3 de octubre de 2015

Gerardo Réquiz en Algunos usos y funciones de los objetos fuera del cuerpo.

        

Gerardo Réquiz




Algunos usos y funciones de los objetos fuera del cuerpo

Gerardo Réquiz


El seminario IV, La relación de objeto, traza coordenadas con las que podemos comenzar a indagar sobre la relación de los objetos de la cultura con el objeto como lo entiende el psicoanálisis de orientación lacaniana.

En su trabajo “El cuerpo y los objetos”, [1] Hebe Tizio llama la atención sobre una particularidad del objeto muy pertinente para el tema que nos interesa: su carácter cesible “que hace que se pueda reemplazar el objeto “natural” por un objeto mecánico. Esta propiedad del objeto lo pone en relación con la cadena de la fabricación humana de objetos que pueden ser equivalentes a los objetos naturales.”
Para esta afirmación Tizio se apoya en la siguiente cita del seminario La angustia de Lacan: La función del objeto cesible como pedazo separable vehicula primitivamente algo de la identidad del cuerpo, antecediendo en el cuerpo mismo en lo que respecta a la constitución del sujeto."[2] Y agrega: El  a inaugura el campo de la realización y, en adelante, conserva allí su privilegio, de modo que el sujeto en cuanto tal sólo se realiza en objetos que son de la misma serie que el a, ocupan el mismo lugar en esa matriz. Son siempre objetos cesibles, y son lo que desde hace mucho tiempo se llama las obras, con todo el sentido que tiene este término incluso en el campo de la teología moral”[3]
Sabemos que Lacan, para desarrollar el carácter cesible del objeto, se inspira en un aporte de Donald Winnicott a la dinámica de la relación de objeto, específicamente su propuesta sobre el objeto transicional. Refiere Lacan que ese “trocito” actúa como sostén del sujeto y al mismo tiempo instala la posibilidad de ser reemplazado por otros objetos. El objeto transicional ejerce ese sostén porque es a lo que se aferra el niño ante la angustia padecida por la pérdida del Otro primordial.
Este carácter cesible del objeto es también el que permite al analista encarnar al objeto causa del deseo de análisis. Función solo posible por la conexión entre el cuerpo y el objeto. Un trozo corporal, dice Lacan, que deviene consistencia lógica por la repercusión del significante sobre el cuerpo. Esto abre la posibilidad para que un objeto pueda causar el deseo de análisis.
El cuerpo no es del sujeto
Desde siempre la humanidad ha percibido que el cuerpo pertenece al Otro: a los dioses, a la hechicería, a los sacrificios, a los ideales. Más recientemente a la norma social, muy evidente en el período victoriano, con su influencia sobre Freud, quien nos entrega el cuerpo impactado por la pulsión.
El panorama cambia con el debilitamiento del Otro. Ahora vivimos invadidos por un discurso que transmite la ilusión de un cuerpo que sería potencialmente objetivable, con el cual nos identificamos y además creemos poseer a nuestro antojo.
Ahora bien, si no somos un cuerpo, como enuncia Lacan, ¿podemos decir que el sujeto lo tiene? Lacan así lo afirma pero deja lugar a la duda. Cuando liga el cuerpo al objeto a la afirmación se problematiza justamente por el límite que impone este objeto puesto que el cuerpo lo aloja y, de esta manera, ese objeto pasaría a ser del sujeto, lo que no es cierto.
En el seminario El sinthome Lacan precisa que el objeto a no es del sujeto como tampoco lo es su cuerpo: “el parletre adora su cuerpo porque cree que lo tiene. En realidad no lo tiene, pero su cuerpo es su única consistencia”[4]. Y luego refiere que el sujeto encuentra un soporte en el objeto: “no se disuelve en él, sino que se conforta con él”. “Ese objeto es “el suplente del sujeto”.[5] Esto alimenta la ilusión de que el sujeto posee al cuerpo.
Por otra parte, poner el cuerpo del lado del objeto a lleva a la pregunta sobre cómo alojarlo en el Otro. Asunto muy vigente porque ya no se trata sólo de su valor fálico, sino el de un objeto que puede devenir en un artefacto más.

