22 de diciembre de 2014

Rogelio Guedea- Minificciones- Nueva Zelanda.




Rogelio Guedea


Rogelio Guedea Minificciones

Buenos hábitos



El vecino de al lado construyó una pequeña cerca de alambre recosido hace poco más de dos años. Yo vi cuando llegó una tarde en su pequeña camioneta, bajó con un remolcador el rollo de alambre y lo arrastró hasta los límites de mi propiedad. Desenrolló la malla y la colocó entre dos árboles, sobre cuyos troncos clavó sus extremos. La cerca quedó bien tensada, de una orilla a la otra, porque además fijó su base con unas púas de acero. A los pocos días trajo una pequeña planta, que sembró justo en medio de la cerca. Era una enredadera. Esa mañana, al verme pasar por el corredor lateral, el que comunica mi jardín exterior del interior, me detuvo para decirme que no tuviera reticencias en cortar las ramas que obstruyeran mi jardinera o incluso aquellas que se extendieran hasta mi barda. Le dije que no se preocupara, que yo haría lo propio, de haber necesidad. Luego hablamos de los muertos recientes, sobre todo de la vecina de enfrente, arrancada inesperadamente de la vida por un cáncer inmisericorde. No había dejado hijos chicos, pero sí un marido que nadie sabía cómo iba a sobrevivir sin ella. Nos despedimos quedando en que tomaríamos el té apenas acabara la temporada de lluvias. Los meses pasaron y la enredadera crecía, con sus tentáculos de azúcar. El vecino la iba dirigiendo. La podaba y recortaba sus lianas, que se asían a la malla ciclónica. La enredadera se extendió hacia un lado y hacia otro, en dirección a los árboles, con las ramas tupidas de hojas. Hace unos días salí y vi la cerca completamente poblada por la enredadera. Una enredadera frondosa, como un algodón de nieve. ¿Qué habría pasado si no hubiera tenido esa cerca? ¿qué habría pasado si las manos del vecino no hubieran dirigido sus ramas hacia uno y otro extremo? Algunos hijos son enredaderas, pensé. Pequeñas plantas que uno siembra al pie de uno mismo para que crezcan y se enreden en la vida. Ocupan de nuestras piernas, de nuestra espalda, la guía de nuestras manos, para escalar, y entonces suben, suben hasta rasgar el cielo, por nuestro cuerpo. Nuestra cabeza es la tierra en la que están hundidas sus raíces. Pero sus alas ya no nos pertenecen.


Malos hábitos



Desde que compramos el coche, y de eso ya hace por lo menos un lustro, mi mujer empezó a ponerle el freno de mano cada que lo estacionaba, no importara si lo estacionaba en un lugar plano, en una colina hacia arriba o en una colina hacia abajo, o incluso en el cajón que tenemos por cochera. Cada que lo estacionaba le ponía el freno de mano, siempre, lo que a mí me sacaba de quicio. Hace poco, durante el chequeo semestral, el mecánico nos dijo que el freno de mano estaba por vencerse y que si queríamos pasar la próxima revisión teníamos que cuidarlo. Reclamé a mi mujer que eso se debía a que ella ponía siempre el freno de mano, aun cuando fuera innecesario. Mi mujer no estuvo muy convencida, pero como vio que yo empezaba a perder la cabeza prometió sólo poner el freno de mano cuando la ocasión lo ameritara. No pudo. Siempre que lo estacionaba volvía a poner el freno de mano, aun en las planicies o en las banquetas donde podía asegurar las llantas, poniéndolas contra el machuelo. No lo puedo evitar, decía. Y yo veía que así era. No lo podía evitar. Lo hacía instintivamente. Me vi en la necesidad, entonces, de coger cinta negra y sujetar el freno de mano a una barra metálica que salía del asiento, atenazándolo fuertemente. Los primeros días mi mujer siguió intentando poner el freno, pero su mano se encontraba a medio camino con la cinta negra y desistía. Al cabo de unas semanas pudo por fin olvidarse de que el carro tenía, incluso, freno de mano. Podía conducir, estacionarse, bajarse el coche, subirse, volverse a estacionar, y ni por la cabeza le pasaba que el carro alguna vez tuvo freno de mano. El enredijo de la cinta negra, entonces, ya no fue necesario. Aunque lo había leído en los Pensamientos, de Marco Aurelio, cuando habla de que hay que ejercitar también “aquello de lo que desesperas”, no fue hasta ese momento que supe lo que era en realidad un hábito, que pueden ser buenos (y se les llama virtudes) o malos (y los conocemos como vicios). Hay que tener cuidado hacia qué lado nos inclinamos cuando empecemos a repetir una conducta obstinadamente, porque una vez adquirida la mala costumbre de hacerla todos los días será como en el caso de mi mujer con el freno de mano: pasarán semanas y tal vez años para arrancarla de raíz. Si es que antes no nos arranca ella a nosotros mismos.



Felicidad

Mi mujer me dijo que jugara “Serpientes y escaleras” con mi hija. Me lo pidió con un simple objetivo: tiene que practicar las sumas. Juéguenla con dos dados, así podrá sumar ambos números. El objetivo me impidió rehusarme. Había que contribuir en algo, y más si se trataba de la educación de mi hija, lo único que puede salvarla del desamparo. Además, jugar “Serpientes y escaleras” seguro me traería recuerdos gratos de algún pasado infantil. Ya lo saben: las escaleras suben y las serpientes bajan. Saqué los dos dados mientras mi hija acomodaba el tablero sobre la mesa., luego de haber comido un filete de pescado con una enorme papa cocida. Mi mujer limpiaba la cocina, allá al fondo. Mi hijo tenía metida media cabeza en el computador y media cabeza en una tarea de ciencias. Yo tenía media cabeza en el juego de “Serpientes y escaleras” y la otra mitad (la que utilizo para escribir) seguía pensando en un verso (casi) imposible de traducir. Un verso perteneciente al bello poema de Vincent O’Sullivan titulado “Hojas”. El sonido de los dados arrojados por mi hija me trajo a la realidad: ¿cinco más cuatro?, pregunté, pues ésa era la encomienda. Mi hija contó con los dedos una, dos veces. Repitió la cuenta. Diez, dijo. No, nueve, se corrigió. Cogió su ficha y avanzó nueve casillas. Cogí los dados y los arrojé. ¿seis más tres? Nueve, dijo mi hija. Y así. Más tardábamos en avanzar que en lo que caíamos en una cabeza de serpiente, lo que hacía que bajáramos tres, cinco y hasta siete filas. Y lo mismo hacia arriba, con las escaleras, que subíamos heroicamente. Pero, pasado un tiempo, mi hija notó que no lográbamos llegar a la meta final, por más que lo intentábamos: más tardaba en alegrarse cuando subía una escalera que en irritarse cuando caía en la boca de una serpiente. Además, se quejaba de su fatal destino, pues descubrió en el tablero diez serpientes y sólo nueve escaleras, lo que le parecía un sinsentido. ¿Tú crees que esto sea justo, papi?, dijo visiblemente exasperada, aplastando de un manotazo los dados contra la mesa. Habría querido decirle que por supuesto que no, que no era justo que hubiera más mal que bien, pero sé que de haberle contestado de esa forma vendrían preguntas para las cuales no tendría respuestas, así que me limité a decirle que lo más importante del juego no era llegar hasta la cima, ni siquiera –y esto se lo dije cuidando que no me escuchara mi mujer- aprender a sumar, sino sólo divertirse, pasar un buen rato con los papás, los hermanos o los amigos, gozar las subidas y sacar lo bueno de las caídas, y nada más. Como en la vida.