17 de febrero de 2015

Jacques-Alain Miller / Idea sobre la historia de Francia.


 
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Jacques-Alain Miller / Idea sobre la historia de Francia.

La ley Gouvion-Saint-Cyr del 10 de marzo de 1818 fijó la doctrina francesa de la conscripción por medio siglo.
Ella conservó el sorteo de los conscriptos, instituido por el Emperador, y sistematizó la práctica de sustitución. Cuando usted había sacado un “mal número” que lo enviaba a la armada de activo, podía presentar a alguien que quisiera, contra retribución, efectuar el servicio en su lugar.
Sigo aquí las indicaciones de Francis Choisel en su artículo de la Revue historique des armées (Revista histórica de los ejércitos), n°2, 1981, “Du tirage au sort au service universal” (“El sorteo en el servicio universal”).
Hizo falta nada menos que la derrota de 1870 para que Francia se sumara al servicio militar personal, universal y obligatorio, practicado en Prusia. Hizo falta también “el impacto de la derrota para que el país se diera cuenta de la necesidad del esfuerzo que había negado hasta allí, y la acción de educación patriótica de la Tercera República a través de la escuela primaria y la literatura en particular –para operar un cambio en las mentalidades y los comportamientos”.
El inmovilismo apasionado, a la vez testarudo, refunfuñón y miope, de las “gentes honestas” desde la Revolución hace que en Francia la rueda de la historia política solo avance a golpes de catástrofes. Si no, imposible mover a los franceses.
Waterloo desemboca en la Restauración. Es la supresión autoritaria de la libertad de prensa la que es causa inmediata de las Tres Gloriosas, seguidas por la instauración de la Monarquía de Julio. Es la interdicción gubernamental de un “banquete” la que suscita la insurrección parisina de febrero de 1848; de ahí, el tiroteo del boulevard des Capucines; de ahí, la partida al exilio del monarca que se oponía a la solución de fuerza; de ahí, el pasaje a la Segunda República. Ese régimen breve pero intenso, descripto en La educación sentimental de Flaubert, lleva a su cima a un Bonaparte, el cual, conforme a la tradición familiar, se hace un auto-golpe (en inglés, self-coup). Hace falta el desastre de Sedán para que Francia dé a luz a la Tercera República; el desmoronamiento y el éxodo de 1940 para que esta le ceda el lugar al Régimen de Vichy, después la Cuarta República; la insurrección del ejército en Argelia para que la V República viera el día.
CQFD (1)
A título de comparación, piense en la insípida sucesión cuatrienal de los presidentes americanos, apenas animada de tiempo en tiempo por algún asesinato. Hasta aquí, el 9% de los presidentes americanos fueron matados en el curso de sus mandatos. Georges Washington accedió a la presidencia en 1789. El segundo mandato de Barack Obama debe transcurrir, salvo asesinato, hasta el 2017. Entre esas dos fechas, ninguna solución de continuidad, el mismo automatón constitucional, el mismo algoritmo político. Del lado francés, durante el mismo tiempo, es “la fiesta de la rana” y el reinado de la tyché. Ser francés es mucho más divertido. Ser americano es mucho más serio.
Entre 1789 y hoy, no veo en Francia más que a Charles de Gaulle que haya meditado el problema constitucional francés y que, una vez llevado al poder, haya podido remediar la mayor parte de nuestros vicios. Su cadáver estaba todavía caliente cuando su Constitución fue entregada al bisturí de los plásticos políticos. Los liftings y maltratos que la pobre sufrió desde entonces la desfiguraron tan bien que no será incluso necesario rematarla para volver a las delicias del régimen de asamblea.

