18 de diciembre de 2014

Cecy Eudave - Minificciones-Para viajeros improbables - Mexico.




           



 Para viajeros improbables

            Cecilia Eudave
              
            Miembro fundador de la
            Alianza de Editoriales Mexicanas independientes (AEMi)
            www.aemi.com.mx
            D.R. © 2011 Cecilia Eudave
            D.R. © 2011 Arlequín Editorial y Servicios, S.A. de C.V.
            Morelos 1742, Col. Americana,
            44160, Guadalajara, Jalisco.
            Tel. (52 33) 3657 3786 y 3657 5045
            arlequin@edicionesarlequin.com.mx
            www.edicionesarlequin.com.mx
            iSbn 978-607-9046-25-5
             La presente colección de textos es una recopilación de todos los cuentos breves o brevísimos que he escrito en el último decenio.
             Desde hacía un tiempo deseaba reunirlos a todos en un solo volumen. Algunos de ellos vieron la luz por aquí o por allá en revistas o proyectos específicos para Europa o México, otros tantos son totalmente inéditos y los fui entretejiendo entre los existentes.
             Espero que esta ruta de minimalismo histórico, de apócrifas expli-caciones, de rutas y países no trazados, de animales, de prodigios físicos y mentales, agrade al lector, porque finalmente es la bitá-
             cora de un imaginario que se construye y deconstruye en lo lúdico de nuestra infame y sorprendente naturaleza.
           
            Países que debo visitar algún día
            Ssean: el país miniatura
            Su luna de miel no fue un largo escalofrío, sino un pro-longado grito. Así lo sintió Carlota, pues no podía creer que Marcial le cortara la mano. Ella debió desconfiar de él cuando le confesó su secreto, cuando le dijo que no sólo era la reina de su corazón, sino soberana del país Ssean, herencia de una abuela gitana que al morir le entregó las líneas de sus manos. En ellas venía este territorio lleno de acantilados y de tierras fértiles, cuyos habitantes impercep-tibles a la vista vivían y gozaban de la buena fortuna.
            Marcial se compró un microscopio y comprobó asom-
            brado la historia. Sobra decir, pero lo diré, que quedó fascinado. Por las noches, cuando Carlota esperaba otra cosa, él, con la paciencia de un avaro, sólo hacía una revi-sión de sus bienes e investigaba el posible aumento de sus posesiones miniaturas. Se creía ya el rey de tan minúscula población. Esto a los habitantes no les pareció para nada una buena idea, porque desde que Carlota lo conoció,
            éste los hacía trabajar jornadas dobles para incrementar sus bienes. Tanto los forzó, que la mano comenzó a hin-charse y le ocasionaba terribles dolores. Carlota sospechó un levantamiento entre sus súbditos, pues resentía en la piel su inconformidad. Sin embargo, tarde era para modi-ficar las nuevas reglas, pues ya se había casado con Mar-11
            cial, quien no se preocupaba por otra cosa que no fuera su mano. Incluso le prohibió ir a la oficina, le inmovilizó el brazo y la metió en la cama a la fuerza para que sólo reposara y dejara a sus esclavos —porque así veía Marcial a los Ssean— trabajar.
            Harta de la situación, decidió darlo en herencia —sólo
            así se trasmitía este país— a su sobrina. Quería recuperar su vida de plebeya, dejar de lado la frivolidad de ser una reina, y recuperar a su enajenado príncipe consorte. Mas él montó en una cólera absurda. Carlota no comprendía
            tal aberración, ¿de qué sirve poseer un país tan minúsculo en el cual jamás podrían habitar? «Pues porque es mío,
            bueno, de los dos. Somos amos y soberanos de toda esa
            tierra y de la gente que la habita. Así que tú tranquilita, nada de heredar lo nuestro». ¿Lo nuestro? Pero, si era suyo, y aunque estuvieran casados por bienes mancomunados,
            él no tenía ningún derecho sobre su país. Se lo dijo. Y él le cortó la mano, se la llevó con él, aún pendiendo del dedo el anillo de bodas y colgando de la muñeca el brazalete de diamantes que le regaló cuando se comprometieron.1

 1

 

            El país miniatura ya no existe: después de que Marcial cortará la mano de Carlota, comenzó a secarse todo el territorio, ahora se le puede ver en el museo de Altas Curiosidades de México donde se exhiben sus ciudades en calidad de ruinas.
            12
            Kay: el país de los apostadores
            Tenían un país y se lo jugaron. Lo perdieron… ahora Kay ya no existe. Pero sí los kayanos, a quienes se les puede ver regados por el mundo, añorando su tierra, con el cubilete en la mano, con la baraja, con las fichas en los bolsillos; lloriqueando frente a una mesa de billar, detrás de una máquina tragamonedas, frente a una ruleta; suspirando
            de lo más tristes entre galgos y caballos, entre partidos de futbol y baloncesto, apretando las boletas que equivalen a la libertad.
            Hace mucho que perdieron su patria, era de espe-
            rarse, en un arranque de adrenalina colectiva se lo jugaron todo, literalmente todo, su país se esfumó de la noche a la mañana, sin guerras, sin intervenciones, sin desastres naturales. Bastó una mano de póker, una tercia de ases, ni siquiera más, para arrebatarles el paraíso. Pero son buenos perdedores, eso exige el código civil de los kayanos: «saber perder es la mejor ganancia». Y así, sin nada de nada, se lanzaron a recorrer el mundo en busca de suerte, de buena fortuna, de pequeños refugios para apostar. Las Vegas es su santuario, los casinos sus iglesias; si se encuentran se saludan o se prestan, ningún kayano puede dejar de jugar, es la ley de su vida, su único fin es hacer dinero.
            Entre ellos no hay diferencias, los que ganan más son igua-13
            les a los que ganan menos y a los que nada ganan, pues
            de cualquier manera son extranjeros. Su única pertenen-
            cia es saberse acompañados en la desdicha del destierro.
            No se les juzgue mal, ellos sólo saben que el futuro ya no existe, el pasado es puro olvido, y el presente es lo único que hace historia cuando tiran los dados sobre la mesa y escuchan los aplausos que les brindan cuando ganan.
            14
            Otur: el país de los inexistentes
            Es inexistente para aquellos que quieren habitar donde se habita. Pero, para aquellos que saben que no están donde deberían es una realidad. Otur, país de los inexistentes, es una burbuja de cristal en el cerebro de los escapistas y de los suicidas.
            15
            Elzir: el país de los enigmas
            «Guarde tu corazón el secreto que no existe. Sea evidente lo que ocultas y así sabrás llegar a Elzir». En el museo de una ciudad perdida Acá de Este Lado del Mundo se
            encuentra esta inscripción, único vestigio conocido de
            una inmensa región llena de enigmas. Zona cuyo lenguaje son los acertijos, las encrucijadas y lo oculto. Es tan antiguo como el fuego mismo que les robó Prometeo y que
            entregó a los mortales. Se piensa que es un país de dioses hastiados de no hacer nada más que contemplar el des-tino manifiesto de sus creyentes. Se cree que estos dioses se dedican a inventar tonterías útiles e inútiles para des-quiciar la mente de los hombres. Se supone un propósito turbio en las locas invenciones de estos seres que dan la luz para que vivamos entre las sombras.
            Pero siempre existen los inconvenientes, y Elzir cuenta con uno, nadie sabe quién lo designó —eso también es un enigma—, volviéndolos esclavos de sus esclavos. Este insos-pechado país ha ido perdiendo compostura y terreno cada vez que los hombres van descifrando algún secreto conce-bido por los habitantes de estos parajes; quienes a pesar de poseer los secretos de la eternidad, de lo infinito, no dejan de improvisar a diario algún acertijo, pues temen desaparecer cuando el último enigma sea descubierto...
            16
            Tabi: el país de lo inestable
            Cuando te levantas por la mañana lo único seguro que
            tienes es el rostro. Ni tu nombre sabes, ni tu nuevo oficio, profesión u ocio. Sales de la casa donde dormiste, o desayunas con quienes en esos momentos son tus hijos, pero
            para el día siguiente, quizá no poseerás ni mujer ni niños, ni perro ni casa. El otro día se convierte siempre en un estrepitoso escalofrío, pues ya no tienes a los mismos
            amigos ni al mismo jefe. Ya no te llaman por el nombre
            de ayer ni eres indispensable para quienes el día anterior te amaban. Así es vivir en Tabi, un constante renacer en el mismo cuerpo que también cambia porque te haces viejo
            y, al final de la jornada, ni siquiera sabes qué idioma hablarás ni en qué región de este viajero país vas a habitar. El único norte, aquí, es un río, que por un motivo descono-cido, siempre divide en dos el territorio.
