7 de agosto de 2015

León Febres-Cordero -Caracas Venezuela-Bio- Minificciones- Bio.

León Febres-Cordero


León Febres-Cordero (Caracas, 1954) tras licenciarse en Caracas, estudió la caracterización del mal en Londres, Zurich, Barcelona y Valladolid, donde se doctora. A partir del estreno en 1999 de El último minotauro, sus obras se han representado en escenarios de Venezuela, Europa y Estados Unidos, donde ha dictado conferencias y seminarios sobre el tema de la tragedia. Ha publicado Penteo, un volumen con seis obras de teatro (Monte Ávila, 2003), En torno a la tragedia y otros ensayos (Verbum, 2010), Teatro (Verbum, 2010), Siete seminarios (Verbum, 2011) y Textos sedientos y otros relatos (Verbum, 2012). Reside en París.



Textos sedientos
León Febres-Cordero

A Juan Antonio González-Iglesias                                                                                              ancient amongst the ancients
                                                                                                                                                   
Ellos te preguntarán, con sagaz discernimiento,
por qué investigas las tinieblas del Hades sombrío.
Di: «Hijo de la Tierra soy y del Cielo estrellado;
de sed estoy seco y me muero.
Dadme, pues, enseguida a beber agua fresca
de la laguna de Mnemósine».

Laminilla de Hiponio, 400 a.C

 


 

Prefacio


Debo decirle al lector que los textos que sostiene entre sus manos no los he escrito yo. No son, por consiguiente, el resultado de tramas o argumentos que fueron forjándose en mi mente producto de mi imaginación, o de mi fantasía.
No sé lo que son estos textos. No sé qué quieren decir, si es que quieren decir algo, ni cuál es su sentido oculto, si es que tienen alguno. Ellos se me fueron apareciendo uno a uno, día tras día, diciéndoseme serenamente, y mi esfuerzo, que no podía sino ser ínfimo, se limitó a escucharlos con atención y a transcribirlos con fidelidad.
Aunque algunos tienen un cierto ritmo, una velada música, lo que pareciera prevalecer en ellos es el trato que propician con lo desconocido, de donde intuyo que oscuramente provienen.

L.F-C
Flassaders, septiembre de 2002

Cruzar



 


Tras haber estado vagando por encharcadas planicies, temeroso de caer en el lodo y mancillarme, arribé al fin a una primera encrucijada. Al ver cómo se bifurcaba en caminos contrarios a los que no atinaba a encontrar sentido y dirección, sentí que me mareaba y que perdía las pocas fuerzas que aún me mantenían en pie. Entonces, cuando estaba a punto de caer de boca sobre el lodo oprobioso, recordé las palabras de Sócrates en el Fedón que hacen referencia a las muchas ramificaciones y encrucijadas que tiene el camino al Hades. Esas palabras impidieron que terminara de caerme, pues aquello significaba que no había perdido del todo la memoria que había tenido en vida. «Es cierto que el camino a la bien construida mansión es tortuoso y difícil de seguir», me dije y ello me animó. Me detuve a contemplar la que era mi primera encrucijada. Los caminos no seguían una línea recta sino que se volvían sobre sí mismos, como los largos tubos que me encontré apenas llegado a la planicie y que, entrelazados, se separaban para succionar la poca sangre que traíamos las almas. Entonces observé hacia el lado de una de las bifurcaciones una agrietada gruta de barro cocido. Era una abertura informe, pero se me asemejó a uno de esos templitos que a veces encontramos al borde de las carreteras. Quizá por eso me llamó la atención y me quedé mirándola. De su interior surgió la imperiosa voz de una mujer que, como un canto, me ordenó: «¡Cruza!», «¡Cruza!». Era una voz rubia, ensortijada, sinuosa, fresca. Levanté un pie y una mezcla de terror y de fatiga me lo detuvo en el aire. «¡Cruza!, ¡Cruza!», seguía entonando la voz que provenía del fondo de aquella tosca abertura. «No puedo cruzar», dije en voz alta. «Aún no me siento con las fuerzas suficientes para tomar uno de los tantos caminos». Entonces la voz me respondió: «Cruza y verás que si tomas uno de los más despejados, te llevará hacia bosques tupidos en los que te hundirás y de los que te costará desenmarañarte; y si tomas uno de los más turbios, tras mucho andar te regresará a donde estás. Ciertamente no es fácil el camino al Hades puesto que sus vías son tortuosas, pero has de cruzar para empezar a perderte». Cuando escuché aquellas desalentadoras y desconcertantes palabras sentí que no había llegado hasta allí para quedarme con el pie alzado, indefinidamente, privándome de mi último destino. Y crucé.

