una guerra en el sentido tradicional del término.
Una lógica de exterminación del Otro “subversivo” se instaló desde el  Estado argentino.
El “terrorista  zurdo” era el “infiltrado” que había que combatir y destruir. En Bosnia el enemigo del ejército serbio eran los musulmanes, en Argentina y en Buenos Aires fueron los militantes de organizaciones de izquierda.
¿Una guerra sin marcas “visibles”?
Lo que siguió es conocido: total ausencia de respeto a los derechos humanos, detenciones, torturas, asesinatos en centros que fueron implantados en todo el país y en Buenos. Muchos de esos cuerpos nunca aparecieron ni tuvieron sepultura. Una gran diferencia con los muertos en Sarajevo, donde existían cementerios en lugares insospechados, en los parques, en canchas de futbol, en los espacios verdes que bordeaban los caminos que llevaban a las colinas de la ciudad…
La ausencia del cuerpo es una manera de tratar de no dejar marcas visibles y de evitar reconocer a la muerte en su ritual simbólico del ceremonial del entierro, una gran diferencia con los sepelios y tumbas que inundaron Sarajevo y Bosnia. Pero la desaparición de los cuerpos no logró borrar el asesinato de miles de ciudadanos. Al contrario, esas ausencias y desapariciones fueron tomando cuerpo.  
Ahora bien, ¿Cómo  recuperar con el tiempo las marcas de esa guerra que vivió Argentina?
Una manera fue recuperar las marcas a través de actos públicos, homenajes, placas, lugares de memoria y de conmemoraciones. El 24 de marzo es ahora un día feriado par recordar lo trágico de esos eventos recientes de la historia argentina.
Pero las marcas son también de otro tipo, inconscientes, y  nos interesan particularmente como psicoanalistas pues alimentan el zócalo del traumatismo. Esto es lo que podemos encontrar en los análisis  de quienes vivieron estos sucesos en Argentina.
El espacio y el lugar que se dio a estos hechos son importantes pues pueden ser enmascarados por una ciudad “limpia” de esas marcas. Durante los años 90 en Argentina, la política oficial fue de hacer a la vista al costado y “perdonar, no volver al pasado y a lo que divide los argentinos», como decía un presidente en ese período. Una parte de la población pareció haber vivido este período  con una actitud similar al sentimiento de irrealidad de la mayoría de la población francesa  descripto por Lacan durante la ocupación alemana en Francia (2), en sus refugios imaginarios. En Argentina  de los años 76-1980, la vida seguí su curso “normal”. Los almuerzos con Mirtha Legrand, inexistencia de sindicatos, censura asociativa, las universidades “despolitizadas”, el campeonato metropolitano de futbol y el Mundial del 78….Y sin embargo…
Hoy sabemos que este  capítulo siniestro forma parte de la historia argentina. A partir de los años 2000, o sea recién en el siglo XXI, el Estado argentino y su  Justicia reconocieron lo terrible y la gravedad de lo acontecido. Espacios de memoria como la Ex Esma  fueron creados,  otros antiguos centros de detención y tortura fueron identificados y señalados al ciudadano. La ciudad de Buenos Aires empezó a colocar “baldosas” en los barrios con los nombres y fechas de jóvenes que “desaparecieron”, un monumento fue instalado en la Costanera del Río de la plata, donde habían sido arrojados cuerpos desde aviones militares.
La Buenos Aires del siglo XXI empezó a reconocer su historia y a parecerse, un poco, a Sarajevo en reconocer la importancia y la memoria de esas pérdidas, escribirla en sus paredes, monumentos, libros y en baldosas de sus calles.
El Discurso de la guerra
El psicoanálisis se interesa por las consecuencias de la guerra y las marcas que suscitan en los sujetos. El reciente libro  dirigido por Marie Hélène Brousse “La psychanalyse à l’épreuve de la guerre” ,que traduzco comoEl psicoanálisis puesto a prueba frente a  la guerra” (3) aporta una visión interesante desde la orientación lacaniana.
Marie- Hélène Brousse escribe: «No hay guerra sin discurso, no hay guerra sin significantes amo, que sean religiosos, nacionales, étnicos, morales o técnicos”. El discurso del Estado cívico -militar argentino de esos  años recurrió a ciertos significantes amo como “el subversivo”,” aniquilar la subversión”,” ideologías extranjeras”  , “la amenaza de nuestra civilización occidental y cristiana” , emblemáticos de un combate a librar y de cuerpos extraños a extirpar para “pacificar y reordenar el país”. Era una limpieza, no étnica a diferencia de  Bosnia, sino ideológica, cultural y política que fue llevada a cabo y que se sostenía en un discurso político y económico.
En este libro Marie Hélène Brousse propone otros argumentos para trabajar  desde la orientación lacaniana la cuestión de la guerra como “La guerra es una modalidad del lazo social y no lo contrario.”(3) o también  “La guerra no ha cesado, sino que se transformó, volviéndose múltiple y diversa (3). El uso generalizado de la tortura en esos años por ejemplo releva de técnicas que fueron perfeccionadas con el tiempo con la idea de obtener información. El efecto de pánico generalizado que logró, tuvo consecuencias durables para el conjunto de la sociedad.
Para revenir sobre esta actualidad del uso de la tortura recordemos que en  2014 dos renombrados psicólogos  fueron excluidos de la Asociación Americana de psicología pues habían creado una Consultoría privada en colaboración con la CIA para perfeccionar las técnicas de interrogatorios y de tortura a detenidos sospechosos de terrorismo. La Asociación americana de psicología hizo público un informe crítico sobre este tipo de prácticas (4)(5).
“La guerra es la puesta en acto de la figura del superyó en un momento histórico dado”, escribe Marie- Hélène Bousse. El ejemplo de la “obediencia debida” que permitió detener procesos judiciales a militares responsables de violaciones a los derechos humanos en los años 80 es una puesta en acto de ese mandato de “matar al otro”.
Ese Otro que goza con la tortura es puesto de manifiesto en la película de Pier Paolo Passolini Saló o los 120 días de Sodoma, alegoría del régimen cívico-militar de esos años en Argentina. Es curioso que fue otra guerra, la de Malvinas, que contribuyó a poner  fin a ese régimen.
En este mismo libro de M.H. Brousse, el texto  de Laura Canedo, psicoanalista argentina, relata la posición de una niña de 7 años con sus padres amenazados por su militancia política en los años posteriores al golpe de estado militar. En una comisaría debe hacer como que no sabe nada de su militancia y conservar una sonrisa de niña ingenua “que no sabe nada”. Esa mascara  la acompañó durante muchos años hasta que el análisis logró desentrañar ese nudo traumático donde los tres registros se anudan (6).
Estas son las marcas de lo real que nos interesan en nuestro propio trabajo analítico.

Bibliografía
1) ¿Por qué la guerra?, Correspondencia Freud –Einstein, 1933
2) La psiquiatría inglesa y la guerra, Jacques Lacan, 1947, Uno por Uno, revista de psicoanálisis, N° 40,1994,Barcelona
3) “La psychanalyse à l’épreuve de la guerre” , texto colectivo dirigido par Marie Hélène Brousse, Ed.Berg International , 2015,Paris. Traducción en curso en español
5)”Vers un libre noir du comportamentalisme”, Luc Miller en Lacan Quotidien N° 448,diciembre 2014
5) »Report of APA, review relating to APA ethics guidelines and torture »,www.apa.org/independent-review
6) Ibid, Laura Canedo, “Tener siete años durante la dictadura argentina”