            Sólo existe una ventaja para los tabianos: no viven de
            recuerdos...
            17
            Estiepen: el país de las serpientes
            Parecen humanos y acaso lo son, a no ser porque mudan
            de piel y pueden ser jóvenes siempre. Son descendientes de las serpientes que al principio de la historia se arras-traban por los suelos y se enredaban en los árboles. Con el tiempo comenzaron a erguirse, a inventarse sus extre-midades, a copiar las maneras de los hombres que las
            mataban y les gritaban traicioneras. No todo lo que repta se humilla y por ello se levantaron de la tierra. Con esto demostraron que su veneno no es tan ponzoñoso, ni tan
            verdadero, como el que se destila fuera de su patria, ahí, donde habitan los que no pueden mudar sus manera y sus
            costumbres...
            18
            Sertar: base espacial
            para experimentos emocionales
            Sobre la extensa superficie de un planeta localizado a unos 200 años luz de la tierra, quedan los restos de lo que fue Sertar. Su descubridor y único dueño fue el doctor Castro, quien —tras meses de búsqueda— encontró el lugar ideal
            para instalar sus cristales recolectores de emociones. Se decidió por este planeta porque a cierta distancia, y mientras se acercaban a su órbita, esa masa inmensa recubierta por una tenue bruma gaseosa parecía un enorme cristal
            que respiraba acompasadamente, con una tranquilidad
            espantosa y única. Se estremeció, su corazón latió inmen-surable, y se dijo: «aquí será Sertar».
            La construcción del complejo fue veloz y sin contra-
            tiempos, pereciera que el sitio estaba destinado a recibir las emociones con una resignación pasmosa. Quizá porque la intención del doctor Castro era, en un principio, pura y desinteresada, pues intentó desterrar de los humanos
            la tristeza, la ira, la venganza, la soledad, la ambición, la melancolía, la envidia, el dolor... Pero olvidó que para cada cosa existe su opuesto y si erradicaba una su contra-parte también se esfumaba. Se lo advirtieron los teólogos, los filósofos, los literatos y los matemáticos: «¿Qué pasará con el espíritu humano sin la culpa, sin el remordimiento?
            ¿Acaso podremos hacer cualquier cosa, desligar la emo-
            19
            ción y perder toda ética? ¿Quién podrá leer y escribir
            sobre el hombre sin tocar lo más bello y lo más abyecto?
            ¡Imposible buscar una ecuación que libere la adrenalina cuando se encuentra la respuesta!» Pero Castro, como
            hombre soberbio y de ciencia, negó cualquier contradic-
            ción en su proyecto, y se obsesionó con la tarea de borrar esas emociones del ser humano, creyendo así hacerle un
            bien a este planeta. Sus experimentos al principio tuvieron éxito, pues los aplicó a casos extremos en pacientes esqui-zofrénicos, paranoicos o en enfermos terminales, donde
            el dolor, la desesperación y la tristeza fueron extirpados y depositados en un cristal. Sin embargo, poco después, la base Sertar fue invadida por asesinos, emperadores,
            gobernantes, políticos, usureros, policías, traficantes, ricos mandatarios, empresarios, reyes y caciques que querían
            eliminar ciertas emociones incómodas en sus vidas. Castro aceptó erradicarlas privado de toda lógica, viendo sólo el éxito de su programa. Poco a poco, la tierra se convirtió en un lugar vacío, donde a cada acto injustificable, en vez de poner remedio, se optaba por eliminar las emociones.
            Así, lentamente, como una humedad perniciosa, los cris-
            tales de Castro acabaron con la humanidad, y dejaron en su lugar autómatas de carne y hueso que sólo vivían para comer, dormir y trabajar, bajo cualquier condición, bajo cualquier abuso...
            20
            Hui-Chii: El país de las cosas perdidas
            No figura en los mapas convencionales, es decir, en aquellos que uno puede encontrar en las tiendas, en las paradas de algún alto, en la guantera del coche, en la casa.
            Ahí no está, porque no lo verán como no ven las cosas
            que perdemos. Así perdimos a este país, pensando que
            estaría donde siempre, siempre. Y no, se nos olvidó que es un territorio cambiante, voluble y caprichoso, pues sus pobladores están hartos de que vayan a parar a sus tierras y ciudades las cosas perdidas de nuestros países existentes. Y
            si los acusan de caprichosos y altaneros, es porque a veces extraviamos la importancia que estos seres tienen, mante-niendo un país que se atiborra de las cosas que irremedia-blemente perdemos: los sentimientos furtivos, el adiós de las parejas, el final de la faena entre dos amantes, el cariño de los hijos que cuando crecen pierden los padres. Y qué decir de la falta de confianza, que uno mismo deja por
            ahí, en cualquier lado, y va a parar allá, creando hombres fuertes y seguros, pues lo perdido aquí, allá se encuentra.
            Por ello las arcas de las ciudades están saturadas, porque si alguien pierde una joya, allá aparece, si un hijo ha des-aparecido, una madre de Hui-Chii lo parirá, si se esfuma tu trabajo un ciudadano de ahí se dará a la tarea de recu-perarlo para sí inmediatamente, si desaparece la suerte 21
            o la fortuna la localizarán y con ella se pueden construir nuevas escuelas y jardines para los niños perdidos.
            Pero no todo es alegría, aunque sí abundancia. A veces
            caen por sus latifundios tristezas, fiebres y males, guerras y desastres, mas el pueblo se solidariza y ayudan a quienes las encuentran a llevar con dignidad lo encontrado.
            Hay quienes acusan a este país de llevar mal su nombre, deberían optar por ser el país de las cosas encontradas.
            Pero como se ha perdido la lógica y la sensatez, dejan esas pequeñeces de lado. Van orgullosos de ser nativos de tan prolíficas tierras, y son sumamente capitalistas, pues saben con exactitud que se pierde más de lo que se encuentra.
            En Hui-Chii la armonía está de moda, y sus habitan-
            tes viven en infinita paz, pues los países existentes las han perdido por ahora. Y como carecemos de mapas sensibles, buscar el camino para llegar a estas tierras y recuperar-las será una ardua labor. Además, traemos la soberbia de quien cree que sabe lo que busca, y así, nunca llegaremos a este país, ni por cielo ni por mar, ni por tierra, porque para habitarlo lo mejor es perderse.
            22
            Obú: el país de los objetos
            Eran apenas un lunar en el mundo. Ahí estaban ricos y
            poderosos los obuenses. La envidia que desataban en el
            resto de los mortales no fue motivo de su extinción, sino la riqueza desmedida. ¿Cómo? Se los tragaron los objetos.
            Sí, uno puede pensar que un televisor es inofensivo, pero,
            ¿diez mil? Uno puede creer que las licuadoras y las estu-fas son muy útiles; pero, ¿miles de ellas reunidas en un lugar que es apenas un lunar en el mundo?, sin contar
            los millones de cubiertos y destapadores —los obuenses
            tenían fama de borrachos, imagínense las cantidades
            exorbitantes de botellas—. Y qué decir de radios, compu-tadoras, hornos, muebles, autos, zapatos, ropa y cosas y más cosas, útiles o inútiles, siendo remplazados cada vez con mayor velocidad. Los basureros —porque ante tanto
            dinero reciclar no va con el estilo de vida— eran enormes y limpios, no había ahí desechos, sino desperdicios. Los turistas no iban a Obú a visitar su maravillas naturales o sus monumentos históricos —que en realidad no tenían,
            ya que vivían en una remodelación eterna—, sino a mirar aquellos enormes basureros llenos de objetos que clama-ban venganza, y que cada vez se extendían más, cubriendo los montes y los valles de tan pequeño país.
            23
            Así acabaron, sin darse cuenta, sin sentirlo; los fueron cubriendo poco a poco, los sepultaron como lava metá-
            lica y plástica. Los asfixiaron. Ninguna nación pudo hacer nada, los obuenses eran soberbios y pensaron que podían controlar sus objetos. Imposible, acabaron devorados.
            Ahora, a ese lunar del mundo se le puede visitar desde
            los cielos, es fácil distinguirlo, pues parece un enorme e irregular espejo que condensa millones de objetos hoy
            silencioso y sin uso...
