9 de enero de 2015

Gabriel Jimenez Eman- Caracas Venezuela- Bio- Minificciones.

Gabriel Jimenez Eman


GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN

CONSUELO PARA MORIBUNDOS
y otros microrrelatos


El Drama del Escritor 

Aparentemente, el drama de un escritor se revela cuando ya no tiene nada qué decir y continúa escribiendo, o cuando tiene mucho qué decir y no encuentra las palabras apropiadas para expresarse. Desde otro punto de vista, podría ser que el escritor escriba para ganarse la vida o tener éxito, y no ocurra ninguna de las dos cosas. Pero no. El verdadero drama del escritor se produce cuando pone punto final a su obra y se cerciora en ese mismo momento de que ésta no existe.
 
EL HOMBRE MÁS RICO

Al hombre más rico del mundo le daba un asco inmenso tocar su dinero, creyendo que, al hacerlo, podía esfumarse toda aquella fortuna que no podía comprar con todo el dinero que tenía.

MARCO AURELIO, ENAMORADO

A causa de haberse enamorado tanto, de haber confiado tanto en el amor de las mujeres hacia él y en el que él les había profesado (sin que con ninguna de ellas hubiese conseguido una relación sincera o duradera), Marco Aurelio fue hundiéndose lentamente en el desamor. Se sumió primero en el escepticismo, luego en la indiferencia y finalmente en el vacío. El vacío le impedía valorar los nuevos mensajes amorosos que las mujeres intentaban dirigirle. Marco Aurelio veía en estos nuevos guiños e insinuaciones, otras maneras de fracasar en el amor, nuevos caminos que lo conducirían inevitablemente al sufrimiento. La posibilidad de un nuevo dolor le hacía experimentar resquemor y resentimiento, el cual se iría convirtiendo en rabia, y la rabia en un odio seguro hacia el amor.
            Cuando en efecto Marco Aurelio se percató de que podía estar odiando el amor, pensó que lo mejor sería aislarse de la ciudad y vivir en una finca, con una servidumbre de campesinos, compuesta por gente sencilla, y rodeado de animales domésticos y plantas: perros, gatos, pájaros, árboles, flores y un río compondrían una vida pacífica y sin sobresaltos. Lo pensó así y lo hizo.
            Se fue al campo a vivir en su finca. Pero nada mejoró en su vida. Se entregó entonces a la oración, a practicar la fe cristiana y a ejercer la bondad hacia la gente humilde y necesitada, donde encontró nuevas formas del amor. Dios y la gente buena le ofrecieron nuevas vías de experimentar sus sentimientos: la fe, la esperanza y la ilusión ingenua lo habían llenado de un bienestar extraordinario.
            Se hallaba Marco Aurelio experimentando estos discretos placeres, cuando de pronto volvió a enamorarse. No fue de si mismo, como Narciso, ni de otro hombre, como era perfectamente posible, sino de una anciana bellísima que había comenzado a sentarse todos los días a las puertas de su finca a dar maíz a las gallinas,  palomas,  tórtolas y otros pájaros que por allí merodeaban. Poco a poco, Marco Aurelio fue acercándose a aquella anciana apacible, con una mezcla de respeto y temor, y finalmente le confesó su amor.
            La anciana le correspondió inmediatamente. Ella albergaba toda la dulzura que Marco Aurelio había estado buscando.
            Salieron una tarde a dar un paseo. Dos de los trabajadores de la finca los vieron salir por un camino bordeado de flores que conducía al río. Pero ni esos campesinos ni los otros trabajadores de la finca, ni  los animales, ni nadie, los vieron regresar de allá nunca más.