Hay ahí como una fatalidad francesa. Sin embargo, nada nos impide “pensar en positivo” y hacer una ley. Me gustaría llamarla la “Ley de dormición”. Enunciaría a los franceses que: “por regla general, están en estado de dormición, salvo disrupción catastrófica”.
Dos escolios
Esbozo un primer escolio.
En el campo político francés, la permanente agitación de superficie oculta la pasión unánime por la inmovilidad. Correlativamente, está la obsesión por la catástrofe pero también la fascinación por. “Son casi exclusivamente las catástrofes que Nostradamus predica” (B. Petey-Girard) y sabemos del gusto de Ronsard, del rey Enrique II, de toda la corte de Francia, y también del público, por los Almanaques y/o las Profecías del maestro de Salon-de-Provence. El Sr. Zemmour, nuestro sepulturero nacional, es de este linaje y el éxito excepcional de su última obra se explica por la larga duración de la sensibilidad cataclismática de los franceses. Etc., etc.
Otro escolio.
Retomar Choisel. Sadowa, el triunfo de Prusia sobre Austria, abrió los ojos de algunos en Francia sobre la eficacia del “sistema militar prusiano”, la obsolescencia de la conscripción a la francesa y la urgencia de ajustarse a la conscripción a la prusiana, en vista de la inevitable confrontación militar por venir con el proyecto bismarckiano. Las dos naciones “son dos trenes lanzados uno contra el otro sobre la misma vía” (Prévost-Paradol, caro al Sr. Zemmour).
Lúcido, Napoleón III busca hacer adoptar una reforma que limitaría la cantidad de los sustitutos y eximidos y que los haría servir a ellos también en la defensa nacional. Clamor de protesta general. “De hecho, los opositores eran todo el país. (…) Todo el país estaba confiado en la superioridad de nuestras armas”. Llega la guerra de 1870: “En un mes, el ejército imperial había dejado de existir”.
Una reforma de la conscripción fue votada, pero un poco tarde, en junio de 1872. “Había pues hecho falta una derrota completa para hacer tomar conciencia a los jefes militares y a los hombres políticos de las carencias del sistema de reclutamiento establecido en 1818, y para que los partidarios del servicio militar personal, universal y obligatorio (…) triunfen sobre la inercia de las estructuras y el conservadurismo de las jerarquías”.
Un solo punto de desacuerdo aquí con Choisel. “La inercia de las estructuras” tiene buenas espaldas. Las “jerarquías” no fueron las únicas en preconizar el statu quo. Su texto demuestra por el contrario que hubo coalición de intereses para que nada se mueva y que esta coalición tuvo razón de la razón. Es la paradoja francesa: una lucha de clases más viva que en cualquier otra parte de las democracias desarrolladas, que desemboca invariablemente en el acuerdo, explicito o implícito, de esas mismas clases para arruinar los intereses más evidentes del país.
El porvenir de la Yihad
La ley de dormición vale para el pasado. ¿Permite anticipar el porvenir? “Saber para prever”, dice Auguste Comte. La masacre parisina de enero electrizó, hizo estremecer, pero ¿demostró una fuerza disruptiva lo bastante potente como para despertar en forma duradera a los franceses?
No es poco mérito de los tres yihadistas franceses, los Sres. Coulibaly, Kouachi el menor y Kouachi el mayor, el haber sacudido a Francia y suscitado una conmoción nacional, seguida de “la mayor manifestación jamás vista en Francia” (Le Monde dixit) –honrada con la presencia efectiva de dirigentes de sesenta países (el Sr. Obama, de los Estados Unidos de América, ausente justificado, cuidaba a su mujer en Washington, capital del mundo libre) y que movilizó la atención del planeta un larga tarde de domingo‒ con una masacre de diecisiete de nuestros compatriotas, sin contar su propia liquidación por la élite de la policía y la gendarmería, para dar una cuenta redonda de veinte (20) muertos.
Respecto a las pérdidas humanas registradas en Waterloo o en Sedán por ejemplo, pero también durante las Tres Gloriosas (200 muertes en los soldados, cerca de 800 en los insurgentes, según Wikipedia), la ratio costo/beneficio para la Yihad es mindboggling.