            24
            Sobre las ciudades invisibles
             para Iveett Eudave
            Durante muchos años vagué por infinidad de lugares bus-
            cando las ciudades invisibles. Compré todos los volúmenes existentes en sus variantes y formas. Aprendía varios idiomas. Me volví diestra en historias de invisibilidades, y nada.
            De aquí para allá con mi obsesión a cuestas. Hasta que
            un día salí temprano del hotel donde me hospedaba para
            hacer mi caminata matinal y… tropiezo con un, ¿muro?,
            ¿muralla?, ¿pared? ¡Cómo saberlo, era invisible! Entonces, hice lo que tenía que hacer: me di la vuelta y me marché de ahí para siempre, no fuera aquello cierto, y no tuviera ya un motivo de búsqueda en la vida…
            25
            Apócrifamente hablando
            Sirenas de mercurio
            Durante los siglos x i x y x x las sirenas fueron duramente cazadas por los hombres. Cuentan que una noche el barco Perséfone cazó cerca de una docena. Curiosamente, no
            se les buscaba como fenómenos de la naturaleza, pues
            ya existían en la imaginación humana nuevas y podero-
            sas bestias más apetecibles para la pesadilla. Tampoco las cazaban por su voz, que podía ser robada y transferida a la garganta de una mujer en parto. Ya habían dejado de
            construir peceras gigantescas para contenerlas y exhibirlas, y también prescindieron de sus servicios como cocineras, según se cuenta en el libro Las puertas de Casiopea.
            Entonces se les apreciaba en el mundo del comercio por
            su carne afrodisiaca. Bueno, por lo menos la de la cola, con la que se solía hacer un caldo delicioso que al dárselo de comer a las mujeres provocaba en ellas tal desenvol-tura, tal desinhibición sexual, que los hombres enloque-cían mientras duraba el efecto del potaje.
            Por esta lujuria humana murieron miles de sirenas al
            ser cercenadas de la cintura para abajo; algunas, las menos
            ¿desafortunadas?, quedaron condenadas a andar en unos
            terribles y lastimeros carritos de madera donde cargaban sus cuerpos mutilados con los senos al aire y sus largas cabelleras sucias; portaban, además, un letrerito que decía: 29
            «una moneda para esta pobre sirena». Así vagaban por los puertos, mientras que sus hermanas esquivaban cualquier cantidad de penurias y arriesgaban sus colas para observar la tristeza de sus congéneres y lanzarles algas para que se alimentaran. Hartas, decidieron vengarse. Los tiburones de los mares orientales les aconsejaron vivir en sus aguas y atascarse el cuerpo de mercurio, porque sabido era que esos mares están contaminados por la nueva industria. Sus cuerpos, así, se convertirían en veneno mortal para los hombres. Ellas siguieron el consejo con la ilusión de asesi-nar a su raptor a pesar de su propia muerte, reivindicando a sus hermanas.
            Pero cuando una sirena cayó en las redes de un mortal
            y fue cercenada de la cintura para abajo, pasó algo que ellas no consideraron ni esperaron: la cola saturada
            de mercurio buscó de nuevo unirse con el dorso; hasta
            lograrlo. Una y otra vez se repitió la operación, y una y otra vez el cuerpo se reintegró. Los hombres quedaron
            maravillados de esta nueva condición fantástica en ellas.
            Ahora, las sirenas atrapadas son objeto de la mutilación perpetua en las carpas dominicales de las ciudades y los puertos…
            30
            Ojos cíclopes
            En la antigüedad, antes de que naciera la razón tal como la conocemos ahora, es decir, menos seria y sin mal
            aliento, los sabios y sacerdotes del mundo latino creían que el único ojo del cíclope era divino. Una instancia más poderosa que la humana los había hecho singulares al
            otorgarles la visión del futuro, que en realidad sólo tenían la capacidad de saber cuándo y dónde morirían, cosa
            que al cíclope no le era muy grato. Cuentan que desde el nacimiento, al abrir por primera vez ese impresionante y gigantesco ojo, su vida se revelaba de golpe, obligándolos a arrojar una lágrima roja, que la madre custodiaba celosamente en un frasquito azul, para entregarlo a su hijo al llegar a la adultez.2
            Los hombres, que siempre aparecen para traer con-
            sigo ciertas calamidades —que le son natas, no se ator-
            mente—, pensó que si poseía el ojo del cíclope podría
            saber el futuro, el suyo, el de los otros. Usted sabe que no escuchamos nunca y a pesar de que algunos humanos
            menos necios advirtieron que sólo les servía a esas bestias 2
            no se tienen datos de cuándo los cíclopes llegaban a la mayoría de edad. Se cree según Calza de la noche, notable investigador de lo improbable, que estos seres no conocían como nosotros la tres edades del hombre. Por lo cual se harían mayores cuando les viniera en gana.
            31
            lastimeras, resultando más una maldición que una bendi-
            ción, no hicieron caso. Comenzaron a desojar a estos apa-cibles seres. Luego les dio por disecar los ojos para usarlos como amuletos. Más tarde les aplicaron una capa de oro
            para incrustarlos en sus templos. Los encerraron en trián-gulos o los dejaron reposar sobre manos abiertas pintadas en las puertas de los santuarios. Y ahí iban los hombres con la esperanza de encontrar en la mirada del cíclope el sentido de su vida. Nada. Pero insistían, y así acabaron con la etnia de los cíclopes que se apagaron uno a uno con su lágrima roja, ciegos y de frente al futuro.
            32
            La conquista de Gripia
            Como una condición en nuestra naturaleza salimos de la
            casa materna llamada en ocasiones patria, y nos lanzamos al mundo a conquistar, en el nombre de esta madre, territorios que también, resulta, son madres de otros. Y bajo esta premisa fue tomada la isla de Gripia. Sobra decir, habi-tada por un pueblo llamado los agripianos, que a pesar de ser seres con cabeza de pájaro y cuello retorcido sobre su cuerpo de humano, con unas piernas descomunales que
            les concedía la altura de dos metros, pacíficos y vegetaria-nos, fueron brutalmente desalojados por nuestra especie.
            Al llegar el capitán Wilson a esas tierras observó a estos seres horriblísimos a sus ojos, diferentes en maneras, en costumbres, y por ello no dudó en que eran bestias y no seres con alma. Los traductores del rey de la isla conocían a la perfección su dialecto y trataron de hacer razonar a Wilson, insistiendo que cada cual nace como nace y las
            diferencias no son sino externas, pequeñas discrepancias en la constitución física. «Nada de nada, yo no tengo pico, ni las piernas tan largas», dijo, pues para él la razón está dada por la estética de la belleza del reflejo especulado.
            Y que les arma una guerra donde los pobres agripianos
            quedaron en desventaja. Fueron masacrados. Los menos
            espantosos —es decir, los que se parecían más al capitán y 33
            a su tripulación—, fueron puestos en una balsa y lanzados al mar como un signo de misericordia. «Moriremos ahogados o víctimas de los tiburones, no nos haga eso», supli-caban los últimos sobrevivientes. «Nada de nada, si tienen cabeza de pájaro, seguro tendrán alas, así que a volar con su fealdad y a piar a otra parte…»
            34
            Un malentendido
            Los astomos —literalmente «los sin boca»— son un pueblo tranquilo que vive —quedan pocos— mayoritariamente
            en las altas montañas de Europa y se alimentan de olores: es natural, no tienen boca. Y si buscaron los lugares más inaccesibles para habitar y desarrollar su comunidad, fue para que sus primos hermanos, los hombres, no tuvieran
            acceso a sus poblaciones. Pero, ¿cuál fue el principio de esta querella que terminó en matanza? Resulta, y esto no está muy documentado —pues los libros donde consta la
            disputa fueron alcanzados por las llamas entre los siglos x i i y x i i i de nuestra era— que fue por un malentendido.
