19 de febrero de 2015

Ani Bustamante-Prólogo Los sonidos de Eros- ...y entonces escribí...

Ani Bustamante


Prólogo

José Milmaniene
   

El libro de Ani Bustamante nos procura tanto el goce estético –inherente a la gracia del lenguaje poético– así como el placer intelectual que genera el saber psicoanalítico, dado que permite la aprehensión de una original escritura, a través de la cual se puede nominar la falta, y dar cuenta del funcionamiento imaginario, simbólico y real de la letra. El texto –que opera como ejemplo alegórico privilegiado de la teoría psicoanalítica– posibilita la lectura de la bella producción de Chabuca Granda, a partir de la tríada conceptual configurada por el sujeto dividido, el saber inconsciente y el sexo-castración.
Ani Bustamante logra expresar el desgarramiento subjetivo de Chabuca, que anhela con sus canciones-poemas, recuperar el pasado de un tiempo mítico perdido, hecho de los amores imposibles de la infancia, sobre el escenario de una ciudad en la que se desplegaron las fantasías y los deseos primordiales. En el texto se entrelazan poéticamente el decir de Chabuca y el de Ani, en un juego infinito de bellas metáforas, que aluden una y otra vez al vacío de las ausencias, funcionando entonces como el objeto causa de deseo.
La autora instala un fecundo diálogo entre el discurso psicoanalítico y la obra poética de Chabuca Granda, construyendo un verdadero puente intertextual, que procura no sólo el placer estético de todo estilo poético, sino también una ganancia en el saber, acerca de los complejos mecanismos inconscientes que operan en la creación artística.
Ani entiende pues a lo poético como una práctica de escritura que parte de la nada, constituyente de un acontecimiento que se revela como un rayo en el núcleo más real del Ser y que, como figura sublime de la pulsión de muerte, amenaza a las estructuras yoicas organizadas por las leyes y la memoria.
Por otro lado su escritura poética se articula logradamente con el discurso psicoanalítico. Éste, en tanto pensamiento simbólico que sostiene la ética del encuentro responsable y hospitalario con el Otro, opera como figura ejemplar de la pulsión de vida, ligada por ende a la creación significante y a la transmisión intersubjetiva. Se logra así contornear, con el encanto que procuran las metáforas, el agujero doloroso de la falta del objeto perdido desde siempre y para siempre, sin obturar el lugar vacío de la causa.
Se instala entonces un espacio creativo –abierto por el Saber en el interior mismo del campo poético– atravesado por los dulces sonidos de eros, que previenen al creador –agobiado por el “dolor de existir” en un cuerpo herido– de sucumbir en el imaginario sin representaciones, habitado por gritos inaudibles, o por un monólogo interior incomunicable.
Esta apertura sublimatoria, que deriva en la feliz articulación de las letras poéticas con el corpus analítico, posibilita que surjan las palabras esenciales que, al “dejarse decir”, desbordan las racionalizaciones que justifican la esclavitud del goce y posibilitan así la libertad que deriva de habitar placenteramente el lenguaje.
El poeta logra eludir el modo melancólico de enfrentar la muerte, que bajo el modo del silencio desesperanzado suele inundar a la subjetividad en sus desfallecimientos depresivos y puede, a pesar de todo, construir un universo sublimatorio, aunando en un mismo movimiento la Verdad con la Belleza. De modo que las palabras poéticas nos producen la jubilosa sensación de estar vivos, no sólo por la significación libidinal que portan, sino básicamente por el gozoso movimiento corporal sobre el que se asientan.
Es la materialidad evanescente del aire (Hálito, Ruaj) la que soporta al puro símbolo, y esa doble inflexión –de goce real de la letra y de placer significante– es la que procura toda la enorme potencia erótica del Verbo, acompasado por los ritmos sonoros de una suave musicalidad.
Entonces hablar, narrar, decir, contar, cantar, poetizar, suponen no solo la transmisión de algún contenido conceptual, sino básicamente la afirmación del amor a la vida, así como la ratificación en acto de que la búsqueda de la Verdad a develar anida en las ficciones poético-existenciales que se anclan en el cuerpo pulsional, más allá del Saber con el que el Yo intenta dar cuenta de las vicisitudes enigmáticas de la existencia.

La producción de Chabuca se configura como el recuerdo nostálgico de días sin objeto, hecho de la memoria de infinitas pérdidas en la ciudad de los sueños, que al dar testimonio del amor que no fue y pudo haber sido nos ilumina y redime de esos instantes fugaces de desesperación, cuando el destino nos confronta con la angustia de toda revelación, que siempre evoca real o metafóricamente la imposibilidad de la plena realización desiderativa. 
El texto de Ani propicia así el paso del extrañamiento a la reapropiación singular de sí, merced al encuentro –mediado por la poética del amor– con lo totalmente otro del Otro. Se entiende pues que es la dimensión sublimatoria del lenguaje la que permite ir al encuentro del Tú-no tú, sobre el horizonte de las palabras poéticas, que posibilitan el decir acerca de los infinitos nombres del deseo.
Ani nos recuerda que ser psicoanalista es creer en el “acontecimiento del lenguaje” y en tener fe en su potencia, y entregarse a la experiencia intransferible del “evento del lenguaje”, para poder inscribirnos así en la ética de la sublimación. Esta consiste en el interjuego tenso y nunca del todo dialectizable, entre el sentido poético y el cuerpo pulsional, y entre el goce fálico y el goce femenino.
La escritura poética estabiliza al sujeto en el borde mismo que separa el espacio discursivo –que porta el goce cifrado de la letra– del territorio ilimitado e innominado, en el que se insinúa y atisba el éxtasis indescifrable, inherente al enigma del amor y el misterio de la muerte.
Entonces, el placer que nos procura la lectura de este texto deriva de ese sublime efecto de diferencia entre la belleza de palabra poética y el rigor del saber psicoanalítico, generado al poner a trabajar con lucidez a los operadores mayores de la teoría freudiana sobre la escritura sonora de Chabuca.
Este nuevo libro de Ani Bustamante implica un aporte sustantivo a la consolidación de la dimensión poético-existencial de nuestra ciencia, modo bajo el cual se hace imprescindible pensar a la teoría psicoanalítica en el horizonte histórico de la época.