Flassaders, 6 de septiembre de 2002


Solo






¡Y yo que me pensé que había llegado a saber lo que era estar solo mientras gocé de vida! ¡Qué presunción! ¡Qué fatua vanidad! En vida no se está solo nunca. La luz del sol, el ruido del viento, el vuelo rasante de las palomas sobre mi balcón, sus sonidos guturales insoportables, los críos en la plaza chillando el día entero, la cálida melodía de un lejano saxofón, el pan, el agua fría cuando despertamos sedientos de madrugada, el movimiento sereno y pomposo de las nubes sobre el cielo, el ladrido de los perros, el constante batir de las olas que, aunque no se escuchen desde aquí, se las sabe cayendo unas sobre las otras; los temores, el dolor que súbitamente nos trae al cuerpo, los sueños, el silencio... no, ahora caigo en cuenta de que jamás estuve solo mientras tuve vida. Ahora que estoy muerto y que muero de sed en busca de la fuente de la muerte absoluta, es que he empezado a tener siquiera un pregusto de la verdadera soledad. Sé que he de atravesar incontables y engañosas encrucijadas para llegar al Hades, pero al andar siento que no avanzo ni en una dirección ni en otra, sino que persevero en una secreta y sagrada exigencia, como quien cumple fielmente con un ritual que no llegará a entender jamás. Sé que mi destino último está más allá de unos guardianes que se aproximarán para hacerme una pregunta que decidirá mi suerte, pero no siento ni que voy en su búsqueda ni que ellos vienen hacia mí sino que nos vamos alejando de lo inesencial, depurándonos al despojarnos de toda certeza y de toda perplejidad. Y así, poco a poco, he ido sintiendo lo que es no ya «estar» solo, que es un eufemismo, sino ser lo solo. Lo solo íntegro, sin otro apoyo que una débil memoria que se va apagando como la mortecina luz de una parpadeante velita. Paradójicamente, sin embargo, aproximarse a lo solo en su máxima plenitud es, también, llegar a percibir muy de cerca la serena compañía del dios. Ello lo supe al empezar a caer en cuenta de estas cosas, cuando como un torrente se precipitó sobre mí el inmenso caudal de una emoción que no hallaba cómo recibir, pues carecía de cuerpo con qué hacerlo. Entonces recordé el encuentro entre Agamenón y Menelao en la tragedia Ifigenia, cuando ambos hermanos, tras acusarse mutuamente de sus infortunios, se abrazan llorando al comprender que el infortunio era precisamente lo que los unía; y sentí una lástima tan grande que creí echarme a llorar, cuando lo que me había vuelto era un río de llanto desbordado que anegaba las borrosas encrucijadas. En lo que cesó el torrente que me impelía, se me hizo patente la serena y mayestática presencia del dios, de Dionisos. Escuché que me decían: «Esa emoción que en vida te transmitió Eurípides, ese llanto arrollador en que aquí te has vuelto, es Dionisos. Dionisos, que también es Hades». En ese momento me encontré de bruces con lo solo. «No debo estar tan lejos de la bien construida mansión si me acompaña su señor», me dije, y continué perdiéndome.