            Los humanos invitaron a los monarcas de los astomos
            a un banquete, estos —que fuera de no tener boca eran
            muy bellos, según cuentan las crónicas de Mandávilla—
            asistieron cargados de regalos, además de finas y exóticas flores. Los humanos se apoderaron sin mucho decoro
            de los regalos, de las flores también, y como los astomos no tienen voz, por razones obvias, y aunque se comuni-can con señas, no pudieron advertirles que las flores eran su comida. Ya hemos dicho que ellos se alimentan de
            olores. Entonces para no parecer descorteses se quedaron mirando cómo se llevaban sus manjares mientras los senta-ban a la mesa. Comenzaron a aparecer carnes y caldos de 35
            deliciosos aromas pero que no podían satisfacerlos, ya que luego de llegados iban a parar a las bocas de sus comen-sales. Lo olores que pudieron pescar al vuelo no fueron suficientes y quedaron medio hambreados. Sin embargo,
            con paciencia escucharon a sus anfitriones, bailaron y trataron de ser buenos convidados. Hasta que se escuchó un grito —en realidad sonó más a un gemido de placer que
            de dolor— y todos acudieron a ver de dónde provenía.
            Encontraron a uno de los hijos de los astomos olfateando la parte baja e íntima de una de las muchachas del feudo.
            «Perverso», le dijeron mientras le caían a palos. Los astomos no entendían muy bien por qué aquel escándalo si el muchacho sólo se estaba alimentando. Sin poder razonar, entre golpes y blasfemias, lograron librarse de los enfure-cidos humanos y sacar de ahí al joven, muy golpeado, pero aún con vida. Después, en el lenguaje de señas que ellos practicaban y recordando el suceso, se arrepintieron de haber llevado al más pequeño de su casta, que siempre se había caracterizado por ser un glotón…
            36
            Deformando la historia
            El mito es una cosa terrible, una etiqueta por la cual
            muchos individuos pasan a la eternidad creándose una
            fama desastrosa. Seguro desde sus tumbas, remotas y olvi-dadas, les da hasta pereza reclamar cualquier cosa, incluso, porque son mito y no leyenda, hasta advertir al lector que nunca existieron. En fin, cosas de esta vida culebra, para ir a tono con el personaje del que se habla: Medusa.
            La historia no oficial —o sea, la verdadera, si no nos
            ponemos relativos—, la sitúa en una lejana comunidad
            de Grecia donde, por desgracia, era la más bella de todas las mujeres de su comarca. Pero como la belleza no viene sola, también le tocó estar repleta de locura. Este inconveniente no disminuía su atractivo, y hombres de todas las latitudes venían a verla con la intención de pedir su mano.
            Ella, por supuesto, abstraída del mundo, sólo se limitaba a reír. Cuentan —rumores de la historia, he dicho— que
            Medusa les advertía sobre su cabellera llena de serpientes venenosísimas, celosas y traicioneras, que nunca le permi-tirían tener varón en su lecho. Y con esa voz, como sacada de un cajón del cielo —todo en ella era una bendición
            de los dioses, menos su razón—, les murmuraba al oído:
            «Si no fuera por las víboras te haría el ser más feliz de la 37
            Tierra, pues es a ti a quien amo». Luego los acompañaba a la puerta y los despedía para siempre.
            Entonces comenzó el mito: los hombres abatidos se
            iban con el corazón petrificado y roto.
            38
            Alta costura
             para Angélica Maciel
            Un dios enojado por el pésimo trabajo de sus costureras, las mandó llamar confuso y atiborrado de cólera. Ahí estaban las tres muchachas asustadas por su porvenir: Cloto, Láquesis y Átropo, vestidas de impecable blanco, quienes frente al gran dios esperaban el castigo con resignación de artistas. ¿Cómo se atrevieron a confeccionar un atuendo vanguardista para un ser supremo conservador? ¡Barbari-dad de novatas! Y las condenó sin piedad a vestir la vida de los hombres…
            Por esa razón, y no otra, ahora bajo sus caprichos de
            modistas celestiales, vamos por ahí portando sus bocetos y creaciones desastrosas, atuendos que por desgracia son los únicos hechos a la medida de nuestras existencias. Y lo peor, esperando —porque la esperanza es nuestro último
            recurso— a que nos toque llevar un modelo excepcional
            y no una mala prueba maquetada sobre sus escritorios…
            39
            Doble naturaleza
            Se pensó durante muchos siglos que los lascivos centauros habían sido erradicados del planeta. En verdad sucedió
            así, en cierto sentido, pues dejaron de existir en el movi-miento, condenados a ser tristes representaciones en cua-dros, grabados o esculturas. Los que fueron perpetuados de esta forma —y son guardados celosamente en libros,
            ilustraciones o museos— no resultaron tan astutos como
            los que optaron por una vida más nómada para seguir
            satisfaciendo sus apetitos. Me refiero a los centauros que decidieron ser figuras de feria para burlar a sus acusado-res. Así, hicieron del subir y bajar en los carruseles un arte, y literalmente dando vueltas por el mundo, acechar con
            sus robustos ojos a las doncellas de diferentes latitudes.
            En ese vaivén aparente esperaban con paciencia a que la jovencita más dulce, casta y buena subiera sobre su lomo biforme para seducirla sin que ella se diera cuenta. Y en la locura del círculo, cada vez más veloz, del carrusel, ante la vista de todos, las hacían suyas. Quizá por eso nunca entendieron los padres por qué sus niñas bajaban con el rubor en las mejillas y pidiendo dar otra vuelta en el carrusel…
            40
            La mirada antigua
            Estudios recientes sobre el libro La genealogía ancestral 3 han establecido la posibilidad, entre otros casos abiertamente manejados en dicha publicación, de que ciertos humanos
            poseen rasgos que no son de naturaleza humana. En el
            apartado de «Progenitores», el autor del texto habla de la existencia de algunas madres, de naturaleza contradicto-ria y rara —que oscilan entre la ternura y la rabia—, que son portadoras de un rasgo antiquísimo y macabro propio de un ser llamado basilisco. Este rasgo es la mirada que paraliza, la mirada que mata; además, si usted no tiene referencias de este antiguo y respetado monstruo, cuyo
            nombre significa «pequeño rey», y por lo tanto en las hem-bras «pequeña reina» —ya va descubriendo las analogías,
            ¿eh?—, lo pone al tanto. Hace hincapié en ello porque
            según se manifiesta —y se ve que es una proyección autoral— es la peor de las secuelas genéticas que puede ser heredada por un humano. Incluso, el escritor descono-cido del libro crea un cuestionario que uno puede aplicar a su progenitora o progenitor —recuerde que el género
            no varía en cuanto al poder de la mirada aunque abier-

 3

 

            Libro ampliamente rebatido y polémico, de escritor anónimo, se presume inglés, que asume que todos tenemos en el clóset de nuestro árbol genealógico a un monstruo milenario o de reciente invención (zombis o raza intergaláctica).
            41
            tamente lo encamina hacia lo femenino, lo que nos hace
            suponer que tuvo una mamá basilisco—. Si le tocó una
            madre o padre con sangre de basilisco, no hay mucho
            por hacer. El texto hace una breve referencia a los espejos como un arma poderosa para aniquilarlos, pues sólo su
            propia imagen los fulmina.
            Sin embargo, no puede ser cualquier espejo, sino uno
            justo a su imagen y semejanza, quizá por eso junto a esta protección recomendada, el texto arroja una frase milena-ria tal vez mal traducida: de tal madre (o padre) tal hijo.
            Cuidado de cruzarse las miradas…
            42
            Habladurías
            Todo comenzó porque nos invitaron a un banquete. Noso-
            tras en realidad salíamos poco y nuestras comidas eran sencillas, sin mucho valor culinario. Como era de esperarse, nos dimos tremendo atracón y nos gustó comer en los festi-nes, por esta razón y no otra, como atribuyen los malos his-toriadores —vaya que la historia es ingrata si no la escriben los protagonistas en primera persona—, tenemos un vien-tre no inmundo, sino voluminoso, que afortunadamente
            cubre nuestra larga y bella cabellera. Fuera de esta panza troglodita somos muy agraciadas, con excelente plática. Y
            como es natural, sí, vamos a cuanta fiesta se anuncia en cualquier lugar que nos parezca accesible. Con los manjares, viene la conversación, de la conversación las novedades del mundo, de las novedades del mundo las malas intenciones de quienes las repiten, de las malas intenciones se hacen los chismes, ¡y de los chismes nos culpan a nosotras!
            ¡Por los dioses de cualquier parte!, si nada tuvimos que ver con las historias de las cortes. A voces se sabía que Helena le ponía los cuernos a Menealo con un tal Paris que luego resultó hermano de Héctor —quien, por cierto, dio un
            banquete divino—, donde las envidiosas de sus criadas
            fueron a despotricar sobre la ligereza de esa reina recién raptada. Para colmo asumen que nosotras ventilamos lo de 43
            Aquiles y Patroclo, y que éste último, para demostrar que no era la doncella de nadie, le dio por hacerse el guerrero y que lo mataron en batalla. ¡Pero si son puros chismes!
