29 de enero de 2016

Cuerpo y "género"
: El error común como defensa ante lo real por Angela Fischer


Angela Fischer

Cuerpo y "género"
: El error común como defensa ante lo real.
Angela Fischer
Trabajo presentado en el VI Encuentro Americano 2013 .

"El transexual no lo quiere en calidad de significante. En eso padece de un error, que es justamente el error común. Su pasión, la del transexual, es la locura de querer librarse de ese error, el error común que no se ve: que el significante es el goce y que el falo no es más que su significado [1] Lacan O peor p.33
El psicoanálisis sostiene lo imposible de la relación sexual como lo real del psicoanálisis; real que es del orden del traumatismo o, como Lacan lo denominó, del troumatisme, aludiendo al vacío de significación proveniente del impacto de lo real.
La cuestión para poner a debate en esta conversación, es el modo de abordar y asumir la sexualidad, enfrentar el deseo, el amor y el goce, y los efectos en el cuerpo que el discurso de género sostiene.
La relación con el propio goce tanto para el sujeto masculino como el femenino, plantea siempre una relación perturbada, nos dice Lacan, entre el ser hablante y su cuerpo. Lacan pasa este goce sexual a lo escrito, en el sentido que cada uno guarda una relación particular con este goce y es con éste con quien se hace de un partenaire; es eso justamente lo que hace barrera a la relación "directa" entre los sexos.
La dificultad reside en aceptar el significante que dará cuenta de la diferencia sexual anatómica.
"La presencia o la ausencia de pene no es un dato natural, sino un dato significante y por esta razón la diferencia sexual anatómica trae consecuencias a nivel de la lógica de los goces y de la constitución del deseo de uno y de otro lado" [2]
Cuando Lacan se refiere a la mal-dición del sexo en Televisión, no lo hace en los términos de la etimología sino en términos lógicos, entendiendo mal-dición como lo imposible, y esta imposibilidad es que entre los sexos femenino y masculino no haya una proporción que permita una relación. "Lo que tienen en común la maldición y lo imposible es que los dos términos designan algo que escapa al alcance del sujeto". Es en el seminario 20, Aún, donde desarrolla esta falla fundamental de la estructura —la no relación sexual—, a partir de las elaboraciones sobre la sexualidad femenina, sobre el goce femenino, porque no hay cómo nombrar a la mujer sin que se la mal-diga, es decir que solo se la puede nombrar desde el lado masculino, del lado fálico, por lo tanto, se la mal-dice.
La sexuación, para Lacan, se asume a partir del significante fálico, es decir, dependerá de la manera como cada sujeto, independientemente de su sexo biológico, se ubique respecto de este significante; el sujeto elige, de una manera insondable, respecto del significante y del goce. Pero la cuestión crucial tiene que ver con lo estructural de lo femenino, por cuanto encarna lo real imposible de ser nombrado, se sitúa más allá del sentido y del nombre.
"En efecto, la clínica demuestra hasta qué punto las posiciones sexuadas son ambiguas y vacilantes en función del compañero que está enfrente y en función de la estructura. [3]
Todos los sujetos, sea cual fuere su anatomía, están ubicados en el lado masculino, pero para la mujer las cosas se complican, hay un dualismo, que concierne a la pareja sexual y a los hijos. La mujer tiene distintos modos de abordar el falo, y allí reside todo el asunto. "El ser no-toda en la función fálica no quiere decir que no lo este del todo. No es verdad que no esté del todo. Esta de lleno allí. Pero hay algo más" [4].
Hay para una mujer, siempre "algo más", algo más allá de ese lugar de objeto a por el que es tomada según el fantasma de su pareja, algo que aloja su ser femenino y a lo cual el hombre debe consentir. Ese algo más, Lacan propone escribirlo como L/a." Es la instancia a la que un hombre no puede apuntar en su fantasma; sin embargo, que él tome en cuenta ese L/a es lo mejor que puede hacer por amor por una mujer: aceptar que ella sea Otra, radicalmente extranjera para él, heterogénea al fantasma que sostiene su deseo de hombre."
Sin lugar a dudas, el encuentro con la diferencia sexual anatómica produce un efecto de subjetivación particular para cada sujeto. Pero no se trata de tener o no tener pene, sino de que la mujer es no-toda fálica.
Si hay Otro radical, lo propiamente hetero para ambos sexos, incluso, ese goce femenino que ni siquiera se inscribe en el significante, entonces no hay partenaire complementario. El inconsciente no sabe de lo femenino porque no está inscripto. Este impasse es el que a su vez permite las ficciones alrededor del partenaire. "Lo real como imposibilidad de la relación sexual, produce ficciones pseudo-sexuales, edípicas, que sirven como instrumento para construir el fantasma y se alojan en un goce. El fantasma, al ser una significación cristalizada, garantiza la estabilidad con la que se sostiene una realidad y es de esta manera que puede entenderse "como mueca de lo real". [5]
Lo que está implícito en la noción de gender es la posibilidad de asignar una palabra amo a las diferentes variedades de goce, dejar de lado la diferencia del binario masculino y femenino y postular una pluralización bajo el significante género, con la aspiración de encontrar a una identidad sexual "libremente determinada", a salvo de las influencias culturales y sociales. Implica también, por tanto, "cambiar de género", para librase del "lastre" de lo real del goce del cuerpo, siempre más o menos ajeno, éxtimo, extraño, innombrable. Precisamente, éste es el campo del psicoanálisis.
Los esfuerzos nominalistas de los estudios de género por alcanzar la llamada identidad son vanos en el sentido de que la susodicha identidad no evita la división del sujeto frente al amor, el deseo y goce.
Dice Lacan, en el Seminario 18, De un discurso que no fuese semblante: "La identidad de género no es otra cosa que lo que acabo de expresar con estos términos, el hombre y la mujer. Es claro que la cuestión de lo que surge allí precozmente solo se plantea a partir del hecho de que en la edad adulta el destino de los seres hablantes es repartirse entre hombres y mujeres .Para comprender el hincapié que se hace en estas cuestiones, en esta instancia debe percibirse que lo que define al hombre es su relación con la mujer, e inversamente. Nada nos permite abstraer estas definiciones del hombre y la mujer de la totalidad de la experiencia hablante, incluso de las instituciones donde estas se expresan, por ejemplo, el matrimonio." [6].
La experiencia hablante tiene que ver con las contingencias en relación a su encuentro con el goce, y el Otro sexo más allá de la anatomía.
"Para el muchacho se trata en la adultez de hacer de hombre. Esto es lo que constituye la relación con la otra parte. A la luz de esto, que constituye una relación fundamental, debe interrogarse todo lo que el comportamiento del niño puede interpretarse como orientado por este hacer de hombre. Uno de los correlatos esenciales de este hacer de hombre es dar signos a la muchacha de que se lo es. Para decirlo todo, estamos ubicados de entrada en la dimensión del semblante."[7]
Lo que ordena este juego de semblantes, es el falo, el semblante por excelencia tanto para los chicos como para la chicas "Para los hombres, la muchacha es el falo, y es lo que los castra. Para las mujeres, el muchacho es la misma cosa, el falo, y esto es lo que las castra también porque ellas solo consiguen un pene, y que es fallido. Ni el muchacho ni la muchacha corren riesgo en primer lugar más que por los dramas que desencadenan, son el falo durante un momento." [8]
Por el contrario, se aprecia que en muchos de los estudios culturales dedicados al género, la problemática sexual tiende a diluirse en discursos que otorgan prioridad a los derechos individuales o a elaboraciones de índole social o cultural. Como señala M. Barros, el tratamiento de la cuestión sexual en términos de relaciones de poder es, en realidad, un "empuje a la desexualización del conflicto". [9]