Sin embargo, después de una distribución masiva a toda prisa de disposiciones inútiles en los días que siguieron a la masacre, bajo la forma de medidas de urgencia pensadas como para refrenar al islamismo galopante, volcando sobre la ruta carretadas de buenas palabras alabando los valores de la República, las autoridades dieron la señal de “business as usual” a la francesa recurriendo a la célebre canción de cuna nacional, “La vida continúa”.
Entiendan: “Do do, l’enfant do, l’enfant dormira bien vite” (2). La gallina blanca, casada con el gallo galo, no tardará en hacer, como dice la canción, su clo-cló: "¡Cot cot cot codette! -¡Cocorico!” (3). Nosotros ya estamos tranquilos, nuestro pastoral de corral sigue el compás. En resumen, vuelta a toda prisa al estado de dormición y al goce de las maravillas de todo tipo que prodiga la dulce Francia con las tajadas superiores del impuesto sobre la renta, las que al menos no fueron expatriadas todavía con sus ahorros. Cuenten con las tajadas inferiores para defender contra viento y marea, bajo el nombre de derechos adquiridos, la escapatoria nacional del statu quo.
Dicho de otro modo, el Estado islámico y/o Al-Qaeda no tendrían que dormirse sobre sus laureles. De su lado, nada hecho. Ellos solamente registraron un éxito sensacional, único, debido a una “mini-masacre” de efecto multiplicador. Los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, en la estación ferroviaria de la Puerta de Atocha, dejaron aproximadamente 200 muertos y 1400 heridos, sin suscitar un impulso de solidaridad internacional comparable al de Charlie, ni una manifestación popular comparable a la del 11 de enero.
Todo termina con canciones
En España, el efecto político más tangible del 11-M fue revertir el resultado esperado de las elecciones legislativas que tendrían lugar tres días más tarde. Antes de los atentados, el Partido Popular, que estaba en el poder, era dado por vencedor. Fue el PSOE el que lo superó y Aznar debió entregar la presidencia del gobierno a Zapatero.
Es muy notable que el efecto político de la masacre en París haya sido el inverso. Lejos de ser sancionados por la opinión por la impotencia de sus servicios en prevenir las matanzas sucesivas de Charlie y del Hyper Cacher cuando las señales de alerta no faltaban, Hollande y Valls fueron encumbrados por la excelencia de sus prestaciones después de la masacre. Sus homilías, sermones, llamados a la unidad nacional, declaraciones suavizantes para judíos y musulmanes, discursos enérgicos, toda la gama, toda la goma, fueron valorados por la mayoría como por la oposición como oportunos, pertinentes, dignos de hombres de Estado y, en suma, perfectamente admirables.
Ese momento de “¡abracémonos, Folleville!” nos da sobre el alma de la Francia eterna una visión de dificultad. Lo detallaré sin duda en una próxima crónica.
Para volver a nuestros yihadistas que, al momento en el que escribimos, se forman en Siria en el arte y la manera de matarnos con el máximo de escándalo y resonancia, digo que ellos van a tener que trabajar duro si quieren dejar una marca un poco durable en el espíritu de una nación que los alemanes, por ejemplo, siempre consideraron tan versátil como vanidosa, tan frívola como megalómana y de la cual Richard Wagner se burlaba del empeño en divertirse en toda circunstancia.
En esa obra burlesca, por otra parte execrable, Una capitulación, comedia a la manera antigua, el maestro de Bayreuth hacía cantar al coro, en el París de 1870 asediado por las tropas de Bismarck que comía los animales del Jardin des Plantes, la estrofa siguiente, en francés en el texto. Es de muy mal gusto.
Dansons! Chantons !
Mirliton! ton ! ton !
C’est le génie de la France.
Qui veut qu’on chante et qu’on danse !
(1) [N.T.] CQFD, sigla de “ce qu'il fallait démontrer”, lo que había que demostrar, o de “ce qu'il faut dire, détruire, développer”, lo que hay que decir, eliminar, desarrollar.
(2) [N.T.] El niño do, el niño se dormirá muy rápido.
(3) [N.T.] La gallina blanca hace alusión a la prosperidad. Cot, cot, códec, es la onomatopeya utilizada en francés para imitar el ruido de las gallinas, Miller lo escribe con una variación, ¡Cot cot cot codette! , incluyendo por homofonía la palabra cocoquette que significa mujer frívola.
(4) [N.T.] ¡Bailemos! ¡Cantemos!/¡Fauta! ¡ta! ¡ta!/ ¡Es el genio de Francia/que quiere que se cante y que se baile!

