13 de agosto de 2015

Juan Manuel Montes- Minificciones - Mendoza Argentina

Juan Manuel Montes


El plan


            Había salido temprano, como de costumbre. A las nueve debía asistir a la reunión de departamento; a las doce, ir al almuerzo con la mesa ejecutiva y a las dieciséis hacer un informe de los temas tratados.
            El motor del auto se detuvo junto a su agenda. Los de la grúa le dijeron que tardarían unas tres horas en remolcarlo pero que ellos no hacían mecánica. Recordó que el padre de un amigo tenía un tallercito, en el barrio de la infancia.
            A las nueve escuchó en la radio ese tema, que en su adolescencia decía que era su tema, y que hoy sentían lejano y ajeno.
            A las doce, lo remolcaban hacia un lugar que quizá ya no existía, pero a comparación de él, el barrio no había cambiado mucho. El mecánico era su viejo amigo, con menos pelo y más panza. El padre había muerto hacía cinco años. Una simple correa de sesenta pesos deshizo su perfecto plan.
            El informe de las dieciséis fue suplantado por cuatro cervezas y un centenar de “¿Te-acordás-de?”.      
            A pesar de todo fue su mejor día en años, ya que la vida y la memoria, están hechas de excepciones. 



Licaón


            Luego de ser mordido por el rayo de Júpiter, Licaón vagó por las edades del mundo. En el callejón de un molino conoció a Plauto, quien lo trató como a un igual y lo alimentó por muchos años hasta que el lobo mordió la mano de su amo. Luego huyó de la gran ciudad de la loba, hasta que, con su sonrisa lupina, vio caer al propio Júpiter de su monte para asistir al culto en donde los hombres devoran a su propio dios.
            Le relató sus milenarias historias a los hermanos Grimm e hizo catarsis con Hobbes.
            Hoy vive en una mansión de Malibú y al finalizar todos los viernes negros, la filosofía capitalista le agradece sus consejos estrechándole la pata. 



Violencia de género


            Un hijo cansado de la comida desabrida e insulsa que su madre le daba, la pateó con todas sus fuerzas. Ella cerró los ojos al recibir el dolor pero no supo cómo reaccionar, jamás le había devuelto el golpe a su hijo, y además no sabía cómo hacerlo. Él, al sentir la impasibilidad de ella y ya víctima de la cólera, la pateó nuevamente, esta vez a la altura de los riñones. Ella respiró profundo e intentó calmarse, luego comenzó a cantar despacio. Él, también se calmó, se acomodó dentro del útero y se quedó dormido.