Se trata de algo que, a su propio modo, se plantean igualmente las teorías performativas de Judith Butler y Jean Copjec. Al respecto dice Butler: "Quisiera sugerir que en todos los debates relacionados con la prioridad teórica de la diferencia sexual sobre el género, del género sobre la sexualidad o de la sexualidad sobre el género, subyace otro tipo de problema, que es el problema que plantea la diferencia sexual, a saber, la permanente dificultad de determinar dónde empieza y donde termina lo biológico, lo psíquico, lo discursivo y lo social." [10]
O, como dice J. Copjec: "¿Las alternativas (entre) el sexo como sustancia/el sexo como significación, son las únicas posibles? De no ser así ¿qué otra cosa puede ser el sexo? ¿O existe un modo diferente de concebir la división de los sujetos en dos sexos, que no responda a una heterosexualidad normativa? ¿La identidad sexual se construye de la misma manera u opera en el mismo nivel que la identidad racial de clase; o la diferencia sexual difiere de estos otros tipos de diferencia?". [11]
Como se observa, ambas autoras se preguntan por la cuestión real del sexo. Podemos señalar, junto con M. Barros [12], que la faz real del sexo es lo que no entra en nuestros cálculos y que el uso de la palabra "género" en lugar de "sexo" obedece a una lógica represiva que pretende expulsar la diferencia de los sexos, la misma que nunca se presenta ante el sujeto sin angustia. "La posición subjetiva del 'progresista' muestra cierto puritanismo larvado. El forzamiento de la palabra 'género' expulsa el cuerpo, y constituye el paradigma de un proceso de neutralización y desexualización del lenguaje. Se instaura entonces una retórica descafeinada que sustituye 'negro' por 'afroamericano' o impone leyes de cupos. Pero la diferencia suprimida retorna de la peor manera a través de los fenómenos de violencia manifiesta o solapada" [13]
El debate básicamente se opone a la distribución de masculino y femenino para los sujetos repartidos por el significante fálico. Desde este ángulo, como señala nuevamente M. Barros, "cabe establecer una estrecha relación entre sexuación y castración. (…) Zizek advierte que lo verdaderamente promovido [tras la pluralidad sexual] es el unisexo. (…) pero antes de recurrir al fetiche cultural de la dominación masculina debemos considerar la perspectiva de la aspiración al no-sexo, a un más acá de la sexuación, a una expulsión más bien forclusiva de lo 'sexuante'". [14]
Existe la tendencia a sostener que sin represión no habría dificultades en la sexualidad, sería posible el encuentro entre los sexos, armonía en los goces, sin embargo "…la función de las palabras amo es también la de mortificar el goce. Cuando el S1 es reprimido, la mortificación de goce-castración, ya no opera .La consecuencia a nivel del cuerpo es decisiva .Ya no hay ningún límite a la producción del objeto a plus de goce .Es la explotación a muerte. Porque lo que está implicado no es solamente el tener sino también el ser. El sujeto, al no estar identificado a ningún amo en particular, está mucho más liberado a la férula del amo absoluto". [15] Como señala Barros: "[hay ideales que rigen nuestra época] y son muy fuertes . Podemos mencionar, entre otros, el ideal del derecho de la felicidad, el de la igualdad de los géneros, el del derecho a la autodeterminación de los sujetos. Estos ideales pueden constituir la condición para la represión de lo sexual, aún más eficazmente que los de la tradición". [16]
Esta es a la exigencia de los discursos de género: atrapar con estos significantes los modos de goce de goce de los sujetos "normalizando" sus elecciones, como, por ejemplo, con el llamado "falo lésbico" (Andriotti"Metamorfosis) [17]. Lo que se obtiene es dejar de lado el cuerpo como sexuado, aspirando a suprimir de ese modo el malestar del cuerpo y del goce en el hablanteser.
Una sujeto que se declara lesbiana por encontrar "asqueroso" el pene, hecho que, según considera, es el único impedimento que encuentra para tener una relación con un hombre, —lo que no le impidió tener sus primeras experiencias sexuales con muchachos—, encuentra que su rechazo se debe al temor de repetir el lugar pasivo que su madre tiene en relación a su padre. La elección lesbiana cierra esta cuestión, pero no consigue obtener placer del cuerpo femenino y eso precisamente constituye el motivo de la consulta. Según G. Morel: "El hecho de que haya dos inscripciones respecto a la significación fálica, no contradice la posibilidad de que un sujeto mantenga una posición ambigua en el caso de la neurosis, o bien que se invente una sexuación inédita y fuera de la norma, en el caso de la psicosis".[18]
En julio de este año CNN propaló la historia de un transexual peruano que después de vivir como mujer por más de 28 meses, con reconocimiento legal y matrimonio, ahora solicita a las autoridades que le devuelvan legalmente el nombre y sexo con el que nació. Dice que al escuchar el mensaje de la Biblia cayó desmayado y al despertar no se reconoció como mujer. Ha pasado por una serie de cirugías previamente autorizadas por médicos y psicólogos para volver a tener aspecto masculino, y solo le falta el reconocimiento legal. Es ahora un pastor que predica la palabra de Dios y quiere salvar a los homosexuales y lesbianas que han caído en el pecado.
En la psicosis, a falta del Nombre del Padre, la identificación del sujeto a "La mujer", anuda lo Simbólico y lo Imaginario, pero lo Real queda suelto. La demanda de corrección quirúrgica busca anudar lo Real con los otros dos. Como plantea C. Millot, el síntoma transexual funciona como un intento de paliar la ausencia del significante del Nombre del Padre, en tanto que el transexual tiende a encarnar a La Mujer toda entera, precisamente la que Lacan dice que no existe. [19].
En la presentación del tema del próximo Congreso de la AMP, dice Miller: "Lo real inventado por Lacan no es lo real de la ciencia. Es un real azaroso, contingente, en tanto que le falta la ley natural de la relación entre los sexos. Es un agujero en el saber incluido en lo real. Lacan ha utilizado el lenguaje matemático que es lo más favorable a la ciencia. En las fórmulas de la sexuacion, por ejemplo, ha tratado de captar los callejones sin salida de la sexualidad en una trama de lógica matemática(…) . [Pero] Eso es una construcción secundaria que interviene después del choque inicial del cuerpo con lalengua, que constituye un real sin ley, sin regla lógica. La lógica se introduce solamente después, con la elucubración, el fantasma, el sujeto supuesto saber y el psicoanálisis". [20]
Así se expresa Helene de Cixous: "Predecir qué sucederá con la diferencia sexual dentro de un tiempo otro (¿dos o trescientos años?) es imposible. Pero no hay que engañarse….no se puede seguir hablando de la mujer y del hombre sin quedar atrapados en la tramoya de un escenario ideológico en el que la multiplicación de representaciones, imágenes, reflejos, mitos, identificaciones, transforma, deforma altera sin cesar el imaginario de cada cual y, de antemano hace caduca toda conceptualización". [21]
La deriva sexual de este siglo es tomada por el discurso del género así como por la tecnología científica, que sostiene una diversidad sexuada basada en la genética y/o en la anatomía tratando de producir un sujeto univerzalizable. No podemos desconocer el debate que está en los discursos de género, de los cambios en el orden simbólico, más allá de lo que escuchamos en nuestra practica analítica, donde los sujetos homosexuales de alguna manera se adscriben a estos postulados que dejan de lado la división que produce el encuentro con el deseo, el goce y el Otro sexo.
Agrega Miller en la presentación del tema de nuestro próximo Congreso, del 2014: "Pero en el siglo XXI, se trata para el psicoanálisis de explorar otra dimensión: la de defensa contra lo real sin ley y sin sentido. Lacan indica esa dirección con su noción de lo real tal como lo hace Freud con el concepto mítico de la pulsión.
No hay saber en lo real. Hay una constancia en esta variabilidad misma que indica que no hay un saber prescripto en lo real y que la contingencia decide el modo de goce del sujeto. [22]. El real de la no relación sexual, de la incompatibilidad de los sexos.
La orientación del psicoanálisis, es una demostración de lo imposible por la contingencia, una apuesta del acto analítico que, vía la transferencia, pueda poner al trabajo en un analizante las salidas sintomáticas frente a su encuentro singular con el "error común".