Sloterdijk y Rosanvallon
El trash y la clase obrera inglesa - Orwell y Soni

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Jueves, 12 de febrero, 6 hs.
Terminé ayer al mediodía mi perorata citando a un alemán francófobo, es un alemán francófilo el que me trajo la misma tarde la lectura de Le Monde. Peter Sloterdijk no nos es indiferente desde la publicación, en otro tiempo, en Christian Bourgois ediciones, de su Crítica de la razón cínica. Amplia bibliografía en francés. Algo –pero ¿qué?‒ hizo que eso no nos atrajera como hubiera sido posible.
La masacre en París tuvo el buen efecto, según él, de “despertar una nación depresiva y replegada sobre sí misma”. ¿Qué deprime a Francia? “Su grandeza perdida”.
Este diagnóstico viene de lejos. En broma, los alemanes designan en efecto con la expresión, en francés en el texto, de “Gran Nación”, que tuvo curso bajo Napoleón, a la Francia que se la cree, que se da ínfulas, la Francia siempre arrogante, aunque hoy es una gran potencia venida a menos, reducida a mendigar los favores de Alemania. Se me ocurre pensar que nuestros hermanos de más allá del Rhin alimentan como un inextinguible resentimiento postcolonial a nuestro lugar. Sloterdijk, por supuesto, está a cien codos por encima de eso, solamente está persuadido de que Francia sufre de una depresión en reacción al desmoronamiento de su imagen de sí. Desde el punto de vista “psicopolítico” que es el suyo, todo se debe al narcisismo.
Esta lectura se confirma en la entrevista. No pronuncia las palabras “islam”, “islamismo”, “yihad”. “Pero sin embargo, los asesinos apelan a…”, dirán ustedes. La respuesta cae: “Se trataba de simples criminales en la búsqueda de gloria”. ¡El narcisismo, le digo! Es un poco corto, joven (le llevo tres años).
En Une, Le Monde une a Sloterdijk con Pierre Rosanvallon, que pasó de la CFDT (Confederación Francesa Democrática del Trabajo) al Collège de France. Él tampoco pronuncia las palabras “islam”, “islamismo”, “yihad”. ¡Pero sí! ¿Dónde estaría el interés en acudir a los oráculos intelectuales de nuestro tiempo si ellos hablaran como usted y yo? (burla de inspiración populista, me temo, que no se espera de un seguidor de Lacan).
A diferencia de la filosofía alemana, el historiador francés no está enajenado de admiración por el 11 de enero, en la que él ve sobre todo, como yo por cierto, la concentración de miedos. Tiene, como a menudo, una muy linda expresión para decirlo: “una comunidad de pavor”.
Para el resto, el análisis de Rosanvallon se apoya en la oposición clásica de las dos francias, la Francia mundializada y la Francia de las regiones y barrios: la primera, abierta, moderna, conectada; la segunda, cerrada, enclavada, desconectada. Bobos (burgueses bohemios) versus beaufs-et-beurs (conservadores de clase media e hijos nacidos en Francia de inmigrantes del norte de África). El mundo de los Charlie y el mundo de los no-Charlie.
Esto no es falso, esto no es nuevo, y cuando despunta el tema recurrente del autor, que sería, puedo decir, reconstruir en pleno siglo XXI la “common decency” del pueblo de Asterix, bostezamos.
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La “common decency” (CD), hablamos de eso. Alguien (el Sr. Steve Granville) me interrogó después de eso en mi blog en Mediapart y acabo de responderle de manera incisiva. Voy a reescribirlo y desarrollarlo aquí.
La CD es el colmo de la inglesitud. Ni los irlandeses, ni los escoceses, ni tampoco los galeses, son “decent”. La “decency” depende estrictamente, a mi modo de ver, del enunciado de Edward Coke que hace de todo inglés un Señor de su casa: “the house of an Englishman is to him as his castle”. La CD es una visión idealizada de un pueblo rural inglés, del “mundo que hemos perdido” (Peter Laslett, 1965). Creo más verdadera, y menos soporífica, la versión de tono burlón y alucinado de Chaminadour por Jouhandeau. Pero basta seguir a la Miss Marple de Agatha Christie trotando por St Mary Mead para descubrir lo que se esconde bajo las faldas de la decencia.
Prescinde de bellas. La pretensión de los ingleses de la decencia se acompaña en efecto –es un anglófilo quien habla‒ de un gusto pronunciado, y a veces devastador, por el trash que nosotros en Francia no tenemos, o no en ese grado. Quedamos estupefactos cuando leemos el Daily Mail, por ejemplo. No podemos leer más el semanario del horrible y genial Murdoch, News of the World, que recientemente tuvo que destruir con sus propias manos, la bestia estaba muy furiosa. What a pity!
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Fui a ver la reseña de Wikipedia. News of the World nació en 1843. “It was the cheapest newspaper of its time, and was aimed directly at the newly literate working classes. It quickly established itself as a purveyor of titillation, shock, and criminal news. Much of the source material came from coverage of vice prosecutions, including transcripts of police escriptions of alleged brothels, streetwalkers, and ‘immoral’ women”. Entonces, está bien esto: si la reseña es justa, el trash es una tradición profundamente anclada en el corazón de la “English Working-Class” (referencia al magistral libro de E. P. Thompson, 1963). ¿La burguesía introdujo el trash para someter a la clase, como dicen los trotskistas, de la misma manera que se colocó el opio en los chinos para que se quedaran tranquilos mientras se saqueaba el país? Todo lo que podemos decir es que eso funcionó entonces, y que eso funciona siempre.
Resumamos entonces, “Common decency” sí pero no sin “Common undecency”. ¿Qué piensa de esto, Michéa?
Me di cuenta que la decencia musulmana respondía a una posición subjetiva auténtica de otro modo. Es por otra parte lo que da un encanto inquietante a libertina musulmana. Y, sepanlo, hay cada vez más. Esto da esperanzas. La salvación por las mujeres.

