6 de octubre de 2014

Virginia Vidal - Minificciones- Bio- Chile

Virginia Vidal


Dolor de padre

Pintor Eduardo Carvallo, secretario de la Asociación de Pintores y Escultores de Chile, pasaste miserias, pero no fuiste doblegado. Viviste en una estrecha pieza-taller de una casona en calle Londres, cerca del Palacio de la Risa, donde torturaban a los presos políticos. Plasmaste los dolores de un pueblo Cuadros hasta debajo la cama. Sin más luz que la de una ventana que daba a un patio invadido de murciélagos.

Con qué orgullo viste a tu hijo Camilo asistir a una de tus exposiciones. El bello muchacho crecía ganando días a la rara enfermedad que lo acechaba desde la infancia Había terminado el liceo e ingresado a la Universidad. Tú confiabas en conseguir un tratamiento en Viena donde había esperanzas de curación.

La solapada muerte te jugó la trampa y rompió tus sueños. Eduardo, no resististe la pérdida y el día del entierro, en el cementerio, pediste te dejaran un momento solo junto al ataúd de tu hijo.

Ahí mismo te mataste.

Recuerdo tu sonrisa, tu gentileza, tus planes. Llegaste un día a mi casa con otros pintores muy jóvenes y muchos cuadros: una gran muestra que esperaban exponer en Mission de Estados Unidos. Tengo el que me regalaste de tu serie Postales de Chile, donde fijaste los restos de Lucía Vergara. Lucía, presa, torturada, expulsada del país, reingresó de manera clandestina para seguir luchando. La hallaron caída en la calle Fuente Ovejuna el 7 de septiembre de 1983. La belleza de su cuerpo no la apagaron veinte balas ni horribles quemaduras.

Tu memoria, Eduardo no puede borrarse.


Amor ardido

En memoria de Eduardo Miño, víctima de la asbestosis por su trabajo en la industria Pizarreño, no fue oído; se quemó a lo bonzo frente a la Moneda el palacio de gobierno, el 30.11.2001.

“Mi corazón que desborda humanidad no es capaz de soportar tanta injusticia.” E.M.

Desató nudos mutilaron al chasquiardió recado.
Hasta el sol de hoy, chapado en asbestonula respuesta.
Si alguien te piensa, rocío sudan las rosas, gotean las estrellas.
Pulmones sin aire —iniquidad rebaja—, niega pan, vida.
En tu pecho no late un ave azul, arde el dolor.
Ardidos huesos, onda negra pudre el mar, las piedras sangran.
Samurai y bonzo incendias sueño y médulas, talas consuelo.
Cuchilla al vientre, torrente de luz puro, candil ardido.
Cayó compuerta, justicia de ojos huecos, asfixia de sótano.
Te pienso solo, te contacto herido, suicida heroico.
Plaza vacía, sorda y muda Moneda, plaza madrastra.
Chispa enamorada, la roña de lo oscuro y burla incineras.
Enciende, fuego, de esa voz acallada su dolor e ira.
Pasos de lluvia un corazón anegan, tronchan sus venas.
Arde coraje. Hornacina del alma. Plaza funesta.
Insurrecta fe, contrita entraña y seso, pasión finada.
Harto de sobras amaneció volcán disipó sombras.


Borrado de infancia

“Ese gusto de tierra y de muerte, ese peso en el corazón es todo lo que resta para mí de la  gran aventura y de usted...”
Alain Fournier: Le grand Meaulnes

