26 de noviembre de 2014

Gabriela Aguilera V - Microrrelatos Eróticos.





Microrrelatos Eróticos

Juego de manos


      Quizás de villanos. Estar así, rozar con intención un dedo en el acto rutinario de pasar un plato en medio del almuerzo familiar, luego los ojos, uno en uno. Entonces un tocarse en secreto, la línea del mantel como frontera de la escena, ese punto en que los comensales, suegros, cuñados, cónyuges, sobrinos, hijos, no ven, y menos imaginan que hay dos manos batallando una caricia.
       Más tarde, la suerte maldita de tener un momento a solas, apenas un instante que no saben cuánto durará, ese tiempo justo en que por arte de magia los otros no están presentes, la suavidad de la tarde envolviéndolos, la algarabía de los pájaros en el crepúsculo, el rumor de los almendros y las manos, los dedos, las palmas pueden ahora hallarse enteras sobre la rugosidad de un banco de madera, reconociéndose, espejo una de la otra, una contra otra y entonces ya no evitan el contacto y la pasión sube hasta las bocas que, estremecidas, inician la lucha de labios y lenguas y dientes, en un beso culpable de villanos crueles.  

(de FRAGMENTOS DE ESPEJOS, Ed. Asterión, 2011)

Tránsitos
Aseguró ser un buen conductor. Lo desafié esa noche a recorrer mis caminos con su lengua. Lo hizo, deteniéndose el tiempo justo en cada una de las paradas obligatorias inscritas en los lunares rojos que tapizan mi piel. Respetuoso de las leyes, no pasó por alto ninguno de ellos.
No sabía que viajaba siguiendo las señales de un mapa que lo conducían a estrellarse de cabeza entre mis piernas.

(de FRAGMENTOS DE ESPEJOS, Ed. Asterión, 2011)


El Baño
            Allá va el vestido, cayendo despacio desde los hombros hasta el suelo y luego las medias y la enagua. La piel lechosa queda expuesta, abarcando el espacio. El vapor del agua caliente llega hasta la mujer de pie en el cuarto. Por un segundo, su respiración se agita y voltea la cabeza sólo un poco, antes de soltarse el pelo que cae, pesado, negro, y lame sus tobillos, ocultándola de toda vista.
La mujer entra en la tina y bajo el agua, sus manos palpan la dimensión del cuerpo, rodeado del pelo flotante. Luego se incorpora y mira fijo a la puerta, a la cerradura sin llave, tras la que está el ojo parpadeante del esposo, el corazón encabritado, la mano presta, preparándose para terminar aquel juego en el instante en que ella se digne a llamarlo.

(de FRAGMENTOS DE ESPEJOS, Ed. Asterión, 2011)