7 de agosto de 2015

Leo Mercado- Salta Argentina- Minificciones para Chicos.

Leo Mercado


Un recreo

Desajustar la corbata. Liberar la camisa de la cintura. Abandonar el sutil oficio de licenciado en excavaciones, de doctor en historias inventadas, de experto en quién sabe qué; de inútil cuentacuentista. Abrir la ventana de palmo a palmo, ignorando los cinco pisos de altura. Cruzar un pie primero, ciñéndome al marco con ambas manos, para ayudar a mi cuerpo a cruzar el umbral. Pasar luego la pierna restante, para saberme por fin del otro lado, buscando al conejo.


Croquis inaugural

Daniel M. pasó más de treinta años dibujando casas en su tablero. Él les delineaba personitas dentro, con lápiz, para que los censuradores de la planificación urbana no sospecharan. Entonces, antes de la entrega, las borraba lenta y pausadamente. Menos una cara, menos una pierna, menos un vestido, las paredes quedaban despobladas.
Un día, Daniel M., cansado de tanta casa vacía, de tanta cosa, decidió dibujar una distinta, con colores, con risas, con ventanas, con abrazos. Y las personitas que habitaron el plano fueron de tinta. Y fueron siete. Y fuimos nosotros.
Desde entonces, Daniel M. ya no dibuja casas, ahora dibuja hogares.




Casualidades
Ella nació en Almería, él en Jaén. Y vamos a decir que, teniendo en cuenta las dimensiones de la geografía terrestre y la estrategia literaria, Almería y Jaén están relativamente cerca.
El caso es que Petronila y Arsenio cruzarían el océano, siendo muy chicos, allá por la segunda década del siglo veinte, cada uno con su familia; y se instalarían, por un azar que sólo la casualidad presume, en El Carril, una pequeña población tabacalera del Valle de Lerma, en Salta.
Y tardarían algunos años en conocerse, en descubrirse vecinos en el nuevo y en el viejo mundo, en enamorarse, en convertirse en mis bisabuelos.

Historia de amor con final feliz
No sé si fue el sombrero de paja (aunque en realidad tampoco estoy seguro si era de paja) o tu sonrisa de costado. No sé si fue el fortuito hecho de cruzarnos, los dos algo descalzos, en el calor de ese verano. Sé que llovía, y que el agua rebotaba en el techo con la tenacidad de una araña tejiendo su infinita paciencia de artrópodo. Ignoro si vos esperabas algo. Yo pretendía, solamente, ajustar a fuerza de aceite y voluntad, las arandelas de un poema que hasta ahí, me parecía imposible o infinito.
Rememorar, con el lujo que propone el detalle, la suma de acontecimientos que se sucedieron, sería una tarea propia de la ciencia histórica. Lo que quiero decir sencillamente, es que me fui, y que en el camino quedaron Madrid, Estambul, Bombay, La Paz o Cuzco; que te llevé donde estuve, y que vivimos, cada cual en su universo, treinta y pico de años, sin vernos. Que en el Alexander Platz de Roma contuve un segundo mi maldita obsesión por corregir hasta la forma que adopta la borra de café de mi pocillo, para abandonar por primera vez un poema que era un verdadero fiasco, y alzar la vista y verte, parada frente a mí, con los ojos llenos de lágrimas y un sombrero (ahora sí lo confirmo) de paja.



Humedad
La pared es plana y blanca. La mancha de humedad del rincón es un prolongado hilo oscuro, continuo. No sé dónde comienza ni dónde termina. Si lo miro fijamente la vista se centra en él, tornándose borrosa, poco a poco, hasta desaparecer; pero si pestañeo, el hilo es en realidad un feroz león que se me abalanza y me devo…