Si el Otro no existe, lo que existe son los objetos, tal como indica Miller en los Signos del goce. El sujeto se las arregla para hacerlo existir mediante los objetos que le reintegra creyendo que son del Otro. Para ese fin no tiene que haber necesariamente una extracción previa del campo del Otro, como en el caso de la psicosis. Hoy la pregunta sería cómo los objetos de consumo intervienen en esta dinámica. Sin olvidar, por supuesto, que estos objetos reemplazables no son el objeto a
En todo caso, el problema reside, -a la vez que su posibilidad de esclarecimiento-, en que el objeto a, el Otro y el cuerpo, son extimos al sujeto. Miller toma en varios momentos el tema de la extimidad  para plantear que a lo extimo pertenece un elemento del mismo sujeto pero en esa posición particular de ex-sistencia. Sin saberlo el sujeto, particularmente el histérico, habla de ello en análisis. Para la ciencia no hace falta interrogar al sujeto sobre su cuerpo. Si Chracot hablaba por él desde el trastorno biológico, hoy la ciencia igualmente lo hace pero con nuevos recursos para intervenir, modificar y satisfacer al cuerpo. Lo que se promueve finalmente, y como ideal del momento, es la suposición de un sujeto idéntico a su cuerpo y que puede ser manipulado como un objeto más.
Otra particularidad muy interesante para la clínica analítica de nuestro tiempo es la indiferenciación de los sexos inducida por los objetos puesto que mujeres y hombres gozan de la misma manera con los ipads, ipods, teléfonos inteligentes, etc.
Es notable como el mundo contemporáneo se las arregla para dar universalidad a los objetos con sus diversas promesas de satisfacción. Sin embargo, no hay que pasar por alto que la pretensión de “reducir la hiancia entre el objeto perdido y los de goce que ofrece el mundo es una utopía que retorna en nuestra época”, como recordaba Eric Laurent en Río de Janeiro en el ENAPOL, 2011. Esta utopía es una ventaja a favor de la práctica analítica.
Ser poseídos o poseer los objetos de consumo

¿Realmente poseemos esos artefactos o ellos nos poseen a nosotros? La indudable utilidad que ofrecen para manejarnos en la vida moderna es evidente, pero no se detiene allí. Con ella viene aparejada una promesa de satisfacción en cada nueva versión supuestamente mejorada de lo mismo. La satisfacción que esperamos de esos objetos insustituibles nos muestra su cara menos visible. Una cara con un matiz verdaderamente Unhemlich cuando, como es el caso, la pulsión atrapa los objetos. Adquieren así un carácter adictivo. No es arriesgado afirmar que a fin de cuentas el poseído es el sujeto.

Hoy la existencia no se plantea como problema. Ya no se habla del dolor de existir, ni de la angustia existencial, ni se apela de la misma manera a la identificación con ideales para dar un sentido a la vida y definir una identidad. Ahora alrededor de un objeto se cristalizan identidades fugaces. Como nunca antes los objetos se prestan a esta función. Esta búsqueda de identidad a partir de una identificación a lo que satisface es el nuevo reinado de la pulsión.

Por los numerosos escritos de analistas del Campo freudiano que se interesan por las manifestaciones del malestar en la civilización actual sabemos que, si nos mantenemos atentos al impacto sobre la clínica de las formas que va tomando el malestar en nuestros días y, en tanto la práctica analítica apunta a la extracción del objeto de goce del campo del Otro, para decirlo de manera breve, los analista tenemos por delante retos inéditos. 