Bibliografía
1. Lacan, Jacques, Seminario 19. O peor, Editorial Paidós, 2012, p.17
2. Barros, Marcelo .La condición Femenina. Editorial Grama, 2011. p 58
3. Barros Marcelo .Óp. Cit p 77.
4. Lacan Jacques. Seminario 20 Aun. Editorial Paidós 1981, p.90
5. Lacan Jacques. Otros Escritos. Editorial Paidós 2012 Televisión p 538,
6. Lacan Jacques. Seminario 18 De un discurso que no fuera de semblante. Editorial Paidós .2012. p 33
7. Ídem p 33
8. Ídem p.34
9. Barros. Marcelo .Psicopatología: clínica y Ética. Fabián Schejtman (compilador) Editorial Grama.2013 p.253
10.           Butler Judith, Deshacer el género, Editorial Paidos.2006. p 262.
11.           Copjec Jean .Imaginemos que la mujer no existe. Fondo de cultura Economica.2006
12.           Barros. Marcelo, Óp. Cit. P 252.
13.           Ibídem .p 257.
14.           Ibídem. p 258
15.           Aflalo Agnes .El Orden simbólico en el siglo XXI. Volumen de VIII Congreso de la AMP. Editorial Grama .2012. p 270
16.           Barros. Marcelo. Óp. Cit.p.250.
17.           Andreotti ,Rosi. Metamorfosis. Ediciones Akal. 2002. p
18.           Morel.Genevieve. Ambiguedades sexuales – Situación y Psicosis. Ed manantial. P
19.           Millot .Catherine. Ensayo sobre transexualismo.
20.           Miller. Jacques Alain. El Orden simbólico en el siglo XXI. Volumen de VIII Congreso de la AMP. Editorial Grama .2012. 435
21.           Cixous de Helene La risa de Medusa . Editorial p 19.

Miller Jacques Alain. Op cit .p 435

Rumbo a Control - Por Raquel Cors Ulloa.





Raquel Cors Ulloa
Rumbo a Control


Por Raquel Cors Ulloa
Psicoanalista miembro de la NEL y la AMP

Estaba a punto de salir de viaje, rumbo a control. Me había comprometido a escribir algo en el camino, ese algo siempre es contingente, incalculable. Llevaba conmigo algunos casos en los que se me planteaba lo que suponemos conocer teóricamente, como objeto causa de deseo, o bien, como sujeto deseante, en falta - posiciones que basculan en la práctica. Si algo funciona en análisis, en la formación epistémica y el control, es gracias a la transferencia - a partir de ahí este trozo de experiencia en que un análisis tiene su parte.

El deseo de control había tornado un giro en mí recientemente, ya sea para solicitar control, ya sea para alojar demandas de control. Así como cuando se está dentro de un cuadro, solo que en estos casos se trata del cuadro clínico. Una vez allí, no sabemos descontar nuestra presencia, ni prescindir de sus efectos, como señala Jacques-Alain Miller sobre la práctica del control, en tanto ésta nos sirve para lavar las escorias remanentes que interfieren en la cura[1].

Llevaba conmigo casos y por supuesto algo de mi propio caso. Uno de ellos, no tenía ni píes ni cabeza, no había podido armarlo, formalizarlo, darle un lineamiento. Me escuché decirle al analista con quien controlo que la paciente tenía un diagnóstico médico como el mío y que no quería dejarla caer… El, me sugirió lleve a mi análisis ese punto y mientras me interrogaba sobre el caso, cada palabra me interpelaba; estaba ahí mi cuerpo en una brutal identificación con mi paciente. Mi autoreproche no se hizo esperar, me recriminé por el infortunio de ese sujeto, que luego de un calvario de malos encuentros con la ciencia, se topó -le dije al analista controlador- con una analista que “no está a la altura”. Con esto y para colmo, reafirmaba el espejo esta vez superyóico de lo señalado en ese memorable control. De ahí en más, un vaciamiento de goce.


Ecos de lo real

En la misma ciudad, un año antes, durante el IX Congreso de la AMP Un real para el siglo XXI, convocaron a algunos psicoanalistas a conversar sobre el control y el deseo del analista, recuerdo bien esa plenaria por sus inolvidables intervenciones que al fin y al cabo me interpretaron, es decir que me permitieron leer algo de lo imposible que se transforma, eso que el trayecto analítico enseña -cada vez- sobre el síntoma en tanto defensa, defensa que cada uno inventa ante el trou-matisme.

Durante aquel congreso, que bordeaba sobre “Un real”, Leonardo Gorostiza había propuesto hablar de defensas en plural. Ahora entiendo, un poco, lo que transmiten algunos AE cuando plantean que al desmontar la defensa, otro anudamiento imprevisible viene a ocupar ese vacío.
Para aquel congreso sobre “el siglo XXI”, Miquel Bassols proponía ¡despertar! -en lo que respecta a deseo del analista- especialmente a quienes practicamos en una época en la que podríamos seguir durmiendo tranquilamente frente a lo real, ya sea en el saber, o en el sueño de la ciencia. Pero el despertar en cuestión, no se trata de la vigilia, ese estado en el que estaríamos aptos para una mejor respuesta ante estímulos externos, esa suposición de comprensión y entendimiento, de saberlo todo, por ejemplo sobre el último Lacan, esa superposición nos llevaría a dormir seguramente.

En aquel IX Congreso, Éric Laurent se refirió al control como una conversación, y señaló que el control no debe ser inhibidor sino permisivo - contracorriente de un control especializado.

En aquella inolvidable plenaria, Graciela Brodsky había señalando que el control no termina con el pase, que el analista analiza con su sinthoma y que no hay manera de medir el deseo del analista sin ese lazo con otro. Graciela, también recordaba que Freud tuvo la intuición de llamar al control, análisis - análisis de control.

El psicoanálisis cambia, es un hecho, el índice que Lacan plantea cuando propone al parlêtre sustituyendo al inconsciente, mueve nuestra práctica: desbaratando las defensas, descompletando el sentido, liberando la fijeza, poniendo en juego algunas sutilezas, pequeños detalles que despiertan la respuesta fantasmática. Hay re-a-nudamientos, teniendo en cuenta que en Lacan el nudo borromeo de tres ocupa el lugar de la relación sexual de dos, que no hay[2].


Una banda de moebius: práctica, análisis y control

Sin duda, la práctica, el análisis y el control que incluyen algo del propio caso, devela algo del cuadro: que al tratar de comprimir esa presencia, de esmerilar sus particularidades, de alcanzar el universal de lo que llamamos el deseo del analista; conseguimos desde ese momento, borrar lo que nos singulariza y entonces es el analizante el que sueña, nos sueña con los rodeos de su fantasma, que no sabrían no figurar en el cuadro[3]. Sin duda una banda de moebius enseña que el trayecto de la  práctica se mueve, ya no sólo conmueve. Una banda de moebius puede reorientar la dirección de la cura. Finalmente, el caso que llevaba conmigo, sin pies ni cabeza, rumbo a control, me enseñó que una defensa puede tomar un nuevo rumbo.