...mi cabeza colgante distinguió una tenue luz azul. Mi mirada reptó por la pata del velador, entreveradas mis medias en calcetines de lana; una de mis chinelas de taco alto se dejaba acunar por rudo zapatón. Trizas de una copa granizaban la alfombra. Trepó mi mirada hasta el gollete asomado en el balde metálico. Sentí frío en la espalda. Estiré la mano para alcanzar la cobija, pero resbaló en textura de seda. Me avasalló un brazo. Muy ágil la memoria del cuerpo mío, tan dócil para apegarse a la fuente de calor, se volteó ahuecándose. La luz azul me permitía apreciar el escorzo del hombro y la espalda, pero esa cabeza se hundía en mi cuello. Ya no pude mirar más. Cerré los ojos y cogí esas manos…
La primera vez nos vimos en una reunión de amigos y tu presencia me molestó provocándome inexplicable aversión. Pese a tu lucimiento en derroche de ingenio, no disimulé el fastidio. Me acorralaste para contarme la historia del sembrador de dedales de oro: “Los ojos se le perdían en el pasto crecido junto a los rieles, entre los durmientes, más allá de las zanjas, verde en invierno y primavera, seco en verano, sequedad de tumba abandonada. El inglés tocado, le decían. Las viejas le inventaron su bolsón de cuero repleto de monedas de oro y la manía de irlas escondiendo a la vera de las ferrovías. Nadie sabría nunca dónde guardó su botín...” De pronto, hablaste a mi oído:
—Vas a construirme como iglesia sobre las ruinas de los templos habitados por dioses muertos —te hice un desprecio —. ¿A qué jugabas cuando niña?
—Juegos perversos.
(Tú, furtiva, desde la penumbra cómplice, coge el rayo y enfócalo hacia el balcón de enfrente. Él se sacude el mechón. Deslúmbralo. Manotea. Cosquilléale la nuca. Ya dejó el libro. Usa la tibieza iluminada para recorrerlo. Quítaselo. Ahora lo busca. Asáltalo. Entreabre la boca, atrapa el rayo y sus dientes te lo devuelven a mansalva. Después saldrás altanera a pasearte por la vereda y no te dignarás mirarlo, pero ejercitarás el rabillo de tu ojo.)
Fuiste capaz de abrazarme en el miedo y en la pena, en la indefensión y en la soberbia. Yo adoraba tu visión para descubrirme la raíz de la dicha y del dolor, para amasar el nudo del sufrimiento hasta desatarlo en sonrisa disuelta en lágrimas. Sabías arrancar las malezas del miedo y nutrir las fuentes de mis pequeños orgullos. Aborrecí tu mala costumbre de escabullirte dejándome sola para enfrentar la furia congelada del desamor y el fracaso; tu culto del rito. Ya no puedo tener piedad por los sacerdotes sin fe. Tu carencia de rabia ante el amigo alcahuete. Tu indiferencia ante la furia tras el arrepentimiento. La trampa disfrazada de zalamería artera y generosidad perdonavidas; tu resignación para compartir más de una tristeza y tedio con quienes no merecían tu respeto. Tu escritorio ordenado, tu minuciosidad, tus manías. Yo no encajaba en ti, pero no podía olvidar el primer instante sagrado, mágico, sigiloso ni tu solidaridad en el dolor: Le faltaba egoísmo a nuestros sentimientos. Me alejé en busca de otra compañía: muy mal empleada esta palabra.