            Además nos acusan injustamente de la ceguera de Edipo,
            quien ya se sabía que se acostaba con su madre, y quien para congraciarse con la sociedad le dio por arrancarse los ojos. Luego pues el otro cuchicheo no se hizo esperar, eso de que la pobrecita de Electra le sirviera de lazarillo, ella tan mona, tan en edad de casarse, pues dio de qué hablar, nosotras sólo contamos lo que en otras cortes se murmuraba, que ahora el rey ciego encontraba refugio en brazos de la hija. Esto nos pasa por tragonas, porque nos gusta comer y beber, porque somos comunicativas, sociables y
            atentas. Ahora —aquí imagínenos levantando las manos
            clamando justicia entre los dioses como en los más famosos coros griegos—, cargamos la ingrata pena de ser unas mitoteras que blanden blasfemias por doquier. Y hasta van a creer que nos gusta que a cierto tipo de mujeres —que no nos llegan ni en clase ni en gula— les llamen por nuestro nombre. ¡Qué las níveas manos de Era nos socorran!
            Arpías sólo hay unas, y banquetes reales hay muy pocos.
            Además, las historias ya no son como solían ser antes,
            ahora cualquiera las compra por dos monedas en el kiosco de la esquina, escritas vulgarmente por los devoradores de las vidas ajenas…
            44
            Sirenas mudas
            La tradición cuenta que las sirenas poseen una voz que
            embelese y hace perder la cordura de los mortales. Pero en realidad hoy se ha demostrado —después de destrozar
            las gargantas de cientos de ellas para estudiar sus cuerdas vocales—, que son mudas. No sólo porque durante su cap-tura y cautiverio no emitieron una sola palabra, por más que las incitaron con maltratos e insultos, sino porque no encontraron cuerdas vocales en sus gargantas. El misterio se incrementó aún más porque se sabe que cantan. Entonces, ¿de dónde les proviene ese canto que hizo enloque-
            cer a la tripulación de Ulises?, ¿de dónde esa voz que ha ahogado a miles de seres en el mundo? Las teorías son
            vastas, los resultados pocos. Muchos de los estudiosos de este fenómeno físico sin resolver, junto con un millar de enajenados que se han unido para descifrar el dilema,
            están absortos y obsesionados por resolverlo. De cualquier forma algo está comprobado, las sirenas, mudas o no,
            siguen enloqueciendo a los hombres…
            45
            Sobre dragones
            Hace poco hubo una conferencia sobre dragones. Por
            supuesto yo asistí. Se iba a probar de una vez la inexistencia de estos animales alados, protagonistas de cantidad de historias, motivo de desvelos, de supercherías y de: conferencias. El profesor, especialista en dragonería y otras faunas, comenzó su disertación hablando del animal en cuestión, con sumo conocimiento. Se refirió a él como uno de los pocos monstruos representados constante-mente en las diversas poblaciones del mundo. Habló de
            sus estereotipos, fundamentalmente difundidos por la cultura occidental en su iconografía. Describió sus cualidades más sabidas y temidas: corpulentos con cuatro patas, cuello largo y delgado igual que su cola, alas membranosas como las del murciélago y fauces megapoderosas, de las
            cuales salen terribles lenguas de fuego. Luego mostró una serie de imágenes de dragones alados sacados del Livre des marveilles; otras mostrando un dragón persa, una más evi-denciando su fuerza al destruir a un elefante, según el Bes-tiario de Oxford, y otra muy perturbadora donde el dragón demuestra su papel de devorador, pues de sus fauces
            pende un hombre a medio engullir.
            Nos contó la historia de santa Margarita y su dragón
            de dos cabezas, de los dragones chinos muy respetados y 46
            coloridos todos ellos. Realmente nos abrumó con tanto
            conocimiento, mismo que confirmaba la existencia del
            monstruo, no lo contrario. Finalmente, antes de dar por terminada su charla, dijo: «Ahora, todos aquellos que
            sigan creyendo en dragones favor de abandonar la sala».
            Nadie se movía hasta que un señor regordete y risueño
            se levantó, y salió del lugar. Yo lo seguí. La verdad, tanta información no podía ser sino verdadera. Una vez afuera, él me ofreció un cigarro.
            «Hizo bien en salir señorita. Ahora se va a poner bueno el espectáculo».
            No entendí a qué se refería hasta que vi aproximarse
            a un enorme dragón alado que echaba fuego poderosa-
            mente sobre la carpa donde se llevaba a cabo la confe-
            rencia. Gritos y más gritos. Espanto por doquier, asombro y varios desmayados por el piso fue el saldo de esa maravillosa aparición: además de un espectáculo de luces y
            sonidos estereofónicos que salían del animal e inundaban el cielo. Miré al hombre regordete con consternación al tiempo que lo escuche decir:
            «Hizo bien en no menospreciar el poder de lo imagi-
            nario».
            Apagó su cigarro y desapareció entre el humo espeso
            que comenzaba a disiparse…
            47
            El verdadero origen de la esfinge
            Mi abuelo me contó una noche, antes de que él se fuera
            a dormir para siempre, la verdadera historia del las esfinges. Terminó su avena y se limpió los labios, siempre de un rojo profundo. Luego, con esa voz, como rescatada de un programa de radio que se oye mal, me dijo que la esfinge primero fue una mujer muy hermosa, pero a pesar de su
            belleza no estaba contenta. Entonces convocó a los dioses de todas las creencias para preguntarles sobre la autentici-dad de sus encantos sobrehumanos. Ellos acudieron ante
            ella, pues era de fama sobrada su maravillosa figura y su exquisito rostro. Como buena anfitriona los recibió con sus mejores galas, con los más deliciosos manjares, la mejor música y bebida. Luego, ya media borracha —porque es
            muy malacopa—, se deshizo en llanto y les contó sus penas: su belleza era una maldición más que una bendición.
            Ellos horrorizados escucharon cómo había sido víc-
            tima de los hombres, de cómo ellos le habían hecho tanto mal pues sólo veían su apariencia y no su interior.
            Entonces sucedió.
            Estuvieron en cónclave los dioses un par de horas, y
            sería porque estaban muy bebidos o porque los dioses sólo entienden de espiritualidades que la redujeron a lo que muchos años después de este acontecimiento los egipcios inmortalizaron en el desierto. Sí, le dejaron el rostro de 48
            mujer —porque esa cara exquisita no podía tocarse, sería un pecado, dijo el dios occidental, y también de pasada déjenle los pechos que están por demás perfectos—. Acce-dieron los otros a cambio de que cada cual pusiera lo suyo en lo que ellos consideraron su obra maestra. Así los dioses asiáticos le concedieron alas para que pudiera huir de sus acosadores, mientras que los musulmanes, a los cuales no les quedó más remedio —y tal vez en venganza de que una mujer pidiera tanto— la dotaron de cuerpo y garras de
            león, para que ningún hombre robara sus caricias. Luego siguieron bebiendo y comiendo hasta que se marcharon
            muy de madrugada.
            Ella, por educación, en ningún momento se movió
            de su sitio, por más curiosidad que tenía de ver su nueva apariencia: hasta que los dioses fueron despidiéndose
            uno a uno. Cerró la puerta de su casa, corrió a mirarse en el espejo y quedó horrorizada de su apariencia: «Soy un monstruo», dijo. Comenzó a llorar. En eso salió de uno de los cortinajes un dios diminuto de alguna cultura tribal, que se había quedado dormido y no pudo despedirse al
            mismo tiempo que los otros:
            —¿Por qué lloras ahora, mujer?
            —Mira, soy un monstruo.
            —No, eres un enigma. Se te dio lo que pediste y ahora
            te lamentas.
            —¡Ayúdame!
            —Sí, de ahora en adelante para que lleguen a ti ten-
            drán que descifrarte…
            Luego el dios le besó la garra y desapareció. Mi abuelo, al terminar de contarme la historia, lanzó un carcajada burlona que no supe dónde poner, mientras mi abuela
            enmudecida lo miraba de reojo…
            49
            Minotauro sin laberinto
            Este ser mítico —es decir, que está por comprobarse si en verdad habitó la tierra— vio su fin no a manos del Perseo que, dizque para no perderse, iba dejando un rastro de
            hilo, ¡quién va a creerse eso? No, así no pasó. La otra historia, la apócrifa, cuenta de que fue el Minotauro quien salió del laberinto, al darse cuenta de que ningún hombre iba a buscarlo para arrebatarle la sabiduría. Porque en realidad no era una bestia, sino un ser de sobrado enten-dimiento. Intrigado por ello, salió de su hogar circular.