La pregunta que enoja: ¿es seguro que Orwell haya sido él mismo siempre decente? Está el caso de la lista de “pinkos” y cripto-comunistas que él apuntó en una libreta e hizo pasar a las autoridades. En mi juventud, la izquierda intelectual no lo quería. Me reía con Rebelión en la granja, era sensible al potente escenario de 1984, si no al estilo del autor, pero tenía a Orwell naturalmente por un traidor y un vendido. Lo menos que puede decirse es que su acto es “controversial”. Hacer listas, denunciar, participar en la caza de brujas, “that does not beft gentlemen”.
Y además, está ese matrimonio, tres meses antes de su muerte, con Sonia, quince años menor, a la altura de un Renoir. A mí eso no me molesta. Lo encuentro muy bien, si ella lo amaba. Pero la noción de CD resulta de esto un poco fastidiosa. Más aún cuando Sonia estuvo todo un tiempo loca por su bello cuerpo. Su estadía en Saint-Germain-des-Prés había dejado un gran recuerdo en Sylvia, mi suegra, que me habló de ella con emoción, y de su relación tórrida con Maurice Merleau-Ponty, ignorada entonces y después de público conocimiento. ¿Y entonces?

Mitterrand, De Gaulle
Los semanarios del día: Le Point, L’Obs, L’Express

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Jueves, 12 de febrero, 13 hs.