(“Corre el anillo por un portillo...Cayó una teja, mató a una vieja...” La cantilena acompaña a un par de manos y un corro de palmas unidas disimula sus ansias de acogerlas. En actitud de orar, simulan ante el tajar de esas dos manos juntas. Palmas secas, palmas ardientes, palmas húmedas, palmas ateridas. La piel es una sola lengua acezante. Ceden morosas las manos, se dejan penetrar y se ahuecan esperando la caída del anillo. No expresar nada. Disimulo si cae, disimulo si no cae. Si lo recibes y alguien adivina, pagarás prenda. No pagar prenda es ganar y poder ser tú la sembradora del anillo. Sin embargo, esperas en lo íntimo  ser perdedora, pagar prenda y arriesgarte a la prueba para el rescate. ¿Vas a dar una sandalia o la cinta del pelo? ¿Cuál será la prueba? ¡Comerse el hilo! Y justo, has de comértelo con el maldito. Cuán descarado es su  mirar. Te tiende trampas. Se burla de ti. Comienzas a engullir el hilo sin prisa, pero él es voraz y no tardas en ver las gotitas de sudor brotadas en su bozo. Se aproximan sus labios, espejean los dientes y sus hilos de saliva tornasolan como babas de arco iris. El tiempo se detuvo en el reloj de péndulo del comedor. Se va a detener tu corazón si sigue galopando. El maldito repta hacia tu boca. Se acaba el hilo... No. No puedes renunciar. ¡Se armaría la grande si volvieras a tu casa con un solo zapato!)
Acepté tu burla tenue:
—No tienes perdón. Me reemplazaste por el tedio sin límites, la puntualidad monótona, la falta de imaginación, el método, la rutina, las píldoras para el estreñimiento, tus cuentas en orden, tu planilla de impuestos y la del seguro social de la asesora, sin olvidar el control del pulso y la presión, la verdad mediocre, el culto hipócrita al honor a costa de todas las traiciones esenciales.
Yo oía tamizada por mis divagaciones la voz del cantinero contándote la historia de su vida, luego te preguntó:
—¿Y cómo va su escribidura, don Albán?
Luego te habló de su inmenso cariño por su mujer y el hijo, mientras nos escogía las mejores patas de jaibas y, con suma delicadeza, me aceptaba a mí en su escenario donde tú eras el actor admirado.
Te diste entero, pero nunca pudiste hablar de tu niñez. Borrado de infancia, no te asaltaba ni un recuerdo, ni una sonrisa para el muchachito fugitivo enrumbado por dentro hacia un horizonte fetal. En tu irrecuperable memoria de párvulo había nacido tu primera muerte. Algo te removió la foto color musgo desteñido de una mujer vestida de seda liberty y encaje de guipur. La mirada se te vertió hacia adentro y te cerraste buscándola. Ella te había abandonado antes de tu uso de razón.
“Se despide de ti el más fiel de los amantes, el más devoto de los corresponsales, inmune al desaire y al olvido. Esperando que al recibo de la presente te encuentres bien. Yo, bien. Con las mejores expresiones de su afecto se despide tu seguro servidor QTPB...”, me escribías imitando fórmulas de algún añejo “epistolario de los amantes”.
No supiste de distancias ni fugas ni lejanías. La transmisión de pensamiento inutilizaba todos los teléfonos. Carteros de siete mundos se vieron obligados a perseguirme para entregarme tus cartas.
—Sabes todo de mí, como yo de ti.
—¿Hasta los pensamientos?
—No, no se puede. Pero sí las emociones.
Me entregabas tus pequeñas alegrías, dolores, humillaciones, sueños construidos cada vez con mayor dolor. Me dabas los poemas escritos para otras y recopiados con la convicción absoluta de haberlos presentido antes de la aparición de la definitiva inspiradora. Y los amores, las fiebres, los delirios, los vicios abandonados, los recuerdos escarmenados. Me donaste conatos de cinismo, ternura, sabiduría transformada en gesto maquinal, en reflejo. Y miedos, rasguños y golpes. Te los propinaron cuando estabas vencido. Orfandad definitiva era toda tu riqueza, pero no la acepté. Entre mayor iba siendo tu capacidad de darte, más fuerte era mi lucidez crítica y distanciadora. Procuraba disimular mi dureza. Acaso la disfrazara de condescendencia, comprensión, entendimiento cabal. ¿Cómo decírtelo? Me enfurecían tu manera de aparecer a corazón abierto o como fractura expuesta y tu mirada intensa diluyendo la turbiedad para tornarse transparente. Tu soberbia humilde, tu perspicacia sin desafío. Sobre todo, tu defensa del perdón y la ternura.
—¡Basta! Nunca nadie defendió con tales armas a sus crías...
—Ya tuve las mías, tal vez no las defendí, pero les di amor.. Tú no aceptaste...
—No. Todo hombre, en todo momento, debe comportarse como si todas las criaturas fueran las propias para defenderlas... Por lo demás, un hijo es demasiado importante como para recibirlo a destiempo, condicional.
Me provocaban rabia tu carencia de rencor, tu siempre renovable capacidad de asombro y a la vez la falta de asombro en esos ojos por donde ya pasaron todas las películas. Y, sobre todo, tu escurrirte al sesgo, tu arrancar hacia el horizonte como pidiendo disculpas.
