9 de febrero de 2015

Nicolás Cerruti Cuidado con la Música ...y entonces escribí...

Nicolás Cerruti


Prólogo

 

Fue hace veinte años. El estadio lleno. Sentado al piano un hombre entona una canción cuya letra comienza con la interjección Hey, seguida de un nombre que suena como de mujer. El estadio se transforma en una suerte de templo, coro griego, anfiteatro atemporal. Rememoración. La adolescencia se me viene encima, mi primer amor, la dictadura, la lucha política, la secundaria, el debut sexual. En el escenario el hombre continúa, me está cantando mi vida en esas pocas letras, me está contando mi vida en esa melodía. Y sin embargo, es algo más que la rememoración. Nadie me lo había dicho, nadie me había advertido que esa voz se me iba a incrustar en el cuerpo, que lo iba a exceder, nadie me había dicho: ¡Cuidado con la música!
De todas formas, hubiera sido inútil. Porque allí donde el tiempo cesa de no demorarse, la herida se hace síncopa de existencia. Me enfermo de amor, de muerte y de vida. El Otro insiste, sigue tocando. Es un llamado: Hey. Ya es tarde, siempre será tarde para no escuchar, lo inaudito nos precede tanto como el olvido. Y allí donde ya es tarde para no escuchar está el cuerpo: lo que Lacan llama lalengua. Quizás por eso, tras enfatizar que el hombre no es tan solo la mano que escribe, el psicoanalista nos aconseja pensar con los pies. Esto es: lo que viene con el ritmo, la repetición, eso que se mueve más allá de la historia, las palabras, el sentido y la moral: el síntoma como los puntos suspensivos de una nota al pie, lo que se reitera como diferencia absoluta: Hey Jude; eiyut; heillud; jeiyub…
“¿Será el inglés mi lengua materna, que canta en mí tanto como la rechazo? ¿Sabrá el Imperio esta forma de domeñar los goces?” se interroga Nicolás Cerruti. Aunque sin quitarle méritos, claro, a His Majesty the Baby, porque lo que comanda en el sujeto es la infancia en el cuerpo: “los ecos en el cuerpo de un decir”. Porque este libro se mete con la palabra del fin de la palabra, esos sonidos que –tal como en “El Grito” de Munch– te hacen escuchar el silencio. Es un libro que danza, un contrapunto sincopado en torno a un desencuentro esencial. Dice el autor que “La verdad no se dice, se canta, y por eso ya no hay La verdad”, tras lo cual se pregunta: “¿Cada vez que Nietzsche hable de canción, habrá allí algo nuevo?”. Así, el trazo de Cerruti dibuja ritornellos en los que lo mismo se hace novedad con cada cita y pregunta.
Es que hay notas vibrantes en el texto, muchas. Entre ellas una de Fischerman, a propósito de la cual Nicolás concluye: “la música del siglo XX es aquella que se presenta como posibilidad de no serlo”, apreciación que sintoniza la cuerda más fina y sensible del psicoanálisis: me refiero al trauma: eso que no cesa de no escribirse, lo que no cesa de no suceder. Allí donde la presencia del analista solo vale para testimoniar –abstinencia mediante– que la causa está perdida, Nicolás interroga: “¿La música como lo que repitiéndose siempre está yéndose? ¿Lo que no permite la unidad?”. El analista trauma, el que escucha lalengua, es poeta, está entre centro y ausencia, como Freud. Es que:

El poeta es un pez, mira las estrellas sin saber que está mojado
Los recuerdos le enseñaron la manera de escribir olvidando

Y para escribir olvidando hay que equivocar la lengua, escuchar la homofonía, servirse de la agudeza, otorgar a la palabra su valor de síncopa: eso que está en el lugar de algo que no fue y que no cesa de no suceder. Sí, como el síntoma. No en vano, en su seminario dedicado a la poesía, Lacan desliza que “la verdad –sea dicha– está en el tono”.
Se trata entonces de una verdad estética, como dice Nicolás, quien primero cita para luego lanzar una pregunta que nos sorprende: “Es Hölderlin quien pone a uno de sus poemas «Mnemosyne», memoria, y Heidegger quien afirma: «El recuerdo de lo que ha de pensarse es la fuente originaria de la poesía». ¿La música puede ser poesía?”.
Dice Lacan que el psicoanálisis no llega a lo bello, apenas hasta el chiste. Y el ex Les Luthier Ernesto Acher contaba que un redoble de batería y un orgasmo se parecen en que, si bien a ambos se los ve venir, ya no hay nada que hacer para detenerlos. El secreto del chiste es la sorpresa y es aquí donde filosofía, psicoanálisis y música encuentran una vertiente común en la contingencia.
Por algo, en Todas las mañanas del mundo, aquella película en cuyo guión trabajó Pascal Quignard, el maestro de viola da gamba le revela a su discípulo el secreto de la música: la sorpresa. Y me animaría a decir que la sorpresa es la llave para hacer escuchar el silencio. “el vagido de la llamada a lo real”, que siempre, según Lacan, “no es eso”: la nota que te des-encanta porque allí no era y no deja de no ser. Se trata de una verdad estética al servicio de una ética que no es la de la previsible buena forma, sino la de la contingencia: “Un acorde disonante se metió en mi corazón”, dijo un día León Gieco, que desde ese momento, no dejó de cantar.
No en vano, la belleza es el último grado antes de lo terrible decía Rilke, que estuvo en el mismo lugar que Nietzsche: me refiero a Lou Andreas-Salomé, si por un instante aceptamos que lo femenino es un lugar. Ese mismo por donde un hombre pasa –y fracasa– cada vez que habla: un síntoma, la marca de lo insondable, “el pez en el agua de su lenguaje”.
¿Es Nietzsche un síntoma para Nicolás Cerruti? Según el autor, se trata de una enfermedad que animó la redacción de este libro. Sospecho también que es un amor, algo similar al que Antonio Tabucchi profesó durante años por Fernando Pessoa. Por lo pronto, en este libro –que es una sorpresa, por sus silencios, su desparpajo, sus preguntas, su erudición y sus notas–, Nicolás ensaya un saber hacer allí con la síncopa.
¡Cuidado con la música!, entonces, no es una advertencia, sino la repetición que hace escuchar lo insondable, allí donde sólo cantan los ecos que el lenguaje dejó en el cuerpo.

Sergio Zabalza
Enero 2014