Agosto de 2015

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[1] Miller, J.-A., Conclusión de Pipol V http://nelbogota.blogspot.cl/2013/04/conclusion-de-pipol-v_15.html
[2] Miller, J.-A., El lugar y el lazo, Paidós, Buenos Aires, 2013, p. 117.
[3] Miller, J.-A., Conclusión de Pipol V http://nelbogota.blogspot.cl/2013/04/conclusion-de-pipol-v_15.html


26 de enero de 2016

Tinta y humo por Paloma Blanco Díaz




Paloma Blanco
Tinta y humo
Paloma Blanco Díaz


El deseo del analista no es un deseo puro. Es un deseo de obtener la diferencia absoluta, la que interviene cuando, enfrentado al significante primordial, el sujeto viene por primera vez en posición de someterse a él. Ahí solo puede surgir la significación de un amor sin límites, ya que está fuera de los límites de la ley, donde solo él puede vivir.
                           Jacques Lacan, El Seminario, Libro 11.

En “Análisis terminable e interminable”, Freud cuestiona la posibilidad de resolver definitivamente el conflicto pulsional puesto que “uno a menudo dudaría de que los dragones del tiempo primordial se hayan extinguido realmente.” [i] Nombró a ese resto la “roca de la castración”, añoranza del falo del que fue privada para la mujer, angustia de castración para el hombre. Freud concluye en el impasse de la sexualidad como obstáculo para una conclusión definitiva del análisis y por ello recomienda a los practicantes retomar el propio análisis más o menos a los cinco años de la conclusión del anterior…Es decir, el tope de la castración, su roca, infinitiza el análisis porque hace que la experiencia analítica encalle en el rechazo a la feminidad, manifestándose en el análisis femenino en el penisneid, y en el masculino en el rechazo a aceptar seguir a otro hombre por la significación de castración que conllevaría la pasividad inducida por él. Para evitar ulteriores recrudecimientos sintomáticos, mejor el análisis periódico: ésta es la pragmática solución freudiana.
            La investigación de Lacan en cuanto a las particularidades del goce femenino y la formalización de las posiciones sexuadas deseantes femenina y masculina en las fórmulas cuánticas de la sexuación, nos va a permitir ir más allá del impasse freudiano en todo lo referente al fin de análisis que incluirá también lo que atañe a la especificidad del deseo del analista. En el análisis a partir de Lacan hay un más allá del límite que propone el fantasma y es precisamente eso lo que lo vuelve finito. El límite freudiano promueve una infinitud y el más allá del límite lacaniano promueve una finitud. Como podemos observar, una u otra alternativa dependerá del tratamiento dado al goce femenino.
            Dos referencias de Jacques-Alain Miller van a servirnos para comenzar a desarrollar estos aspectos. Tal como leemos en su seminario “El Ser y el Uno”, podemos hallar una solución elegante a la roca en la propia experiencia del atravesamiento del fantasma propuesta por Jacques Lacan:
            “La idea de Lacan apunta a considerar que se trata de algo susceptible de ser resuelto en la escena del fantasma, ¡y eso es el pase!; Freud no lo dice, pero aquello que está en juego en esa VIII parte de "Análisis terminable e interminable" es a situar en la escena del fantasma. Se trata de un debate que puede ser superado si se reconoce su identidad fantasmática.
            ¿De qué operación se vale Lacan para hacer del fantasma el campo donde es cuestión de resolver ese obstáculo mayor que encuentra el fin de análisis? Entiendo que se puede decir simplemente en estos términos: Lacan pone en evidencia que lo designado por Freud como Streben nach Männlichkeit, la aspiración a la virilidad es por excelencia, del orden del fantasma”.[ii]
            El siguiente texto al que haré mención es un pequeño artículo titulado Cuando la cura se detiene que es un preciso y precioso comentario del texto freudiano que hemos escogido como punto de partida. Voy a tomar el párrafo final con el que Miller concluye su intervención. Lo reproduzco a  continuación:
            “Todos los finales son felices. De hecho, hay siempre un consentimiento en lo imposible. Y, en los mejores casos, es también un consentimiento y una tolerancia –y quizás un apetito- no por lo imposible, sino por la contingencia, por eso con lo que pueden ustedes encontrarse por azar. De manera que la experiencia analítica quizás sea una manera de prepararse para encuentros fructíferos en la vida. De este modo ustedes esperan su verdad, no de un especialista al que le pagan, sino del próximo desconocido.”[iii]
            Subrayaré por el momento el “consentimiento en el imposible y el apetito por la contingencia. De manera también sencilla y elegante, la primera de las fórmulas apunta al más allá de la roca de la castración en la asunción de la imposibilidad y la segunda al surgimiento contingente de un nuevo amor, por tanto, más allá de los límites de la ley edípica, de la ley del padre y también de su correlato bastardo, la ley de hierro del superyó. Como el propio Miller señala en su conferencia “Las mujeres y los Nombres del Padre”[iv], el Seminario de “Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis” es el Seminario sobre “Los Nombres del Padre”[v] que quedó impronunciado, bajo otra forma. Si este Seminario, en concreto, permaneció como un agujero, como la tachadura en la serie de los Seminarios de Lacan, su propio título alude al secreto que la fórmula Nombre-del-Padre encierra y es que ésta no es más que un semblante que viene a velar la tachadura del Otro, darle consistencia. Es el guardián de la ley que custodia al padre y prohíbe el acceso a saber que su tumba…está vacía. En “Los Cuatro Conceptos (…)”, además, hay un cuestionamiento del propio deseo de Freud y de lo inanalizado de éste que no es ajeno al impasse sexual y como Miller apunta, este es el Seminario en el que Lacan comienza a sustituir los conceptos freudianos por los matemas lacanianos. El Nombre-del-Padre en singular, por lo que en cada uno de los sujetos ha funcionado como tal; esto abre a la pluralización de los Nombres-del-Padre.
            La pluralización de los Nombres-del-Padre es lo que le da al Nombre-del-Padre el estatuto de semblante. Si el Nombre-del-Padre es el tapón, la sutura de la falta en y del Otro, el Nombre-del-Padre como semblante, singular en cada sujeto y, por tanto, plural en los sujetos, vela y revela esa tachadura permitiendo hacer algo con ella sin suturarla. Este Nombre-del-Padre singular es, más bien, la metáfora del indecible del objeto, de esa x que no está en el campo del Otro y que es su tachadura, que tomará la forma de incompletud en la lógica masculina (“hay uno que no”) o de inconsistencia en la lógica femenina (“no-todo”).