(Jugar a mirarse a los ojos, a ver quién los cierra primero y pierde. Confrontar pupila a pupila. Impedir la caída de los párpados hasta las lágrimas. Sonrientes y algo turbados al comienzo, luego serios en empecinamiento mutuo.: ¿Quién doblega a quién? ¿Cuáles ojos van a ser abatidos? No es el juego de palma a palma —codos asentados en la superficie de la mesa, fusión de las líneas de sus vidas, muñeca contra muñeca, transfusión de los pulsos—, sino la guerra de pestañas: Las niñas de los ojos naufragadas en las niñas opuestas, descubren hasta las fáculas de sus soles. Lenguas las miradas. Los iris se lamen, se penetran obstinados en pasar al otro lado del espejo. Las lágrimas resbalan sin pudor por las mejillas. Lágrima, no me hagas cosquillas, no ardas; lágrima, no me traiciones: avergonzada, te escurres por la comisura del labio y te enjugo con la punta de mi lengua. Todo mi panorama son esos ojos encaprichados en vencerme.)
Pero ¿podía no conmoverme ante la mirada intensa, algo trasojada? ¿Cómo eludir esos ojos escondedores de tus sueños  aterrorizados y también de tus sueños desaforados? ¿Se puede mostrar desdén ante una boca entreabierta como respirando para aguachar el dolor? Pasé por alto la mirada estática, el labio inferior endurecido para contener la blandura de la pena, las aletillas temblorosas aspirando para reprimir el suspiro, el sentimiento abochornado, la incipiente derrota de la espalda, esas piernas sin orgullo, vacilantes al cruzar la calzada.
Ya no graveaba en torno a ti, aunque mi afirmación de vida empezó cuando te conocí y esto vale de aquí hasta el final. Todo el antes sin ti es desleída postal comprada a un librero de viejo a orillas del río. En nuestra primera despedida, el silbo me llamaba y en vez de sujetarme del brazo e impedirme subir al tren, subiste mis maletas y dijiste con lástima:
—Mujer, tanto viajar sin haber aprendido a hacer una maleta. Mira, va vacía, mientras llevas todos los cachivaches en el bolso de mano...
Sí. Tanto viaje. Tanto sentimiento a destiempo. Tanta condena al desencuentro, como si la nave espacial destinada a establecer el vínculo se hubiera desviado una millonésima de fracción de segundo: ni siquiera el lapso de un parpadeo.
Otrora me delineabas los ojos y esculcabas mis canas y las arrancabas. Te gustaba mirarme dormir, según decías, para adivinar con quién te engañaba en mis sueños. Pero no te importaba dejarme esperando mientras te dilatabas en la tertulia baladí y me llamabas a cada cuarto de hora:
—Compréndeme, solo quiero estar contigo, ten paciencia, ya me zafo. Ya voy. No lo olvides, eres mi inventora. Sólo un rato, y la noche será nuestra.
A la cuarta o quinta llamada, descolgué el teléfono. Después, tu carta plañidera: “Eres el ensalmo, te forjé para colmar mis fantasías. Si comprendieras: este dolor ya no me cabe”. No te respondí. Nueva llamada tuya para averiguar y escuchar la frialdad del silencio. Nula para apagar las llamaradas latientes de ese corazón capaz de resonar:
—La amistad no puede ser intercambio de miserias, por eso no te contesto.
—Ven. Hasta el mar te reclama.
—No quiero mascar penas.
—Tú te lo pierdes: un sabor a tortilla de rescoldo, sabrosa, pero con un relente de ceniza de todos los manuscritos quemados...
Antes habías colmado los espacios de la fantasía, al materializar cuanto te negabas a esperar. Me ofreciste una casa de verdad en tus playas de ágatas con tus sueños de mar embriagador y materno, tu ternura desencantada y la pulcritud de la muerte. Entonces inventamos quehaceres en común.
—Ya nos pusimos de acuerdo: vamos a escribir un libro a medias.
—¿Sobre qué?
—Sobre los santos y héroes de Armonía.
—Tú te encargas de la Higiene y yo, de la Cocina.
—No, todo a medias. La Santidad de Armonía es de este  mundo, no como tú... Te daré un diploma en Santidad Menor.
—Bueno, pongámonos serios. ¿Qué fin persigue esta obra?
—Empezar por conocerte. Soy tu doble en el espejo y desde adentro envidio el brillo de tu imagen y tengo rabia porque tus ojos no se clavan en los míos, pues están mirando siempre más allá. ¿A quién?
—A su pesar, los ojos miopes tienen el mirar más intenso... Pensándolo bien, no escribiremos nada juntos. Ni siquiera leíste mi libro.
—Ni lo leeré jamás, porque estaba escrito en la arena con jeroglíficos de pájaros, tapado por nubes turbias, y lo borró una ola —te fibrilaba el párpado y no sabías enfadarte—: en serio, no puedo leer, veo reverberos y se me apagan las letras.
—La carne es triste...
—Gastaste mis tapillas, me hiciste cómplice de tus pasos, me llevaste a descubrir todos tus escondrijos y cuartos secretos, me impregnaste de tu sudor, me encarrujaste, me llenaste de agujeros y hasta unas tachuelas me clavaste.
Aun en mi enojo, tus ocurrencias me sacaban una sonrisa. La arruguita de tu comisura me obligó a fijarme en el labio inferior duro, sequedad ardida en la palidez de la cara.
Una noche, soñé un temblor: movidos los cuadros de la pared; la pintura sollamada del muro, soplada desde adentro, con algo de materia orgánica corrompida. Desperté, encendí la luz, en la pared los cuadros estaban movidos como si quisieran descolgarse. El espejo me mostró patinada, borrosa. Hubo un segundo temblor y los cuadros se enderezaron. El gato de la muerte me rozaba con su cola. Cavilaba sin poder evitar la sensación de estrujamiento cuando alguien me llamó para avisarme. Oí sin entender.
Ya no estabas, ya no estarías nunca más para nadie.
Te colgaste y pateaste la vida infame, tambaleante escabel.
Entonces tuve la irrevocable certeza de haber sido la torpe testigo de una aleteante y suprema agonía.