            Tardó bastante tiempo en salir, se perdió varias veces.
            Cuando vio la luz al final del camino, observó el nuevo mundo —él, además del don de la sabiduría, tenía el de la longevidad—, y quedó horrorizado: guerras y más guerras, hambre y más hambre, armas más sofisticadas y tecnología al servicio de la destrucción. Maldijo sus dones y lo muy resguardados que los tuvo, en vez de compartirlos con las bestias humanas que entonces iban a pasos gigantescos
            destruyendo la Tierra.
            Como era natural, después de flagelarse por tanto
            egoísmo de su parte, quiso compartirlos, pero como ya
            nadie se acordaba de él, al verlo, lejos de respetarlo, de tra-tarle como a un ser mítico, lo mataron de un solo golpe.
            Era sin más, una malformación genética o un clon mal
            nacido…
            50
            Una quimera es una quimera
            Trataron de extinguirlas a como diera lugar. Y como
            buena quimera desapareció. Se hizo escurridiza. Nadie
            pudo encontrarla. Entonces comprobaron que era uno
            de los tantos imposibles creados por el hombre. Luego,
            cuando por fin convenció al mundo de su inexistencia,
            apareció triunfante. Logró su cometido, se volvió inmortal y más real que nunca. Ahora, habitan en los diccionarios del mundo denominadas como: idea falsa o vana imaginación, demostrando que si se les define, son.
            51
            Un buen conocedor
            Me llegó por mensajería una promoción que por el
            precio no debía ignorar. Ofrecían un vuelo internacional redondo, con siete días y seis noches, alimentos incluidos, recorridos gratuitos y ambiente inigualable a la legendaria ciudad de Troya. Sin embargo, a pesar de la maravillosa oferta, rechacé tal propuesta. No me iban a tomar el pelo, pues por ahí me dijeron que las ruinas de la Atlántida
            están más bonitas, y que cuentan con muchas atracciones, así que esperaré mejor a reunir el dinero e irme a bucear entre las falsedades…
            52
            Malos hábitos
            Durante muchos años pensé que era presa de un íncubo
            asediándome todas las noches, posando su pesada mano
            entre mis pechos, haciendo que mi piel sudara en frío
            y se mojaran mis pensamientos. Quién iba a decir —un
            médico, por supuesto— que aquella presión, a ratos insoportable pero llena de sobresaltos, de un quebrantamiento delicioso y de secuelas de rubor matutinas, era producto de mi mala digestión, de mis malos hábitos alimenticios.
            «Cene ligero, camine después», eso y un antiácido eficaz e impertinente.
            Pero como yo nunca he podido llevar a cabo ninguna
            rutina y a los médicos les creo lo mismo que a los curas, sigo con mi apetito insaciable antes de ir a dormir…
            53
            Martha y su bicéfalo
            Ella creyó que si se casaba con un hombre con dos cabezas
            —por aquello de que dos piensan mejor que una— podría
            llevar un matrimonio feliz. Tal vez nadie le explicó que lo mejor era no tener ideas preconcebidas sobre la pareja, pero ella es necia como un mazo de baraja que se repite y nos hace perder la partida. Se casó con ese ser. A la postre Martha enloqueció, pues una cabeza ejercía el control y la otra la manipulación, y como compartían el mismo cuerpo
            —no el suyo, sino el de Martha—, la celaban descontro-
            ladamente. Así Z —nos referiremos a ellas con letras del alfabeto, para mantener su anonimato— le recriminaba
            querer más a X cuando Z se creía la cabeza más buena del planeta. Terminaba llamándola ingrata. Entonces X salía al quite recordándole quién llevaba las riendas de la casa y el sustento también, pues Z sólo tiene cabeza para la diversión. También al final la llamaba ingrata.
            Harta, les pidió el divorcio, se dio cuenta de que dos
            al final son una. Sin embargo, para llevarle la contra, una quiso firmar, la otra no; luego se cambiaron de postura, así hasta el infinito. Pero como Martha es necia como un mazo de baraja que se repite y hace perder la partida,
            se fugó con un troglodita que sólo sabe comer y nunca
            piensa.
            54
            Animales y prodigios
            para algún jardín…
            Sobre la inspiración a base de tintas
             para Horacio Eudave
            La manera de adquirir inspiración es sencilla, nos la ha confesado un comerciante chino que está vendiendo
            monos de tinta en el mundo occidental. Monos invisibles, por supuesto, no se les puede ver sino sólo en su hábitat, asegura el asiático. En fin, usted deja sobre su mesita de noche o sobre su escritorio una o varias botellitas de tinta, en frascos de vidrio —si es cristal qué mejor—, las tapa con un pedazo de tela sedoso y se va a dormir. Si al mono le ha gustado la bebida, retirará suavemente la almohada de su cabeza y se pondrá en su lugar. Es bien sabido que son de piel suave, y su latido pausado dicta a nuestra imaginación
            —que se acompasa a su ritmo—, la historias más fascinantes. Usted sólo tiene que levantarse la mañana siguiente a escribir. Éxito garantizado que ahora viene en certificados de papiro  made in China
            57
            brochetas
             para Karim Eudave
            Mi madre nunca fue buena cocinera. Todo se le quemaba,
            todo. Literalmente vivimos de las buenas intenciones de su desarmado amor, porque nunca pudo erguirlo, por
            lo menos en dirección nuestra. Y en esa necesidad idiota de demostrarle al mundo que nos quería, como una cosa
            natural, nos sentó a la mesa a mí, a mis hermanos, y nos sirvió para desayunar —ya les dije que no tenía ninguna noción en la cocina— su corazón en brochetas, que nos
            tragamos a la fuerza y a todos nos hizo repetir su mal.
            58
            Vendas
            Mi reputación se ha visto mermada por un malentendido
            ancestral. Yo, como momia, no tenía ningún motivo para
            andar por ahí matando gente, asustando al público en
            general, cuando estoy de lo más cómoda esperando la
            eternidad envuelta con exquisitas vendas que recubren mi cuerpo finamente embalsamado. Ah, pero tenían que vio-lentarme, despertarme, y todo por una guerra infame que se libró justo cerca de mi tumba. Guerra cruel, absurda, sangrienta, terriblemente sangrienta, como todas las batallas. Como siempre sucede, se les acaban las vendas, y
            pues a echar mano de la momia de a lado que al cabo está muerta y seguro ya pasó a la eternidad. Cuál, si así fuera no habría momias saqueadas, destazadas, estudiadas, y lo peor, exhibidas en museos, donde además cobran para que la gente vea nuestras miserias, por lo menos ellas sí conser-van sus… Decía, con tanto herido, con la desesperación
            deambulando por cualquier parte, que se les ocurre abrir mi recinto y a pedacitos comienzan a robarse —no puede
            llamarse de otro modo al ultraje— mis vendas. Digo, si una no está muerta, la eternidad es cosa de mucho tiempo,
            una está en espera perpetua, y los bárbaros humanos que siguen enfrascados en su finita idea de gobernar el mundo cuando morirán sin remedio por alcanzar ese poder que
            59
            los obsesiona, incluso antes de tenerlo —es bueno ya no ser mortal, una ya anda en otro nivel, ya entiendes bien las cosas—. Cómo se atreven a quitarme mis vendas… Y pues
            que me enojo, me levanto de la tumba a recuperar lo mío.
            Luego, lo que era de esperarse, terror, espanto, paros car-diacos, gritos… todo eso que acompaña a lo inexplicable, mientras yo a mi paso voy recuperando mis vendas, porque la eternidad me puede encontrar fea, pero no desnuda…
            60
            La cura
            Cuentan que hay una cura para los hombres lobo. Ha exis-tido desde siempre, pero les da pena comentarla a estos seres de naturaleza extrema. Además, no todos los afecta-dos padecen de la condición necesaria para dejar de ser esclavos de la luna, y proclives a correr por donde quiera en busca de cuerpos que destazar para controlar el apetito lunar. Y ese rasgo, esa aflicción que puede curarlos, son los celos. Sí, un hombre celoso, pero intensamente celoso, puede dejar de ser un lobo.