5.1. Del deseo del analista
El deseo del analista no es un deseo puro porque al deseo puro no lo detienen los límites del bien, la belleza, la piedad (o la caridad) en la determinación de su búsqueda de acceso al objeto, a la Cosa. Estos límites tampoco lo son para el deseo del analista, pero por otra causa que no es la orientada por el objeto.
            En la lógica del deseo del analista hay implicada una renuncia, pero no la renuncia que impone el superyó, ni la que instauraría un sacrificio para el que no hay límite. El “No hay” de la relación sexual  es también un “no hay” de "El Objeto"; todos los objetos son, así pues, también semblantes. La renuncia que implica el deseo del analista es la de anudar el sentido al goce. Como afirma Lacan en “Televisión”, "solo el santo se queda seco, para él ni pizca.”[vi]
            El Nombre-del-Padre, único, el padre freudiano, es el que prohíbe, el que dice que no. Es este padre edípico el que reprime el deseo e instaura el amor dentro de los límites de la ley, de la falta y la castración de la que es su custodio. El neurótico lo será de esta voluntad del padre. No se trata únicamente de que en cada sujeto algo distinto y singular haya funcionado como Nombre-del-Padre. Hacer practicable el Nombre-del-Padre, sirviéndose de él, es saber que es un semblante que vela lo que no hay, a diferencia de aquél que instauraría una falta por una prohibición. El neurótico hace exactamente lo contrario, sirve al padre, lo hace imprescindible pero  a condición de hacer un uso muy limitado de éste. Busca a toda costa la garantía y no duda en sacrificarse en su castración con tal de garantizar la ley paterna; el más allá de la roca de la castración significa exactamente esto: no falta porque no hay. Es así posible pasar del amor limitado y condicionado por la nostalgia del objeto que nunca se tuvo y que, o bien exige pruebas de amor, o se cobija en la argucia de negar la imposibilidad con la renuncia, a un amor sin límites porque es un amor sin objeto, sin falta tampoco, susceptible a lo fulgurante de la contingencia del encuentro.
            Si la diferencia entre el significante y el objeto, entre lo simbólico y lo real en definitiva, está camuflada por lo imaginario que rellena el intervalo, el análisis conduce a disolver la sutura en el recorrido más allá de la identificación. En el fantasma el S1 identifica al sujeto para conectarlo al objeto a como plus de goce. En el fantasma inconsciente el sujeto encuentra su identidad y su sentido. Este S1 es el Uno que funda el discurso del inconsciente que es el amo del discurso del sujeto. Es el S1 que funda la ley que inaugura el inconsciente. El fantasma es la interpretación que el sujeto dio a su encuentro fallido con lo real para velar el trauma. Toda la significación construida a través de la metáfora, la mitología edípica, es el velo tejido de sentidos para envolver el encuentro traumático con la alteridad, la pura diferencia, la contingencia que no se deja domesticar por ninguna ley causa-efecto. Es por ello que este S1 tiene su envés en la letra muda, sin sentido, la marca del encuentro inasimilable entre el ser vivo y lalengua que constituye la nada del objeto y el vacío del sujeto.
            La inversión que efectúa el discurso del analista, permite que lo real del discurso del amo ocupe el lugar del semblante en el discurso del analista y se revele lo que funcionaba como veladura y semblante de objeto en el discurso del amo, mostrando así la nada del objeto. El deseo del analista produce la diferencia absoluta con el significante primordial al que el sujeto se somete para proteger la ficción del objeto. El encuentro, “por primera vez”, de ese significante que fundó el inconsciente con esa nada de objeto, es el atravesamiento de la represión y el más allá de la castración y el Nombre-del-Padre; es decir, conduce a un más allá del inconsciente mismo y su ley. Abre a un amor que ya no está limitado por el objeto determinado por la significación del Nombre-del Padre.
            No se trata de sustituir el indecible de objeto por un nombre, sino que este nombre no cese de no escribirse. El significante nuevo, consiste, más bien, en nombrar cómo se dieron en la propia vida las coordenadas del encuentro con la imposibilidad, con la diferencia absoluta que el fantasma recubrió. Esta travesía permite hacer del indecible una decisión y acoger el encuentro contingente con la infinita diferencia, el vínculo con la alteridad, sin la predeterminación de un objeto.
            Cada interpretación analítica no será, entonces, aquella que se sume a ese interpretación singular de la que el inconsciente intérprete de cada sujeto ya lo ha dotado; ello conduciría a un análisis infinito sin salida posible del fantasma. Cada interpretación analítica se dirigirá, más bien, a romper el guión entre causa y efecto, a situar la imposibilidad entre el par S1//S2.
            Conocemos dos definiciones de sujeto; aquél que surge como efecto de significación del significante que, como significante amo, lo representa y lo hace desaparecer a la vez y aquella otra definición en la que el sujeto nos es presentado como una respuesta de lo real a lo simbólico. El S1 es la marca de la colisión entre el cuerpo viviente y lalengua, el sujeto es la respuesta de lo real a esa colisión y, siguiendo el desarrollo de Miller[vii] el S2 constituirá el saber esclavo, ficcional, edípico. En suma, la elucubración de no saber que constituye el inconsciente intérprete mismo.
            El modo en que consideramos la interpretación como una forma eficaz de perturbar la defensa viene dado en la cura por cernir el S1 para que el sujeto se confronte con su cifra de goce y emerja el vacío de sentido. Entendemos de este modo la frase correspondiente al párrafo final de “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” con la que Lacan concluye este Seminario. La recordamos: “Es un deseo de obtener la diferencia absoluta, la que interviene cuando, enfrentado al significante primordial, el sujeto viene por primera vez en posición de someterse a él.”[viii]
            El deseo del analista se dirige a hacer emerger la marca de ese primer encuentro con la contingencia, con la pura alteridad, la pura diferencia entre el cuerpo y lalengua, el Uno y el Otro. Esta marca que fija a un modo de gozar es el significante amo que el deseo del analista, a través de la interpretación, va a desenganchar del sentido. Sentido que constituye la defensa misma frente al fuera de sentido, la no causalidad, el desorden de lo real, la pura alteridad. El sentido, ese saber esclavo, que trenzando representación y símbolo teje el nudo con lo real en el síntoma. El deseo del analista conduce al sujeto a encontrarse con lo que constituyó el propio nudo, aquello en  lo que nos enredamos para lograr un amarre.

5.2. Del atravesamiento del fantasma al uso del sinthome

El fin precede al principio
Y el fin y el principio estuvieron siempre ahí
Antes del principio y después del fin.
T.S. Elliot, Cuatro Cuartetos.