 TRAMA AMOROSA

Un buen día, Luis se enamoró de Laura, pero Laura estaba enamorada de José, quien a su vez estaba enamorado de la mujer de Héctor, Carmen, la cual sí estaba enamorada de su marido Héctor, quien también quería mucho a su esposa pero se había ilusionado con una muchacha muy joven, de nombre Marina, que no estaba enamorada de nadie, sólo tenía muchos amigos entre los cuales uno, llamado Francisco, estaba atraído por ella y quería conquistarla, pero Marina no andaba pendiente de hombres, éstos no le atraían aún, pues era muy joven para enamorarse. Se conformaba con la amistad de Helena, una muchacha muy tranquila que sólo estaba interesada en las mascotas, perros, gatos y pajaritos. Finalmente, un día Marina descubrió que se había enamorado de otra mujer, una hija de Carmen llamada Josefina, que por fortuna también gustaba de las mujeres, aunque no de Helena. Carmen se percató de los gustos sexuales de su hija Josefina y no tuvo más remedio que aceptarlos; se dio cuenta de la insistencia de Helena y la aconsejó; Helena estaba loca de amor por Josefina y a punto de suicidarse por ella, y Carmen entonces tuvo que decírselo al padre de la muchacha, Héctor, para que éste tomara cartas en el asunto.
            Héctor ignoraba las inclinaciones sexuales de su hija, por lo cual estaba ahora sorprendido y atónito: la pareja entró en estados de crisis y desesperación; Héctor ofendió y estuvo a punto de golpear a su propia hija; pero al descubrir que el sujeto amoroso de su hija era también la bella Marina por quien él estaba ilusionado, sufrió una depresión tan fuerte, que su esposa pensó que podía suicidarse en cualquier momento, viéndose obligados ambos a buscar ayuda psiquiátrica para salir del problema. En el fondo Héctor se alivió al comprobar que Marina estaba al fin fuera de todo aquello.
            Al fin Helena y Josefina se fueron a vivir juntas, al tiempo que Carmen y Héctor se echaban uno al otro las culpas por la educación de su hija y empezaron a discutir a menudo por esta razón, hasta el punto de terminar divorciándose. Carmen, dolida por la dureza e incomprensión de Héctor, terminó viviendo sola en un departamento donde poco a poco fue haciendo amigos y amigas nuevas, entre las cuales había una llamada Laura que, después de muchos meses de amistad, terminó confesándole a ésta que hacía años se había enamorado de un hombre llamado Héctor. Carmen le pidió que se lo describiera, y al hacerlo se percató de que esas señas coincidían con las de su ex esposo. Laura le dijo, además, que durante un tiempo había estado acechada por un amigo suyo llamado Luis, quien había llegado al extremo de prometerle divorciarse de su esposa si lo aceptaba, pero ella ya había tomado la decisión de casarse con José, de quien estaba realmente enamorada. Aunque algo le hacía pensar que José no estaba tan enamorado de ella: la estimada mucho, le gustaba el matrimonio, la familia, los hijos, y él había pasado ya por tantos amores tormentosos, estaba cansado de situaciones conflictivas y deseaba una mujer tranquila como ella.
            Tiempo después Carmen comprendió que, pese a haberse separado de su marido, aún le amaba, y tuvo el valor de decidirse ir a buscarlo para decírselo, sin previo aviso. Héctor también vivía solo y estaba ese día en su casa almorzando con una mujer --Patricia-- cuando Carmen llegó, y al verlos pensó que aquella era su nueva compañera, por lo cual decidió no confesarle nada, se disculpó con ellos y después se retiró. Pero Patricia no tenía nada con Héctor, era sólo una amiga que estaba allí de visita.
            Sin embargo, Héctor estaba contento con la llegada de Carmen aquella vez, y tomó al siguiente día la iniciativa de llamarla para explicárselo, logrando convencerla de que aceptara una invitación a salir. Se dieron cita en un restorán, donde disfrutaron de unos amables tragos y cenaron; luego pasearon por la ciudad tomados de la mano hasta que llegaron a un parque, ahí se sentaron en un banco, se besaron con fruición a la luz de la luna y luego decidieron ir a un hotel a hacer el amor. Cuando llegaron al hotel, descubrieron que en la recepción se estaban registrando, para pasar la noche allí, sus amigos Laura y José.