Anudamiento con objetos
Hay casos donde un objeto exterior es el único recurso a la mano para organizar el mundo y relacionarse con él. Esta suerte de suplencia es precaria pero sin duda útil para el sujeto. Un famoso caso de autismo ilustra el punto.
El caso Joey, “el niño maquina” reseñado por Bruno Betthelheim en su libro La fortaleza Vacía[6], nos proporciona el ejemplo de las maniobras aún vigentes, de un autista que hace uso de un objeto para organizar un cuerpo rudimentario, dando continente a sus órganos y estableciendo una frontera entre el adentro y el afuera. “Joey era una criatura frágil de 9 años, parecía todo ojos en un cuerpo lamentablemente minúsculo, unos ojos tristes y oscuros mirando el vacío y la nada. Cuando hacía algo parecía por control remoto, un hombre mecánico movido por maquinas…un cuerpo humano que opera como una máquina que ejecuta funciones humanas.” En esta descripción de Bettelheim se destaca, no solo la vinculación del Joey con el mundo a través de una máquina, sino una identificación del sujeto a esa máquina, lo cual  nos orienta hacia el arreglo sintomático que este sujeto organiza para conectarse con el mundo.
Las máquinas de Joey tenían atributos humanos, podían sangrar y reaccionar. Las llevaba encima todo el tiempo, de allí el seudónimo de niño máquina. Eran eléctricas y podían “enchufarse” para cargarse de energía y realizar funciones vitales. Para respirar necesitaba un carburador y para la digestión un tubo de escape. Debía enchufarse a la máquina al lado de su cama a la hora de dormir. Es, sin duda, una máquina viva, no un aditamento inerte del cuerpo.
Son notables los esfuerzos de este sujeto para construirse un cuerpo y establecer funciones. Del objeto que es para el mundo logra extraer, por medio de la maquina a la que se “enchufa”, una dinámica entre máquinas, con significantes que organizan diferencias y establecen cierto orden. Así, con el apoyo de Bettelheim, Joey hace surgir significantes que conecta dando algún sentido. Poco a poco va produciendo un objeto que atrapa el goce y con el cual pone cierta distancia al goce invasivo.
Entonces, siguiendo a Dominique y Gerard Miller, en su revisión del caso en 1984[7], podemos decir que la máquina es un objeto que Joey convierte en su síntoma, o quizás sería más apropiado decir, que lo convierte a él en síntoma. Con funciones de suplencia establece un borde que opera como superficie corporal aunque de forma distinta al borde que efectúa la extracción del objeto, y con funciones de representación ante el Otro: desenchufado no existía como humano, enchufado existía como máquina. Es un síntoma que condensa goce, identifica al sujeto y al mismo tiempo anuda algo de su realidad psíquica.
En la paranoia, la melancolía, la manía, la esquizofrenia existe el lenguaje y eso nos indica que el sujeto cuenta con algo para lidiar con el goce. El analista con una escucha adecuada lo encuentra en los dichos del paciente. Pero en el autista, que no da señales de ningún abrochamiento entre el goce y el significante, este límite no parece existir. Esto hace casi imposible la entrada del Otro.
Un aporte importante de Eric Laurent en su texto Los espectros del autismo,   introduce es este punto una posibilidad para el tratamiento del autismo.
Laurent habla del encapsulamiento” en que se encuentra el autista y con el cual se protege, se sostiene y al mismo tiempo funge de cuerpo del sujeto. Lo llama neo-borde. Si este neo-borde se desplaza, “se afloja” un poco, nos dice Laurent, es posible una entrada para el analista que tiene la oportunidad de poner “en juego la extracción de un objeto que forma parte de ese borde” [8] Y con ello la aparición de algún significante que vendría a nombrar algo de lo que allí ocurre.
Con esta indicación se aprecia nuevamente que en la cura, sin importar de qué sujeto se trate, la cesión del objeto debe estar siempre en el horizonte.  
Lo contemporáneo no va muy de acuerdo con la cesión del objeto de la pulsión, basta mirar el auge de las adicciones de todo tipo que existen en el mundo.
Ya es un hecho que, sin llegar al extremo del niño máquina, el discurso reinante está produciendo una versión inédita y masiva del hombre máquina mediante la amalgama entre los objetos y la pulsión que cohabita en los artefactos para todo uso y funciones que pone a nuestra disposición.






[1]Hebe Tizio, El cuerpo y los objetos (Texto presentado en el Espacio "Los objetos (a) en la experiencia analítica" el 16 de enero de 2007), en página web de la AMP, Papers 06/08 - N° 2 - Junio 2007
[2] Lacan Jacques, Libro 10, La angustia,  Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 339
[3] ídem, p.342
[4] Lacan, J. Libro 23, Joyce el síntoma, Paidós, Buenos Aires, 2006, p.147
[5] ídem
[6] Bettelheim, Bruno, The Empty Fortress: Infantile Autism and the Birth of the Self, The Free Press, New York, 1967
[7] Dominique y Gerard Miller, “El niño máquina”, Analítica 5, ECFC, Caracas 1984
[8] Laurent, Eric, Freudiana 64. Buenos Aires, 2012, p. 57