Los embates de la asociación libre, la interpretación siempre dirigida a reducir el sentido ponen cada vez más de manifiesto la diferencia absoluta entre éste y lo real de la causa. Un proceso muy paradójico, el sentido se depura y erosiona con toda su pesada carga dramática, oscura, pegajosa, superyóica. Pero, a la vez, el goce pierde el anclaje que lo fija a un modo de funcionamiento y esto es peligroso, porque, en su deriva, puede volverse pura pulsión (de muerte).
            Es la presencia del analista que se encarna en cada una de sus interpretaciones, la que recorta a lo largo del análisis un agujero, un agujero en el sentido. Sin esta imprescindible presencia, que no puede darse si no es con el sostenimiento de la especificidad del deseo que lo hace operar, la travesía del fantasma se convierte en algo muy peligroso. El análisis es el despeje de los sentidos que obturan,  envuelven y dan cuerpo al horror al saber, a todo aquello que se veló con el fantasma...y se reveló con su atravesamiento. Momento de no retorno que abre a otra dimensión, momento en el que algo puede cesar de repetirse y dar lugar a la invención. Es una dimensión de existencia singular, contingente, que hace caducar la pasión de ser y su correlato de la falta en ser. Una existencia no dependiente de ninguna consistencia o potencia del ser. Hacer funcionar la vida sin que tenga que estar en función del sentido.
            Cuando el fantasma se atraviesa y el objeto se levanta, lo que aparece es la pura pulsión de muerte, la nada de objeto. Solo el deseo del analista sostiene. Es un punto de no retorno, como aquel que precede al despegue. La potencia pulsional pasa al deseo, el objeto cae y un nuevo nombre propio aparece, enmarca pero no enmascara lo real, la tachadura del Otro.  Aquel vacío abisal cuyo afecto era la angustia, se ha transformado ahora en un espacio infinito en el sentido topológico y no temporal, en el que la potencia pulsional pasa al deseo que, emparentado a la fecundidad de la pulsión, pero sin la fijación y sutura al objeto, es el rayo que no cesa.
            Ya no hay más falta, no falta, porque no hay el objeto. Esta caída del objeto abre a la infinita diferencia, la contingencia infinita de la vida sin el estorbo del ser, mientras dura la existencia. Hasta el momento, es algo que resulta insólito, todo cambia, amar, hablar, leer, escribir, trabajar...vivir. La construcción y franqueamiento del fantasma, dejan al descubierto las marcas singulares, las cicatrices de la escritura del imposible, el litoral que se demarca entre el saber y el goce y también su absoluta diferencia. El producto de la travesía de estas dos dimensiones, es una invención, un significante nuevo, un síntoma sin pathos y una nueva lógica amorosa. El atravesamiento del fantasma permite encontrar cómo se localiza la infinitud del deseo en un instante contingente, no atado a hacer de un objeto lo necesario. Esto no es ajeno a la temporalidad del goce femenino y su infinitud. El presente se hace porvenir anudado por la contingencia.
            Si bien lo real, como tal, no puede nombrarse, pensarse, representarse, es un no saber ineludible, cada hablanteser está atravesado por un real singular. Según esta perspectiva, el sinthome es la invención de cada uno, irrepetible, para arreglárselas con ese real imposible, sin ley. Desde estas coordenadas se hace más apreciable cómo la experiencia analítica, esa experiencia de lo real, no concluye en el atravesamiento de fantasma, sino que, más bien, esta travesía constituye un paso previo para hacer accesible esa vía de tratamiento de lo real de un goce singular que es el sinthome.
            Atravesar el fantasma es llegar al fin del mundo, al fin de las representaciones, al fin de los sentidos, a la caída del objeto a como sentido gozado y encontrar allí lo que desde el principio resistió a la carcoma de todo sentido. El sinthome como resto sintomático practicable es la pervivencia de lo que estuvo desde el principio, un goce imposible de negativizar, de castrar por lo simbólico, fuera de sentido, fuera del saber. Lacan refiere tempranamente este goce a la sexualidad femenina y es por ello que habla de la feminización que inocula la letra, pero a partir del uso del término sinthome, tal goce se generaliza y constituye un acontecimiento de cuerpo que circunscribe un goce excluyente del sentido. El sinthome debe ser considerado el hueso de todas las demás operaciones subjetivas, travesía edípica, síntoma, fantasma...
            El final del análisis no es un punto de llegada sino, más bien, un lugar al que acceder y que, de manera distinta, siempre estuvo ahí porque es el lugar de la causa,  el lugar de un real singular. ¿Qué real?, aquel que el fantasma velaba con el sentido y revestía con un objeto a partir del cual el sujeto se dotaba de un falso ser.
            En el vaciamiento de sentido que es la experiencia de lo real a través de la experiencia analítica, el objeto se erosiona hasta convertirse en la marca de la colisión de lalengua con el cuerpo viviente, esa letra es la materialidad lingüística del goce a la vez que ciñe una huella, un vacío excavado que ya no está taponado por el objeto. La letra toma cuerpo en un decir que inventa un significante nuevo, nombre propio de cómo aconteció en la propia vida el S(),  significante nuevo en el que se pueden rastrear las huellas de lalengua, como cartas marcadas en los significantes que dieron soporte al síntoma, al goce, a la pulsión, al fantasma, al deseo. El significante nuevo constituye un nuevo anudamiento entre el goce, el ser, el vacío y el último semblante del objeto que es la nada.  El significante nuevo pone al Otro entre paréntesis y acota su tachadura dotándolo de un continente a la vez que preserva su inconsistencia y mantiene juntos, como un girón de espuma, lo que es de naturaleza dispar: el goce vivo del cuerpo y el vacío del ser. Bordea pero no enmascara lo real.
            Es un significante que hace de nombre propio a una nueva posición subjetiva que da acomodo a un síntoma sin conflicto: el sinthome. En el vínculo de este sujeto con el mundo, el lugar del objeto está vacío pero cernido por lo que llamaría el "litoral de su ausencia" este litoral es la marca, la cicatriz de la colisión del encuentro del cuerpo del viviente con las palabras, con lalengua que despoja al cuerpo del objeto "natural" de su satisfacción dejándola desordenada, única e irrepetible para siempre. Esta colisión es el trauma que hace del  serhablante y su cuerpo un sin par, Uno singular. En esa letra del trauma del encuentro imposible con la pura alteridad, con el Otro-sexo, encontramos también la matriz de un goce que el sacrificio de la castración imaginaria al Otro no puede negativizar.
            El sinthome no es ni un conflicto, ni un atravesamiento, ni una caída, ni un franqueamiento. Es previo y anterior al síntoma y al fantasma porque está en la matriz de ambos. Algo que estuvo desde el inicio y que se hace practicable en un valor de uso para la vida. Carece de sentido salvo aquello que sostiene al sujeto...una insondable decisión en el comienzo de la vida. Es previo a la negativización que la castración ejerce sobre el goce y al plus que retorna en el objeto a. Tiene pura y exclusivamente una función de sostén, el hueso depurado, el desecho de todas las otras operaciones.
            La experiencia analítica posibilita hacer con lo indecible del objeto la decisión singular que nadie más puede tomar por uno, un deseo decidido, y encontrar en ello el modo de existencia no lastrado por la pasión del ser y el sentido. Una existencia soportada en la temporalidad singular y limitada y que nadie más podrá sostener por uno. Un decir propio que no estuvo antes ni estará después de cada existencia singular. Un decir que no está justificado por el sentido sino afirmado por el deseo. Un deseo no condicionado por la sobredeterminación del objeto fantasmático sino concernido por la infinita diferencia, por el gusto por las infinitas singularidades.
            El analista, según la última enseñanza de Lacan, lleva estas marcas singulares y es producto de estas operaciones; es así como entendemos el analista trauma o el analista sinthome. Desde esta perspectiva, el deseo del analista es un deseo inagotable, que se sostiene en la posibilidad, cada vez, de que la diferencia absoluta en cuanto a anudar en la vida goce, cuerpo y palabra, acontezca. Un deseo abierto y que abre a la infinita diferencia. El deseo del analista es prestarse a presentificar esa ausencia significante que llamamos S(), hasta que la diferencia absoluta emerge de ella. Estructuralmente, es un lugar de desecho, desecho, que no desperdicio, como un andamiaje, imprescindible, por otra parte, para una construcción. El deseo del analista no está condicionado por querer algo en particular a priori sino causado por la contingencia del encuentro, que queda abierto a la infinita diferencia. El deseo del analista aspira a que la diferencia acontezca y es la posibilidad de darle lugar en una contingencia propiciada. No es incompatible con el silencio, fruto de la ausencia, fruto del S() que cuida el precioso fracaso del lenguaje. Un silencio singular que rompe el silencio anónimo de la pulsión de muerte.