Le Point de la semana llegó. En tapa, “Etre juif en France (Ser judío en Francia)”. Leeré esta tarde “L’effet Charlie retombe brutalement (El efecto Charlie cae brutalmente)”. ¡Ah, vaya!
Dos páginas de buenas palabras de Mitterand. La izquierda, tan torpe, nunca habría accedido al poder si no se hubiera resignado a dejarse tomar por este aventurero de alto vuelo, de lengua incisiva, político hasta la punta de los dedos. No conozco nada tan divertido en la literatura política como los textos en los que Jean-François Revel, que fue su asesor, normalista honesto, feroz panfletario, amigo de Althusser, descubre poco a poco, con espanto, lo que juzga ser las ignorancias, indolencias, ligerezas, de su jefe.
1981 quedará como la última victoria electoral de “la izquierda”. ¿Quién piensa todavía que es la izquierda la que ganó en el 2012? O, entonces, si la izquierda es y será esto en el siglo XXI, entonces es una izquierda muy, muy light. Lo que después de todo es congruente con el último Lipovetski.
Me acuerdo de haberle preguntado a Lacan, un día de 1972, su opinión sobre Mitterand al cual yo le alababa la constancia en el antigaullismo. Respuesta lapidaria: “Es un arlequín”. Lacan votaba a De Gaulle. Su furor público cuando demitió: “¡Cuando se es serio, no se dimite!”. Creo que De Gaulle tenía un temperamento de artista, que Lacan no tenía. Cuando su público lo chifló, no quiso jugar más tiempo. Habría que hacer una película al estilo de Sunset Boulevard (El ocaso de una vida) a la francesa.
Un descuido: falta el título del libro de donde todo esto está sacado. Tiene que aparecer el 19 de febrero, Le monde selon Mitterrand (El mundo según Miterrand). Lo leeré sin falta, como leí todas las Carnets secrets (Libretas secretas) de Michèle Cotta, con deleite.
L’Obs., en L’Obs se reinventa. Es lo que me interesa de este semanario. La pequeña cabra lucha para que el lobo (el mercado) no la devore. Decidieron tirar a la basura lo abstracto y lo colectivo: desde entonces todo es el aspecto del rostro, la persona, valga lo que valga, de la que se hace una personalidad. Está, a mi entender, inteligentemente adaptado del Vanity Fair americano, que tiene el mejor lay-out del planeta.
La forma progresa. Es con el contenido con lo que tienen más dificultades. aunque hubo recientemente un excelente artículo sobre los “barrios”, lo mejor que leí. Pero por ahora, es todavía l’Obs hueca, si puedo decir. Leeré el artículo sobre la hiperactividad.
Si fuera nostálgico de los años 60 como lo es el Sr. Zemmour, que piensa que el universo alcanzó su cénit cuando era niño, me acordaría con qué impaciencia abrí el n°1 del Nouvel Observateur. Era el 19 de noviembre de 1964. Sartre estaba en la tapa, excepto que, si me acuerdo bien, no había tapa hablando con propiedad. El periódico era pobre, nos gustaba más.
Lo que me queda grabado en la memoria, es el día en el cual, por primera vez, hubo en el diario un artículo que alababa un producto de consumo. Era un auto que el periodista describía y luego probaba con gran placer. ¡Qué bronca! Me acuerdo todavía del nombre del periodista, Jean-Francis Held. Lo conocí por otra parte cuatro años tarde, cuando vino a entrevistarme sobre mis proezas en Besançon en mayo-junio de 1968. Su padre era un analista de renombre, de la Sociedad de París, René Held.
Pienso en mis nietas que, desde pequeñas, tenían una sintonía profunda con el objeto técnico, como decía Simondon, sobre todo el objeto electrónico. ¿Cómo hacerles sentir lo que eran para la generación de su abuelo los objetos de la "sociedad de consumo"? Perec sin duda llega allí en Las cosas, año 1962.
Fascinar al lector sobre un coche o una bañadera, era bueno para L’Express, y sobre todo para Madame Express. Pero ¿en el Nouvel Observateur? ¿Qué se colocaba bajo la égida de Sartre? ¿Quién se presentaba como el heredero del austero y pobre Observateur de Bourdet y Martinete? Comprendí entonces que una figura del Espíritu acababa de envejecer.
Un libro me aclaró lo que vivimos en los años 60 sin entenderlo bien en el momento, es de una universitaria americana, Kristin Ross, y se titula Fast cars, clean bodies, subtítulo Decolonization and the Reordening of French Culture, publicado por The MIT Press, hace veinte años.
Ahí, voy a las apuradas, retomo el trabajo en cinco minutos.
L’Express de Christophe Barbier. Este normalista literario usa perfectamente la metáfora. En su editorial de hoy, lo hace desde la primera frase: "si una golondrina no hace verano, los buitres son la prueba del osario". ¿No es inspirado? Encuentro aún: "parece que el jardín socialista se asemeja cada vez más a una selva, donde los rosas afilan sus espinas más de lo que alisan sus pétalos". Es irresistible no burlarse cuando se sabe que habla de seres que están lejos de su delicadeza parnasiana.

Françoise Giroud, llamada “Corcho” en su juventud, vieja alumna de la escuela de la vida y de la calle, mezclaba siempre en su tinta una o dos gotas de ácido. Fue la más grande en el periodismo francés.
Por encima aún, en otro lugar, artista inigualable, François Mauriac.
Traducción: Alejandra Antuña
Fuente EOL POSTAL