19 de febrero de 2015

Gabriela Aguilera V - MICRONOVELA SAINT MICHEL





MICRONOVELA  SAINT MICHEL

Capítulo 5

Un lápiz marca el contorno de la rosa, la delicada sinuosidad de sus pétalos. Cada pétalo sale de la punta del lápiz que deposita la rosa con reverencia sobre la piel, en medio de la algarabía magnífica de media mañana. El Artista calibra las agujas, una delgada y otra más gruesa, las agujas de coser de la princesa China. Después de humedecerla con saliva, inserta una de ellas en el tubo plástico de un lápiz conectado al motor de la juguera. Lo enciende y la aguja motorizada y guiada por la mano diestra del Artista, sube y baja con el ritmo uniforme de una máquina de coser, ahora dibujando con tinta de lápiz, el contorno acendrado de la rosa. El gran lienzo de esa espalda no se mueve, estoico, soportando el dolor preciso, puntiagudo, alfiletereado. La piel sangrante no responde al dolor con estremecimientos ni huidas. Está puesta ahí, generosa, a disposición toda del Artista que la graba, que la traza con cuidado, con cariño. Cada pinchazo saca a la superficie un pedazo de la historia embozada del dueño de la piel. La rosa no marcará el nombre ni su ocupación. Tampoco su condena. La rosa es perpetua y en su silencio encarnado, también es epígrafe y epitafio. Confiesa y declara el paso oculto de Saint Michel por la piel entregada y también la huella de esa piel en el cuerpo encarnizado de Saint Michel.

Capítulo 12
Saint Michel es un cuerpo marcado. En la piel de sus muros está tatuada la huella de los que han pasado por allí: sus voces, la pasión, sus historias, la sangre, sus risas, la ternura. Y el dolor. Las inscripciones y pictogramas grabados son ilegibles. Otros son indescifrables. Y la escritura de lo no dicho es una llaga que late, pesa, revela, desde el silencio de lo oculto y lo ocultado.


Capítulo 16
Saint Michel está enclavada en la periferia de la ciudad y los de afuera necesitan creer que no existe. La gente que pasa ante la fortaleza escucha los frenéticos gritos que lanzan al aire los que allí moran y dirige una mirada temerosa hacia lo alto de las torres. Sólo distinguen la policromía de ropas flameando como banderas, la fabulosa refulgencia de espejos, la resonancia golpeteada de las cucharas en las ollas y los quiebravistas. Los habitantes de Saint Michel son anónimos, están marcados con sangre, tienen el pellejo y el alma dibujados a punta de cuchillo, aguja, tinta y hoja de afeitar. No existen para los de afuera más que como clamor, rugidos de jauría que desgarran su tranquilidad indiferente.

Capítulo 22
Los sables chocan, se encuentran, levantan chispas al entrar en contacto bajo la canícula de media mañana. Un impacto centellante de filos enfrentados, un eclipse, algo así como un mirarse de cíclopes que dura medio segundo antes de separarse otra vez, empuñados por las manos de los caballeros que los esgrimen. Los sables están enamorados y aunque todos creen que se atacan, la verdad es que esperan esos segundos para tocarse uno al otro, jubilosos. Pero es un amor imposible y el maleficio del odio se acerca en un final irremisible. Uno de ellos terminará clavado en carne viva. El otro quedará en el suelo sucio del picadero de Saint Michel, junto a la mano de su dueño, tan muerto como él.

Capítulo 24
Los espejos son invaluables en Saint Michel. Son pesquisados, confiscados por los guardias que los pisotean cuando los encuentran, evitando mirarse en los trozos para no echarse encima siete años de mala suerte. Los espejos, enteros, trozados o trizados penden de las manos que se asoman entre los quiebravistas. Son mágicos, hablan, reflejan otros rostros, otros ojos, otras manos con espejos en las otras torres. Son diálogos fulgurantes de reflejos que van y vienen, parloteos de figuras que chispean en ida y vuelta, orgía espléndida de preguntas y respuestas. Y el sol cae a pique, acuchillando con su relumbre los diálogos centelleantes que se irradian en los espejos que tapizan los muros externos del Saint Michel de mediodía

Capítulo 30
Te monto, Caballo. Te galopo, insaciable. ¿Sientes la humedad de mi respiración en la testuz? Te sujeto por las crines, tu coleta provocadora en tironeada por mi mano, saboreo tu carne arrancada con el filo de mis dientes, te troto enardecido, atrapado entre tus nalgas marcadas. Te traspaso a sable, a sangre. Veo la línea clara de tu lomo escrito y dibujado que se curva en cada movimiento. Allí, el rostro de tu virgen descansa entre rosas, las letras de tus nombres ondulan y forman nuevas palabras en una página que no quiero leer. Dos enormes ojos posados en tus omóplatos me observan sin pestañear. Te respiro, huelo tu olor de hembra simulada, tu calor retiene mis manos, tus pliegues me aprisionan y te jineteo, caudillo te corro hundido hasta el fondo en tu cuerpo cicatrizado, hasta lo más profundo, en esa conjunción de noche y noche, la tuya y la mía, enredadas en los estertores del orgasmo, en la descarga de fuego de mi cuerpo en el tuyo encabritado. Cierro los ojos y te palpo, tus músculos fuertes, tu potencia anulando la mía. Entonces me retiro y te abandono. Te quedas sostenido en cuatro patas, mojado y acezante. Y huyo de tu piafar recio, llevándote conmigo, sin embargo.

Capítulo 32
Los aposentos de Saint Michel permanecen en la penumbra. Los quiebravistas de los ventanucos rectangulares dejan entrar algo de luz y los barrotes oxidados recortan trocitos de paisaje, como si fueran fotografías en blanco y negro. Las princesas se empinan, hacen esfuerzos para ver, juntan y separan los párpados entre los que quiere colarse la noche, invadiéndolas con una oscuridad sin remedio, sin posibilidad de retorno. Pero ellas logran conservar dentro de sí su propia luz, la que permanece rebelde pese a las tinieblas impuestas por los esbirros del poder en la arquitectura castellar. Nada puede asesinar esa luminosidad perenne que lucha por sobrevivir a pura dentellada de bestia, de fiera, de perra huacha.

Capítulo 36
Era clarito de piel y tenía los ojos azules así. De repente parecía un pelolais, aunque era un triste y los pelolais no son tristes, si no tienen por qué, poh. En ese paño blanquito se había hecho varios tatuajes. El último se lo hice yo en el antebrazo, papito, a la antigua, a pura manopla no más, con una aguja finita y carboncillo de pila. Un angelito le hice. Quedó filete así. Pero mientras estaba haciéndoselo, apagaron las luces y en la oscuridad ni siquiera con vela se puede rayar. Quedé de terminarlo al día siguiente pero filo…pasaron cosas, no me acuerdo bien, y de hueón no más, nunca lo terminé, poh. Él hizo su vuelta en Saint Michel y salió libreta después. Guacho pelao. El ángel quedó sin alitas, no más. No podía volar así. A lo mejor por eso apareció hecho tira, too entero charqueado. Lo hicieron chupete. Diez pedazos. Le sacaron hasta las yemas de los dedos. A veces sueño con él, con sus ojos como llenos de agua y esa pena que tenía aunque se riera. Pero sobre todo, sueño con ese pedazo de pellejo en que hice el angelito y cómo, cuando doblaba el brazo y empuñaba la mano, se movía la figura que nunca voló. A lo mejor si yo le hubiera puesto las alitas al angelito, él se habría salvado.
Le decían el Rucio. Le decían Cupido.
Se llamaba Hans Pozo.