10 de enero de 2015

El retorno de la blasfemia por Jacques-Alain Miller

Jacques-Alain Miller Fuente EOL Postal

El retorno de la blasfemia
por Jacques-Alain Miller

Dicen: "Son unos bárbaros”. Sin duda. Sin embargo ese terrorismo no es ciego en absoluto, tiene los ojos abiertos, está dirigido. No es mudo. Grita: “¡Hemos vengado al profeta Mahoma!”.
A fines del siglo pasado imaginaban que nociones como blasfemia, sacrilegio, profanación, no eran más que vestigios de un tiempo pasado. Nada de eso. Debemos constatar que la era de la ciencia no hizo desvanecer el sentido de lo sagrado; que lo sagrado no es un arcaísmo. Sin duda no es nada real. Es un hecho de discurso, una ficción, pero una que hace que se mantengan unidos los signos de una comunidad, la piedra angular de su orden simbólico. Lo sagrado exige reverencia y respeto. A falta de lo cual se produce el caos. En su momento Sócrates fue invitado a beber la cicuta. En ninguna parte, nunca, desde que hay hombres y estos hablan, fue lícito decir todo.
Excepto en el psicoanálisis, experiencia muy especial, explosiva, que está solo en sus comienzos. Excepto en Estados Unidos, pero la libertad de palabra garantizada por la Constitución se encuentra limitada por un sentimiento muy particular de decencia. Es así que la gran mayoría de la prensa se abstiene de reproducir las caricaturas de Mahoma por consideración al “gran sufrimiento” de los musulmanes. El mismo principio que para lo “políticamente correcto”. El afecto doloroso señala que la libido está ahí en juego. Si lo sagrado no es real, el goce que se condensa en ello sí lo es. Lo sagrado moviliza éxtasis y furores. Se mata y se muere por ello. Un psicoanalista sabe a lo que se expone cuando cosquillea en el otro “el imposible a soportar” (Lacan). Por eso Baudelaire cita a Bossuet, “El Sabio solo ríe temblando”, y asigna a lo cómico un origen diabólico. Ahora bien, ¿qué otra cosa sino la risa fue el principal operador de las Luces? Maistre habla del “rictus” de Voltaire, Musset de su “repugnante sonrisa”. Las doctrinas de la tradición no fueron refutadas, señala Leo Strauss, sino expulsadas por la risa.
Charlie Hebdo era entre nosotros como el testimonio de esta irrisión fundadora. Cabu, Charb, Tignoux, Wolinsky, no estaban destinados a ser de la partida del caballero de La Barre. Desde 1825, nadie trató entre nosotros de restaurar una ley sobre la blasfemia. ¿Cómo es que llegaron a morir como mártires de la libertad de prensa? Es porque universos de discurso separados y estancos hace tiempo, de ahora en más se comunican. Incluso están imbricados, mientras que lo sagrado de uno y lo “nada sagrado” del otro están en las antípodas. A excepción de rebobinar el film de los tiempos modernos deportando a todas partes a los extranjeros, la cuestión –cuestión de vida o muerte– será saber si el gusto por la risa, el derecho a ridiculizar, la irrespetuosidad iconoclasta, son tan esenciales a nuestro modo de gozar como lo es la sumisión al Uno en la tradición islámica.
En cuanto al debate jurídico, es complejo, y ocupa ahora al conjunto de las democracias occidentales (ver sobre este tema el compendio publicado hace tres meses por la Universidad de California, Profano: Sacrilegious Expression in a Multicultural Word). Todos los años desde 1999, se negocia en la ONU sobre el tema, con la iniciativa de la Organización de la Cooperación islámica. En Alemania, en Austria, en Irlanda, hay leyes que proscriben atentar contra lo sagrado. El Reino Unido esperó hasta el 2008 para dejar de proteger a la Iglesia anglicana de la blasfemia. Francia se distingue por el rigor de su doctrina laica. ¿Por cuánto tiempo más? Esto no está escrito. “¡Hey Francia! Tu café se las pica”.1 ¿Qué es lo que verdaderamente quieres más? ¿Conflicto o compromiso?
 Escrito el jueves 8 de enero de 2015, enviado a la redacción de Le Point a las 11 hs.; publicado en el número especial el sábado 10 de enero
 
Traducción: Silvia Baudini
Fuente EOL POSTAL
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