 
TESTAMENTO INVISIBLE
           
Ayer, antes de llevar a cabo mi decisión final, paseé largo rato por el jardín a ver y oler las flores, miré las nubes y el cielo, acaricié al perro, pasé la mano por la madera húmeda de la puerta, luego la abrí y anduve un rato por la sala y el comedor, entré a los cuartos, después a la cocina (donde paladeé un vino), luego salí por un momento con el único fin de saludar a mis vecinos. Era de noche cuando entré de nuevo a la casa; caminé hasta la biblioteca y allí  me senté en mi sillón, con intenciones de hacer mi lectura definitiva.
            Tomé un libro --el único que había permanecido en mi biblioteca sin ser leído nunca, y yo no lo sabía-- y lo abrí: sus páginas se borraban a medida que las hojeaba. Me pareció extraño, así que lo cerré y esperé un momento antes de volverlo a abrir. Esta vez lo hice con más cuidado y, justo entonces, en sus páginas comenzaron a aparecer palabras que narraban mi vida anodina, donde el único suceso relevante era la circunstancia de mi fallecimiento justo en el instante de abrir aquel libro en medio de aquella noche en que el tedio me asediaba hasta el límite del agobio, y no me dejaba otra salida que entrar y disolverme dentro de sus palabras recién escritas, cerrarlo con cuidado y de este modo ir desapareciendo, plácida y totalmente, para siempre.

 SUEÑO

--Tengo sueño ahora, mucho sueño...-- dijo Dios. Luego se quedó profundamente dormido: al poco rato comenzaron a aparecer las imágenes que crearon al mundo y los seres.

  
SUEÑOS INVERSOS

            Dormía durante el día y trabajaba durante la noche. Una vez lo dominó el cansancio por la noche, se acostó a dormir y soñó que alguien se había quedado dormido durante el día y  había soñado con un hombre cansado que no podía dormir nunca.
 
 
LA NOVELA DE BORGES

            Borges perdió la vista el día en que decidió escribir una novela, y no se detuvo hasta concluirla. La novela no le gustó porque a medida que avanzaba, aparecían en el texto muchas imágenes que él no podía ver claramente, con las cuales quedaba más y más ciego, y después de cada capítulo que concluía le dolía la cabeza. De modo que la hizo pedazos. Aprendió así a odiar la novela y a escribir poesía y cuentos para vengarse y recuperar su salud.

  

FIDELIDAD

            Aquel hombre se enamoró de una sola mujer, y le fue fiel durante toda su vida. La mujer estuvo a punto de aceptarlo en matrimonio, pero se arrepintió al caer en cuenta de que ella no podía serle fiel a un hombre tan fiel, que en cualquier momento, en un ataque de celos, podía quitarse la vida o quitarle la vida.


 ADÁN Y EVA

            "Te deseo con todas las fuerzas de mi alma", le dijo Adán a su costilla, y pasó a devorarla después de haberla asado bien a la parrilla.

 
EL PINTOR Y LA MODELO

            Antes de posar para el pintor que la ha contratado, la modelo entra a la habitación, se quita la ropa y observa su cuerpo en el espejo, un cuerpo perfecto. Luego se viste otra vez y sale al estudio donde el artista la está aguardando para pintarla. El pintor se acerca a ella, le da unas cuantas indicaciones, le levanta el rostro hasta cierto nivel, le acomoda un brazo aquí, una pierna allá y un hombro o una mano más acá o más allá, le arregla los pliegues del vestido y las mangas y el cuello de la blusa, le quita el polvo de los zapatos, y ella obedece todo teniendo mucho cuidado. El pintor se dirige a su caballete y empieza su trabajo. Minucioso, comienza a trasladar al lienzo la figura observada. Ha realizado el desnudo perfecto.





