23 de junio de 2015

Eduardo Contreras Villablanca - Chillán Chile- Mificciones- Bio.

Eduardo Contreras


Bio
Eduardo Contreras Villablanca, nació en 1964 en Chillán. Es Ingeniero Civil Industrial, MBA y Doctor. Académico de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile desde 1996.

Miembro del Taller Literario de Poli Délano desde el año 2007.

Textos literarios publicados:
Cuento “Pet Staff” publicado en la edición de marzo de 2005 de la revista Pluma y Pincel.
Libro “Don´t Disturb: Crónica de un encuentro en Cartagena de Indias” publicado el 2005 por Mago Editores.
Cuento “La novela premiada” Publicado en la antología “Plaza Italia” de Mago Editores. 2006.
Microcuentos del género negro publicados en la web de Letras de Chile http://www.letrasdechile.cl/Joomla/index.php/genero-negro/1905-1905.  (2011)
Microcuento “Imágenes” en la Antología “Basta! Más de 100 hombres contra la violencia de género” Editorial Asterion (2012).
Microcuento “Mariana” publicado en la Antología “Basta! Más de 100 contra el abuso infantil” Editorial Asterion (2012).
Cuento “El mate soñado” publicado en el libro Memoria, Participación, Democracia. INDH. Museo de la Memoria. (2013)
Microcuentos  “L’Alibi”, “Andrea” y “Fission Nucléarie”, traducidos al francés y publicados en el libro digital “Lectures du Chili” (2014) http://fr.calameo.com/read/0026177997fd2c84147d5


Minificciones

CAYENDO EN LAS ENTRAÑAS
Pienso en las muertes que me desgarraron en los años oscuros. Y en tantas otras muertes. Víctimas caídas bajo sus zarpazos en  otras latitudes, malas noticias que me han ido llegando desde que tengo recuerdo hasta hoy. Y ahora estoy cada vez más cerca del demiurgo, ya no  puedo evitar llegar al origen de los desastres. Recuerdo esas pesadillas en las que trato de escapar de algo ignoto y amorfo, pero en el sueño me empantano y me abandonan las fuerzas. Siento un escalofrío, como si estuviera desarmado frente a una bestia hambrienta. Me calmo un poco, esto es un inicio, vamos a terminar con el mal de raíz. Entonces veo sus primeras formas mientras me sigo aproximando, una mole de cemento y vidrio. Escucho los gritos de los pasajeros y enderezo el rumbo del avión hacia el objetivo. No tuve más alternativa que venir, era mi deber.
LA COARTADA.
Finalmente había una ventaja en  ser el músico a cargo del gong en la Orquesta. Dionel llevaba años soportando burlas de su mujer y sus amigos. “Pareces un monigote parado ahí casi dos horas para pegarle un par de veces al instrumento”. Luego ella agudizaba la crítica “Bueno para nada, ¿no eres capaz de buscarte otro empleo” y otras lindezas que se fueron volviendo insoportables.
El día de la gala de cierre de temporada, partieron con Schumann. La segunda pieza era de Stravinsky, no incluía gong y duraba casi una hora. Fue suficiente para salir del teatro, tomar el Metro, y llegar al gimnasio justo a la hora en que ella salía hacia la casa. En esa calle oscura su mujer no alcanzó a reconocer el hombre que la apuñalaba. Dionel se fue corriendo con su bolso, en el camino sacó la billetera, la guardó y tiró el resto al río.
De vuelta en el teatro tuvo diez minutos del intermedio para acomodarse el traje y repasar la  “Marche Lúgubre” de François-Joseph Gossec, con la que cerraban la función.
EL AVIÓN
El niño miró la estructura metálica, “así de grandes son los aviones”. Era la  primera vez que iba a volar. Su pensamiento fue interrumpido por el pinchazo del fusil en su espalda, uno de los militares que se apostaban a ambos lados del pasillo, lo conminaba a acelerar el paso hacia la nave. Fugazmente divisó a sus abuelos y a la tía que lo miraban desde lejos, detrás de la barrera de uniformados. Atrás quedaba también el padre detenido. Se aferró a la mano de su madre. Más de tres décadas después, de regreso en Santiago, ha logrado reconciliarse con los aviones, pero sólo con ellos.