Flassaders, 8 de septiembre de 2002     














Sed






Cruzadas ya incontables encrucijadas, atrás habían quedado las encharcadas planicies donde se amontonaban multitudes de almas enfangadas que chirriaban esperando la llegada del barquero Caronte. Todo ello parece ahora tan distante, tan improbable de que haya acontecido alguna vez. Las dificultades aquí han sido muchas, tantas y tan exigentes que sé que sólo las he podido sobrellevar gracias a la presencia del dios, pues es él quien con mi humillación las vence. Y la sed, que me ha vuelto de finísimo papel el paladar y la boca. La abro y la cierro con sumo cuidado temeroso de rasgarla, para que, llegado el momento de beber del agua fría, no se filtre como en un colador y me prive de sus gotas. He perseverado sin saber si alcanzaría o no la fuente, olvidándola por largos trechos en los que no cesaba de perseverar, hasta que aparecieron los guardianes. Apostados sobre una pequeña colina, arquearon sus brillantes ojos hacia mí y me hicieron la pregunta, la cual contesté. Entonces me indicaron el camino hacia la derecha: «Por esa senda llegarás a la laguna de Mnemósine. Bebe de su agua muy lentamente, sin avidez. Que entre en tu alma más despacio que entra la sangre en el cuerpo». Me atreví a preguntar a uno de ellos cómo no había tropezado con otra alma en el larguísimo y entreverado camino, y me dijo que Caronte ya no llevaba en su barca a las almas que se amontonaban del otro lado del Aqueronte. «Son órdenes de la reina, que está hastiada de la imbecilidad de los hombres», contestó. Pregunté al otro guardián si tras beber el agua de la fuente al fin moriría enteramente, y me contestó que eso estaba en manos de la diosa. Pensé maravillado: «¡La potestad está en la hija, en la arrebatada a su madre, en la que ya nunca volverá a ser la misma!». Quise hacer una tercera pregunta, pero se habían alejado ya de mí. Dirigí mis pasos en la dirección que me indicaron y llegué a la laguna del agua fría y comencé a beber con sumo cuidado. Me pareció haber estado bebiendo durante tanto tiempo como la mitad de mi viaje, pues no sorbía a la fuerza el agua sino que dejaba que ella me penetrara serenamente, y no fue sino mucho tiempo después de estar echado que sentí sobre mis labios el frescor de las primeras gotas. Tras saciar mi sed, aún de hinojos, dije en voz alta: «No quiero volver a ser el que fui, ni volver a hacer las cosas que en vida hice, ni volver a amar a quienes amé, ni volver a anhelar lo que una vez anhelé. No quiero ser otro. Quiero morir enteramente». Fue entonces que sentí su terrible presencia. Me alcé y ante mí se erguía colosal su alta sandalia. Estaba sentada y en sus manos sostenía una granada de plata entreabierta, brillante los rojos granos. La reconocí de inmediato. «Perséfone, reina del inframundo, concédeme morir del todo», le rogué. Ella dirigió hacia un lado la cabeza, como si no fuera a hablar conmigo. De pronto me dijo: «Has caminado hasta aquí en presencia de mi señor. Pídeselo a él». Recordé a Homero, y elevando suplicante el brazo derecho en dirección a su rodilla le volví a rogar: «Sólo tú, señora, sólo tú, reina subterránea, puedes concederme el favor que te pido. Tú, la hija, la arrebatada a su madre, la que nunca volverá a ser la misma». Al decirle estas palabras tornó el rostro y sonrió. Luego comenzó a reír de buena gana. Tomó entonces unos granos de la granada que sostenía entre sus manos y alcanzándomelos me dijo: «Toma. Cómete estos granos y ríe tu también». Me los comí uno por uno y estuvimos riéndonos un largo rato. Y la risa hizo retumbar las paredes de la bien construida mansión del Hades.

 
Flassaders, 11 de septiembre de 2002