            Los que se han curado de este mal ancestral traído
            desde la antigua Grecia suelen comentar:
            —La idea de imaginar a mi mujer gozando en brazos
            de otro, pasándola los dos de maravilla, mientras yo corro y mato como estúpido por las ciudades, con la imbécil
            idea de alcanzar la luna, me quitó todo apetito… Dejó de salirme pelo, dejaron de crecerme los dientes en forma
            aterradora. Ahora mansamente cuido los niños y la vigilia de mi mujer… No hay peor bestia que la lujuria ajena.
            61
            El sueño del ciempiés
            Siempre me pregunto qué sueñan los bichos. Porque tengo la firme convicción de que todo lo vivo sueña así como es soñado. No tengo una fijación especial con ellos ni tam-poco es que los insectos en su generalidad me repulsen, bueno, en realidad sí, sobre todo los que tienen muchas patas y las pasean por ahí con una agilidad pasmosa, con una velocidad increíble. Quizá por eso cuando vi aquel
            ciempiés deslizándose siniestro por la rama de un árbol muy próximo a mi ventana quedé paralizada. La cerré de
            inmediato y tras la protección del vidrio lo observé tan fijamente, tan absorta, que él giró sobre su largo cuerpo y, lo juro, me miró. Fueron unos segundos de mirada sos-tenida. Él ganó, bajé los ojos, sin soportar más corrí las cortinas y me fui a dormir.
            Soñé entonces su sueño.
            Él era una hombre largísimo que había muerto
            de pronto al caer de lo más alto de un árbol. Él era un hombre riquísimo que tenía muchas esposas y un sinfín
            de amantes. Y él era cargado en hombros por todas ellas que, en procesión, lo llevan a cuestas, listas para lanzarlo a la fosa. La mujer a la cabeza era la más vieja, detrás de ella en orden descendiente las otras. Los ojos de las mayores se clavaron en mí cuando fui descubierta espiando —¿o
            62
            es mejor decir soñando?—. Quise sostenerles la mirada
            pero… justo cuando iba a bajarla pasó algo curioso: todas sonrieron de manera idéntica, todas me mostraron cien
            sonrisas satisfechas y liberadoras, tan embriagantes como venenosas, asustada noté que yo me unía al, ¿gozo?
            Desperté empapada en sudor. Me levanté de golpe,
            corrí las cortinas y busqué afanosamente al ciempiés nocturno. Quizá deseaba sacudirme el sueño que me reco-
            rría intensamente la piel y provocaba un severo ardor por dentro, como si ese bicho estuviera clavando sus minúsculas patas en mi cerebro. Después de unos minutos aban-
            doné la búsqueda, tal vez porque afuera sólo quedaba un aire calmo entibiando la noche.
            63
            La víbora no
            No es una pitón ni una cascabel, ni siquiera coralillo, mucho menos una cobra, es sólo una boca venenosa, su
            poder seductor consiste en llevar la contra siempre. Ha hecho del no, y de su intolerancia a todo, un aforismo que se enrosca en sí como su cola, pero que en realidad no
            llega a morder…
            64
            Hormigas
             para Margarita Baez
            Simón ve a todos pequeños porque él nació excesivamente grande. Así, con ese odio a lo minúsculo, se encargaba de exterminar aquello que no era digno de su tamaño. Y con esa insana manifestación de ser magno, desarrolló un profundo desprecio, sádico y cruel, hacia las hormigas, a tal grado que olvidó sus odios nocturnos sobre otros seres o cosas y se concentró sólo sobre estos insectos. Todos los días las esperaba sentado cerca del refrigerador, regaba un poco de azúcar aquí y allá. Luego, con paciencia, armado de un insecticida en aerosol, las esperaba. Cuando las
            ingenuas aparecían, atraídas por la comida, él les rociaba el veneno hasta empaparlas y las veía morir lentamente
            mientras bebía su cerveza. Si le apetecía un cigarro lo prendía con saña, por el gusto infinito de tirar el cerillo y mirar cómo se encendían por los efectos del insecticida. A veces las ahogaba con una manguerita que mandó hacer
             ex profeso para cazarlas. En otras ocasiones las aplastaba con un matamoscas de tela de alambre muy fina, que a
            su madre pidió confeccionar. Era un disfrute enorme
            verlas ahí cuadriculadas sobre el suelo. Si no tenía ganas de ponerse sofisticado, sólo vertía veneno cruz negra por la casa. Y ya de noche cuando llegaba de alguna reunión de viejos marinos, sus ojos se deleitaban con los cadáveres rojizos, negros y hasta verdes de las invasoras.
            65
            Ellas lo odiaban. Tanto lo aborrecían que debían pla-
            near una venganza. No podían dejar tanta atrocidad sin
            castigo —el rencor mueve hasta a las hormigas—. Y deci-
            dieron atacar lo que él más amaba: su dragón. Simón ado-raba ese tatuaje, ese dragón marino de color verde tifón que se tatúo en Manzanillo cuando trabajó en el puerto en sus años de juventud, cuando iba por el mundo sin anclar bien sus odios. Ese tatuaje le recordaba el mar, la aventura, los momentos más entrañables y felices, ese tatuaje era su pasado. Todos los días se miraba al espejo orgulloso de esa bestia —que conocía todos sus secretos—. Luego le
            aplicaba un poco de aceite o crema para protegerlo, para hacerlo brillar cuando la luz del sol le tocaba la espalda.
            Así se iba a la playa a recoger ostras y cangrejos para abas-tecer a la población donde él vivía, porque ahora era pes-cador. Así que si ellas querían venganza debían invadirlo por la espalda.
            Esperaron con paciencia, guerreras y malditas
           
            —detrás de los botes de cerveza que él bebía a diario después de la pesca—, hasta que Simón cayó dormido por
            el alcohol. Subieron cautelosas por sus piernas y acordo-naron al dragón, que las miraba colérico. La bestia alada quiso defenderse lanzándoles fuego rojo que el primer
            grupo comenzó a devorar con rapidez. Después batió sus
            alas intentando alejar al segundo bando, que atacaba los flancos y comía intrépidamente sus plumas pálidas. Otras tantas, con astucia, se enfrentaron a la cabeza —que él movía inútilmente—, para en avanzada ayudar al resto de ese ejército a hacer suyas las garras. Sin patas se desplomó el cuerpo, mientras la cola agitada no logró desprender los dientes filosos de las enemigas. Dos horas más tarde, sobre la espalda del asesino no quedó ninguna señal de
            66
            aquel monstruo marino, y bajaron contentas, satisfechas.
            Simón se despertó adormecido y las vio amodorrado ale-
            jarse. Como entre sueños pudo distinguir cómo algunas
            cargaban a sus espaldas plumas color verde tifón o garras azules. Mientras otras llevaban a cuestas un ojo, un diente o un trozo de fuego. Pero a Simón esa visión le pareció imposible y, negándola con la cabeza, se volvió a dormir...
            67
            El otro sueño de Gregorio Samsa
            Cuando Gregorio abrió los ojos se descubrió humano otra vez, los cerró y se negó a abrirlos. Nada más de pensar que no era un bicho recluido en el deleite de descubrirse día con día encerrado en ese cuarto; sino por el contrarío, un hombre que tenía que levantarse a diario para ir a trabajar, para mantener a su penosa familia, le pareció la peor de las pesadillas… Conteniendo las ganas de abrir los ojos se mantuvo de ese modo mucho tiempo. Tanto estuvo
            así que sus familiares lo creyeron muerto, pues a pesar de la pataditas y las sacudidas violentas se negó a dar signos de vida. Lo enterraron vivo. Pero seguro, desde ese sueño profundo del que ya no despertará, sonríe complacido de no volver a la rutina…
            68
            La mascota imaginaria
            Mientras miraba el color particular de las jacarandas y tomaba mi té me vino de inmediato un recuerdo triste,
            estremecedor: mi primera mascota. No es que ésta fuera
            malvada o agresiva, todo lo contrario, era una criatura dulce, delicada y extremadamente inteligente —ella me
            enseñó a leer—, con un cuerpo esbelto de color jacaranda, tan delgada que podía pasar por separador de libro. Fue mi mejor amiga, iba conmigo a todas partes, dormía en
            la cama, paseaba en el bolso, jugaba mis juegos, me arru-llaba de noche. Ella siempre vigiló los sueños y mientras estuvo a mi lado jamás osó pesadilla alguna aterrizar en mi cabeza.