DIÁLOGO POSTRERO ENTRE SANCHO PANZA Y ALONSO QUIJANO, OÍDO POR EL AUTOR DEL QUIJOTE
 

            Cide Hamete, autor de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, escribió un diálogo para este libro que hasta ahora no se había dado a conocer, y es dado hoy a la luz con la intención de agregarlo a la célebre obra, y así todas las villas y lugares de la Mancha, de España y del mundo compitan entre sí por divulgar y hacer suyas su fama y su memoria. Dicho episodio comienza cuando Sancho Panza se encuentra ahogado en mares de llanto, viendo a Don Alonso Quijano postrado en su lecho, pocas horas antes de morir.
            En una de esas pausas de llanto en que Sancho fue a procurarse un poco de vino para mitigar su sed, Don Alonso sorpresivamente se inclinó, le vio a Sancho y le hizo señas de que se acercase a su lecho. Sancho, ni corto ni perezoso,  se aproximó a su amo; aquel le tomó de un brazo y con una sonrisa pícara le susurró al oído:
            --Sancho, de haber nacido otra vez, ¿quién habrías querido ser?
            --¿Yo… mi señor?
            --Sí, Sancho, dime quién.
            --Pues usted, mi señor, en otra vida me gustaría ser usted y cabalgar por los campos de Castilla y de España junto a Sansón Carrasco y Sancho Panza.
            --¿Estás hablando en serio, Sancho, o de nuevo estás diciendo disparates?
            --No, mi señor Alonso Quijano, ya que usted recuperó la cordura y ahora se arrepiente de sus locuras, yo le digo que si mi Dios Jesucristo me permitiera nacer otra vez, me gustaría ser Don Quijote de la Mancha y volver a recorrer los caminos del mundo y ganar batallas y los amores de bellas mujeres. ¿Y usted, señor mío, si a usted le dieran la oportunidad de vivir su vida otra vez, quién le hubiera gustado ser?
            --Pues tú, Sancho, me hubiera gustado ser Sancho Panza, un buen hombre que se atrevió a creer en la locura de otro hombre porque sí, sin más esperanza y herencia que ser gobernador de una isla que no existe.
            --Pues entonces estamos a mano, amo y señor mío, nuestras vidas están cumplidas y nuestros destinos realizados, creo yo.
            --Así es, Sancho, así lo quiso nuestro señor Jesucristo, que es grande y sabio.
            Alonso Quijano dijo esto y después expiró. Sancho tomó el brazo de su amo      –que había permanecido hacía pocos segundos temblando sobre su hombro—  y lo colocó suavemente en el pecho exánime de Don Alonso.
            Cide Hamete, el escritor, y el bachiller Sansón Carrasco los contemplaban a ambos cuando esto tuvo lugar; ellos fueron únicos testigos de las postreras palabras que cruzaron Sancho Panza y Alonso Quijano. Entre Hamete y Carrasco hubo el acuerdo tácito de que tales palabras debían ser insertadas en la novela, pero por algún desconocido percance el diálogo no pudo ser incluido en la edición que el impresor Juan de la Cuesta hizo de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, en 1615.
Mientras se dirigían a hacer los preparativos para dar cristiana sepultura a Don Alonso, Sansón Carrasco preguntó a Cide Hamete Benengeli cuál de los tantos personajes que había creado la febril imaginación del Quijote, y que él había recogido en su pluma, le habría gustado ser.
            --Me habría gustado ser el Caballero de los Espejos, que es justamente el personaje que tú creaste disfrazándote, para divertirte y darle más vida a Don Quijote, ese es un invento genial, te lo aseguro. Por ello te doy las gracias. Fue el único Caballero que logró vencer en batalla limpia a Don Quijote. ¿Y usted, Sansón,  quién le habría gustado ser de entre todas esas fantásticas aventuras imaginadas por Don Quijote?
            --Pues le digo con toda sinceridad que mas bien me hubiera gustado ser un escritor diestro como usted, maestro Hamete, con tanta facilidad para manejar esa pluma, la misma que parecía decir “para mí sola nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido.”
            --Le agradezco mucho su elogio, bachiller, pero me parece que otorga usted más honores a esa pluma que a mi persona —replicó Cide Hamete, sonriendo apenas y al unísono con el bachiller Carrasco, mientras se encaminaban ambos a contribuir con los arreglos del sepelio. Hamete recogió estos hechos y palabras postreros y los mantuvo largo tiempo consigo, atesorados en un manuscrito de pergamino. El mencionado manuscrito fue hallado hace poco en el anaquel de una vieja posada de Madrid, donde un tal Miguel de Cervantes solía pasar largas horas descansando o escribiendo, por aquel año de 1615.