5.3. La risa del santo
En “Televisión” Lacan compara al analista con la figura del santo:
            "No podríamos situarlo mejor objetivamente sino con lo que en el pasado se llamó ser un santo.”[ix]
            Y califica a este último como aquél que "deshace caridad". Continúa:
            "Un santo, para hacerme entender, no hace la caridad [charité]. Más bien se pone a hacer de desecho [déchet]: el descarida [décharite] [desecha la caridad] y ello para realizar lo que la estructura impone [refiriéndose al discurso del analista], a saber, permitir al sujeto, del inconsciente, tomarlo como causa de su deseo.”[x]
            Volveremos sobre ello un poco más adelante. Perdemos en castellano la homofonía entre los términos sinthome y "saint homme" que es valiosa para tener presente en relación al analista sinthome. Pero el término implica otras resonancias también muy interesantes y de las que Lacan va a servirse. Así, en la misma entrevista, va a hacer referencia a Saint Thome, Santo Tomás de Aquino. Hay dos aspectos en lo que a él se refiere que le interesan: su estudio clínico muy pormenorizado sobre la tristeza y la calificación, que hace al final de su vida, de su ingente producción de saber como de "sicut palea", estiércol.
            En efecto, este Padre de la Iglesia define la tristeza como el pecado más aborrecible por Dios porque es una vía de acceso al mal. Y Lacan, por su parte, refiriéndose a las pasiones tristes, habla de la depresión en los siguientes términos:
            “La tristeza, por ejemplo, la califican de depresión, y le dan el alma como soporte, o la tensión psicológica del filósofo Pierre Janet. Pero no es un estado de ánimo, es simplemente una falta moral, como se expresaba Dante, o también Spinoza: un pecado, lo que quiere decir una cobardía moral, que solo se sitúa en última instancia a partir del pensamiento, es decir, a partir del deber de bien decir o de orientarse en el inconsciente, en la estructura.”[xi]
            Lacan considera la tristeza la mayor y peor de las pasiones, la que es por completo imperdonable y le atribuye a Dante la idea de considerarla el peor de los vicios, lo que en la teología cristiana se denomina pecado contra el Espíritu y que consiste en el rechazo del perdón, sin remisión. Es decir, la tristeza es un goce que como todo goce, hace feliz al sujeto y en el que éste permanece porque de ningún modo quiere renunciar a él. Ello es lo que hace de la tristeza un pecado sin remisión. Sinthome, sin, pecado en inglés, marca, pecado original. Home, hogar. Cuando se refiere al pecado como, “original, como cada uno sabe”[xii], no es otra cosa que lo que Freud llamó la culpabilidad inconsciente. Una culpabilidad que procede, según la doctrina de la Iglesia, de nuestros primeros padres y que desde el psicoanálisis reconocemos inducida por el superyó, heredero de la prohibición paterna, de la ley edípica. A este respecto, también según el dogma, debemos señalar que, aunque Eva pecó, no es a causa de ella que hemos contraído el pecado original, de nuevo tomamos la referencia de Santo Tomás que sobre ese asunto es muy claro, es Adán quien transmitió el pecado original a sus hijos, a la especie humana, no Eva. Culpabilidad inconsciente, es entonces el nombre laico de esa representación mítica llamada pecado original. Lacan presenta la tristeza como el afecto que acompaña a la experiencia de la impotencia para hacer corresponder el significante y el goce, lo simbólico y lo real, el ser y el sentido. Y el gay-saber será hacer el pasaje de la impotencia a la imposibilidad, de la nostalgia por el objeto que nunca se tuvo a un deseo no condicionado por la ley del objeto, la ley edípica.
            El deseo del "saint homme", deshace caridad, es el residuo, resto por fuera del para-todos. La caridad, consistente en el amor al prójimo como a uno mismo, que tantas suspicacias despertaba en Freud. La caridad es ese amor igual para todos que no considera diferencias singulares. El santo que deshace caridad, deshace la confusión narcisista yo-tú, uno-otro, el santo vacía de sentido y hace del deseo un deseo no condicionado por la fijación a un objeto.
            "Que esto tenga efectos de goce ¿quién no tiene [anudado] el sentido con el goce? Solo el santo que permanece seco. Es incluso lo que impacta más en el asunto. Impacta a aquellos que se aproximan y no se engañan: el santo es el desecho del goce"[xiii]. El desecho de goce, por tanto, un residuo, que lo es, por ser pura diferencia en relación al goce.
            Siguiendo esta lógica, podríamos afirmar que el deseo del analista deshace el Principio de Caridad Interpretativa tal como es propuesto por el filósofo norteamericano Donald Davidson[xiv] en 1973 inspirándose, a su vez, en los argumentos de otro pensador norteamericano contemporáneo, W.V. Quine. Según este principio, a los hablantes se les atribuye un comportamiento racional que les evita caer en contradicciones y por eso, sin una mutua suposición de racionalidad, no se podrían entender las partes. Agrega además que la caridad es encontrar la suficiente racionalidad en aquellos a los que se quiere entender, suponiéndoles que lo que dicen y hacen tiene sentido porque de lo contrario no se podrían identificar los contenidos de sus palabras y pensamientos. El analista sinthome deshace decididamente, en el destello de la diferencia absoluta, la ilusión de un sentido común, de correspondencia, de ley causa-efecto, la ilusión, en definitiva, de la relación sexual, de la relación proporcionada entre los sexos.
            Este santo lacaniano parece salir de la humanidad, de la civilización, no hace nada al servicio de los bienes. Nos recuerda la descripción de Miller a propósito del lugar a donde el nudo conduce a Lacan y con la que concluye la conferencia de presentación del tema del próximo Congreso de la AMP:
            "A Lacan, ese nudo, la pasión por el nudo borromeo, le sirvió para llegar a esa zona irremediable de la existencia; la misma zona que Edipo en Colona, donde se presenta la ausencia absoluta de caridad, de fraternidad, de cualquier sentimiento humano.”[xv]
            Entendemos esa zona como la dimensión de la diferencia absoluta de cada serhablante respecto de sus semejantes, el lugar preciso y precioso de la soledad singular al que justamente apunta el deseo del analista, tal como lo define Miller en la misma conferencia y donde resuena la definición de Lacan que hemos tomado como punto de partida:
            "Varias preguntas se abrirán para nosotros en el próximo Congreso: la redefinición del deseo del analista, que no es un deseo puro como dice Lacan, no es una pura metonimia infinita, sino que se nos aparece como un deseo de alcanzar lo real, de reducir al Otro a su real y liberarlo del sentido.”[xvi]
            Se trata de ese real singular al que se puede arribar, uno por uno, en el final del análisis. En la experiencia analítica el analizante, vía transferencia, consiente a que la x que para él es el deseo del analista lo conduzca a reducir a su Otro a su real singular, a encontrarse con la diferencia absoluta entre el Uno de su goce y los sentidos que en su existencia funcionaron como significantes amo. El deseo del analista conduce al analizante a poder encontrarse con un sinthome como vía para alcanzar, no lo real, sino el saber alegre de arreglárselas con un real singular.

5.4. La ética del bien decir, una moral sin objeto
Las palabras, después del discurso,
alcanzan el silencio.
T.S. Elliot, Cuatro Cuartetos.