            Yo hablaba de ella todo el tiempo y explicaba sus
            maravillosas cualidades, sobre todo cómo con su finísimas manos de dedos largos golpeaba el libro cuando me equi-vocaba en la lectura, o lanzaba un gritito agudo pero delicioso en caso de que invirtiera o cambiara una palabra. Era genial, pero insistían en que era imaginaria. Nadie quería conocerla, todos o se reían de mí o me miraban raro, y
            para colmo comenzaron a insultarme. Al principio no me
            importó, pero con el tiempo me irritaron sus comentarios, era ya la loca que hablaba sola. Entonces pasó lo que tenía que pasar, me enfadé con mi mascota: «¿por qué eres ima-69
            ginaria?», le recriminé, mientras ella me observaba con sus enormes ojos verdes. Luego creo que se deslizó hasta un libro e insistió agitando su cola de lagartija para que lo leyéremos juntas. Sobra decir que me encolericé al verla tan quitada de la pena y yo sufriendo enormidades por
            su culpa. Así pues la tomé con violencia y la metí en una cajita metálica, misma que refundí en lo más profundo de mi clóset. Salí corriendo de mi habitación y no volví hasta la noche.
            Escuché su llanto, creo que tres días o diez noches,
            ya no sé: luego se convirtió aquello en gritos, después en lamentos cada vez más débiles y dolorosos. Yo me tapaba los oídos repitiéndome a mí misma: «es imaginaria, es
            imaginara» mientras sollozaba bajo las sábanas. Con el
            paso del tiempo cesó aquello y yo me fui olvidando del
            asunto. Hasta que años más tarde, estaría yo por partir a la universidad y haciendo limpieza de mi habitación, encontré la cajita en el fondo del armario. Un ligero escalofrío se coló por mi espalda, la abrí apresuradamente. Al ver ese minúsculo esqueleto blanquecino, arcaico como hoja de
            un viejo volumen de historia natural, comprendí de golpe la certeza que intenté ocultar bajo las sábanas: las peores crueldades siempre se cometen por creer tan ciegamente
            en la razón de los otros…
            70
            Un epílogo menos breve
            pero con luna de cocodrilos
            Cocodrilocabezas
             para K.
             a Yvette Jiménez de Baez
            Entró en su habitación aquel hombre oscuro de aspecto
            escurridizo, y sin mirarla, sin decirle nada, dejó sobre su cama un paquete. Una caja color ciruela que por fuera del empaque anuncia: «Trescientas piezas te ofrecen doble
            diversión, arma el rompecabezas y espera una sorpresa».
            Margarita, al terminar de leer, sonríe incrédula. Luego ve de reojo la puerta esperando que aquel ser extraño,
            que no conoce y le pareció sumamente flaco, aparezca a
            reclamar ese rompecabezas que muere por armar y que
            ya asume como suyo. Espera unos segundos, como nadie
            entra, ni su madre ni su padre ni ese sujeto, se dice:
            —Todos los rompecabezas son iguales, ¿éste qué
            puede tener de diferente?
            Vacía la caja, ante ella sale un sinfín de piezas de todos los tamaños, listas para ensamblarse. Una tarde, solamente una tarde, le llevó ordenar el cocodrilocabezas —qué más hacer cuando la fiebre y una enfermedad interminable la atan a una cama impecable y blanca—. Por fin pone las
            últimas piezas. Falta una, la busca en la caja, debajo de las sábanas, nada.
            —Vaya, ni modo. ¿Cuál será la sorpresa?
            Son unos cocodrilos formando un círculo del que
            parecen salir de manera muy ordenada, casi militarmente, 73
            simulando una marcha colegial con su «uno, dos, uno
            dos». Y de pronto los ojos de Margarita parecen desli-
            zarse de sus órbitas: ¡los cocodrilos no parecen salir, están saliendo del rompecabezas! No, debe de ser una ilusión
            por tomar tantas medicinas. Son tres, cuatro, cinco, diez, un montón. ¿Puedes creerlo?, porque Margarita no. Talla sus ojos, una y otra vez, pero siguen ahí, frente a ella.
            Ahora bailan de dos en dos y algunos cantan. Margarita, con algo de temor, se atreve a tocar el lomo de uno de
            los pequeños cocodrilos; éste, al sentir el tibio contacto, le guiñe un ojo con coquetería.
            —¡Ustedes son reales! No puede ser.
            —Sí, de qué te asombras —le contesta uno de los coco-
            drilos.
            —Todo es real cuando te fijas bien en ello —le dice
            otro.
            —¡Hablan!
            Se pasa la mano sobre la frente, seguro tiene fiebre.
            —Oye, niña, ¿quieres que te hagamos un truco? Sólo
            trae un poco de leche.
            No atina si dársela o no. Por fin toma la leche de la
            mesita de noche. La acerca con cautela, la pone sobre la cama deteniendo el vaso con sus manos. Uno a uno se
            zambullen en la leche. Al salir de ahí ya son blancos...
            ¿Blancos?
            —Ahora fíjate bien, vamos a imitar una luna cocodri-
            lada.
            Y comienzan a flotar frente a sus ojos, circulándose en sí mismos para unirse en conjunto y formar una... ¡luna flotante!
            Margarita siente un mareo, como si alguien le rom-
            piera la cabeza. No puede ser cierto lo que mira, y mien-74
            tras lo piensa, los cocodrilos se dan tremendo cocodrilazo contra la caja porque súbitamente entra la mamá de Margarita.
            —¿Ya terminaste de armarlo?
            Ella no puede contestarle, las palabras se le atoran
            dentro de la garganta, no le salen de tanto asombro.
            —Déjame verlo… Qué bonita luna de cocodrilos...
            ¿blancos? ¿Qué no deberían ser verdes?
            —Sí, mamá, pero éstos se acaban de bañar en leche.
            —¿Leche? Qué imaginación la tuya.
            Y abandona la habitación cerrando la puerta. Marga-
            rita queda de nuevo sola y mira cómo los cocodrilos se
            unen de manera inusitada para formar con sus pequeños
            cuerpos la cabeza de un cocodrilo mayor.
            —Oye, niña, ven, acércate, ¿quieres que te hagamos
            un último truco?
            Asiente perpleja y se aproxima.
            —Estás muy lejos.
            Y ella se acerca más. La cabeza del cocodrilo abre sus
            fauces y ¡zas!, se la traga sin ningún esfuerzo. Después caen sobre la cama, ahora sí, las trescientas piezas.
            75
            Para viajeros improbables
            Países que debo visitar algún día
            Ssean: el país miniatura
            11
            Kay: el país de los apostadores
            13
            Otur: el país de los inexistentes
            15
            Elzir: el país de los enigmas
            16
            Tabi: el país de lo inestable
            17
            Estiepen: el país de las serpientes
            18
            Sertar: Base espacial para experimentos emocionales
            19
            Hui-Chii: El país de las cosas perdidas
            21
            Obú: el país de los objetos
            23
            Sobre las ciudades invisibles
            25
            Apócrifamente hablando
            Sirenas de mercurio
            29
            Ojos cíclopes
            31
            La conquista de Gripia
            33
            Un malentendido
            35
            Deformando la historia
            37
            Alta costura
            39
            Doble naturaleza
            40
            La mirada antigua
            41
            Habladurías
            43
            77
            Sirenas mudas
            45
            Sobre dragones
            46
            El verdadero origen de la esfinge
            48
            Minotauro sin laberinto
            50
            Una quimera es una quimera
            51
            Un buen conocedor
            52
            Malos hábitos
            53
            Martha y su bicéfalo
            54
            Animales y prodigios para algún jardín…
            Sobre la inspiración a base de tintas
            57
            Brochetas
            58
            Vendas
            59
            La cura
            61
            El sueño del ciempiés
            62
            La víbora no
            64
            Hormigas
            65
            El otro sueño de Gregorio Samsa
            68
            La mascota imaginaria
            69
            Un epílogo menos breve pero con luna de cocodrilos
            Cocodrilocabezas
            73
            78
             Para viajeros improbables  de Cecilia Eudave
            se reimprimió en marzo de 2012 en los talleres de Editorial Pandora, Caña 3657, La nogalera, Guadalajara, Jalisco.
             Diseño de cubierta
            Juan José López Galindo / Haiku
             Diagramación y corrección
            Editorial Página Seis
            www.pagina6.com.mx
            www.edicionesarlequin.com.mx