Lo expuesto hasta ahora tal vez puede ayudar a esclarecer un poco más las últimas frases del cuarto bloque de Televisión. Lacan ofrece, tal como Freud ofreció la ética del psicoanálisis a la humanidad como alternativa a la moral del superyó y su correlato en la religión, el discurso del analista como salida para la civilización del discurso capitalista.
            "Yo cogito desesperadamente para que haya nuevos como esos. Es probablemente porque yo mismo no lo alcanzo.
            Cuantos más santos seamos, más nos reiremos: es mi principio; es incluso la salida del discurso capitalista -lo cual, si sólo es para algunos, no constituirá ningún progreso-.”[xvii]
            En el Libro 7 de su Seminario Lacan demuestra que no todo en la ética está ligado al sentimiento de obligación. La obligación es una fijación. Nuestra acción puede ser acordada con la satisfacción...ligada al deseo, que es sin objeto, y no a la pulsión y su fijación al objeto. La demanda del Otro toma valor de objeto en el fantasma neurótico. En el fantasma el sujeto se completa con el objeto al que se hace equivaler.
            La vertiente del análisis en relación al goce concierne a la pulsión que nos atraviesa, al Uno de goce que nos marca. La vertiente ética corresponde a la diferencia, al consentimiento a que el goce condescienda a la alteridad y a las marcas de la imposibilidad en el Otro.
            En el capítulo final de “El yo y el Ello”[xviii] titulado “Las Servidumbres del Yo” Freud describe el superyó como el monumento conmemorativo de la primera debilidad y dependencia del yo.
            Esta aseveración es desplegada en “El Malestar en la Cultura”[xix] al indicar que el sujeto acepta la renuncia impuesta por el superyó porque siente angustia ante la posibilidad de la pérdida del amor del Otro. Otro que no es ya la persona del padre o la madre eventualmente amados y que nos aman, sino aquel que conoce todas nuestras malas inclinaciones por más que las ocultemos. Es el superyó que juzga, castiga...y ordena gozar. Es decir, es un pasaje a partir del cual el sujeto siente angustia, no ya ante la eventual pérdida de los objetos de amor parentales, sino ante la pérdida del amor del superyó.
            Freud califica esta angustia de "angustia social" y la diferencia de la angustia de castración. Una vez que el sujeto acepta creer que está en manos del Otro la cifra de su ser, prefiere la propia castración a perder el amor del Otro. Además, a partir de la travesía edípica, otra consecuencia será que el amor queda ligado a la sobredeterminación del objeto en el fantasma. El sujeto se otorga un falso ser en el sentido fantasmático quedando ser y existencia confundidos.
            En “El Porvenir de una Ilusión”[xx] Freud ofrece a la civilización el psicoanálisis como la posibilidad de un tratamiento de la pulsión, de lo que no tiene cura, distinto del que imponen el superyó y la religión en su pretensión de anudar sentido y goce. Apunta a la posibilidad de un discurso que fuera más allá de sí mismo, más allá del padre que lo hace posible. Un discurso que no fuera del semblante, como propuso Lacan.
            Freud plantea de modo irónico el progreso de la civilización. Gracias al superyó, el sujeto no necesita al tirano que le impide satisfacer la pulsión porque éste ya está en él, ordenándole gozar…aunque sea a través de la renuncia o el exceso. Lacan introduce una vuelta de tuerca: donde hay prohibición y renuncia, hay un plus de goce que la interdicción no logra jamás integrar, metabolizar.
            El capitalismo contemporáneo se ha apropiado de esto y usa a su favor el vínculo estrecho entre el fantasma y el superyó como la posibilidad de usufructuar una nueva plusvalía. Usufructuar como plusvalía la satisfacción solitaria del sujeto en el fantasma. Freud inventa el psicoanálisis para dirigirse a ese elemento que la interdicción no logra resolver. Para él, el psicoanálisis es el lugar distinto que puede ofrecérsele a la civilización frente a la alianza superyó-pulsión, superyó-fantasma. Consideramos que éste es un aspecto crucial, tanto en la política del psicoanálisis, como en el psicoanálisis como factor de la política.
            En relación a esto, voy a remitirme una vez más a la cita anterior. Hay otra idea que Freud deja como apunte y no desarrolla más en el texto. Indica que, en cuanto a los adultos se refiere, la sociedad de nuestros días, subrayo nuestros días, se ve obligada a aceptar que su temor se refiere exclusivamente a la posibilidad de ser descubiertos y que de no ser así, se dedicarán a gozar regularmente del mal cuanto puedan; es decir, a satisfacer el imperativo del superyó y ello, precisamente, por la transformación del amor parental como función de soporte del amor del superyó. ¿Cómo no detectar aquí un antecedente del rechazo a la par de la imposibilidad y el amor que Lacan indicará como claves del discurso capitalista?
            Para Freud, la experiencia del análisis tiene que desembocar en un tipo de renuncia que no sea la que ejerce el superyó, debe permitir pasar del sentimiento de culpa a la responsabilidad de esa formulación diferente del deber al que llamó deseo. No se trata de una renuncia como merma, es el encuentro con la imposibilidad de un objeto que colme el deseo, con la ausencia de un sentido que otorgue la cifra del ser, del nombre propio. Consentir a este saber es una apertura, un acceso a la infinita diferencia. Esta experiencia da cuenta de una auténtica salida del Edipo, de haber alcanzado la mayoría de edad, tras haber consentido a perder el amor del superyó. Se trata de una moral no sobredeterminada por el ideal como su objeto predeterminado. Una ética, la del deseo, que, como él, es sin objeto, a diferencia de lo que ocurre con la fijación objetal pulsional.
            El lugar del padre simbólico, el padre de la ley y Dios padre, quedan a partir de estos planteamientos irremediablemente tocados. Efectivamente, desde Freud, se inscriben  las coordenadas para que lo simbólico no vuelva a ser lo que fue. Con Freud, comienza el trabajo arqueológico que dejará como saldo la tumba vacía del padre. Los usos que de ello haga el discurso capitalista no son ajenos para nosotros a la responsabilidad de sostener el acto oportuno al discurso del analista.
            Freud denomina hecho cultural a lo que Lacan llama discurso. Desde su perspectiva, el discurso es, fundamentalmente, una defensa contra el goce; únicamente aquel que produce, que tiene como efecto lo real, no sería del semblante. Lacan, aspiraba para el psicoanálisis a un discurso sin palabras. En cada análisis conducido hasta su final, hasta lo que llamamos pase clínico, ocurre la demostración singular de un acontecimiento harto extraño: cómo lo simbólico logró incidir sobre un real de goce, transformándolo. Llamamos a la transmisión de este acontecimiento testimonio, testimonio de pase,  porque se trata de una transmisión de lo que es imposible de decir, nombrar y representar; es la transmisión de lo que ha sido la experiencia de lo imposible, de lo real para un sujeto y el tratamiento que ha podido darle a esta experiencia, por fuera del sentido.










[i] Freud, S. (1980/1937) Análisis terminable e interminable, en Obras Completas, vol. XXIII, Buenos Aires: Amorrortu, p. 232.
[ii] Miller, J.A. (2011) L'être et l'un, notes du cours, inédito, cuarta sesión, 9 de febrero.
[iii] Miller, J.-A. Intervención en el Paris English Seminar, el 11 de mayo del 2009, sobre el tema: “When the cure stops...” Traducción del inglés al francés y establecimiento, de Marcel Eydoux, Pierre-Gilles Gueguen e Yves Vanderveken. No revisado por el autor. Publicado en Quarto nº 96.
[iv] Miller, J.-A. (2009) Conferencias porteñas, vol. 2, Buenos Aires: Paidós.
[v] Lacan, J. (2010/1963) De los Nombres del Padre, Buenos Aires: Paidós.
[vi] Lacan, J. (nota 112), p. 546.
[vii] Miller, J.-A. (2003) Un esfuerzo de poesía, Colofón, 25, 9
[viii] Lacan, J. (nota 84), p. 284.
[ix] Lacan, J. (nota 112), p. 545.
[x] Ibid.
[xi] Ibid., p. 552.
[xii] Ibid.
[xiii] Ibid., p. 546.
[xiv] Davidson, D. (1973) “Radical Interpretation”, Dialectica, 27: 314–28.
[xv] Miller, J.-A. (2012) “Presentación del tema del IX° Congreso de la AMP”, disponible en http://www.congresamp2014.com/es/template.php?file=Textos/Presentation-du-theme_Jacques-Alain-Miller.html, consultado el 15 de enero de 2015.
[xvi] Ibid.
[xvii] Lacan, J. (nota 112), p. 546.
[xviii] Freud, S. (1948/1923) “El Yo y el Ello”, En S. Freud, Obras Completas, I, Madrid: Biblioteca Nueva.
[xix] Freud, S. (1948/1929 [1930]) “El Malestar en la Cultura”, En S. Freud, Obras Completas, II, Madrid: Biblioteca Nueva.
[xx] Freud, S. (1948/1927) El Porvenir de una Ilusión, En S. Freud, Obras Completas, I, Madrid: Biblioteca Nueva.