Niña-perro

Cuando el novelista Carlos Droguett publicó Patas de Perro, causó incredulidad y asombro su protagonista mitad niño, mitad perro, ese Bobi capaz de pensar y decir cuánto le causaba ese cuerpo suyo contrahecho. La crítica se hizo cruces por ese fruto de la imaginación creadora que trascendía las fronteras de la crueldad creando un símbolo de la trasgresión, una perfecta metáfora de la marginalidad. Pero ni al Droguett provocador ni a sus lectores se les ocurrió jamás que la vida misma pudiera brindarle a este país una niña-perro viviente que traspasa los límites hasta omitir el lenguaje humano, para expresarse con ladridos de perro, esquivando todo contacto con los seres de su especie, decidida a ser sólo parte de la leva.
El año 2005 del siglo XXI, una criatura humana de ocho años, Giovanna, en el antejardín de una casa de Villa Los Claveles de Maipú, camina a cuatro patas y no habla, sólo ladra. Durante casi mil días, los vecinos han sido testigos inanes e impotentes de cómo la chicuela descalza y cubierta de piojos comparte la comida con su perro “Oso” y cuando sale a la calle, no se junta con otros niños sino que se une a los perros vagos y come lo mismo que éstos rastrojean.
La madre de Giovanna trabaja de noche y duerme de día. No maltrata a su hija, pero vive como ausente de la realidad. La pequeña estuvo dos años en un colegio de Maipú. Repitió primero básico, no la volvieron a matricular y tanto la orientadora como los profesores fueron indiferentes a su destino y no inquirieron por qué la chica no proseguía la”enseñanza obligatoria”. La madre se separó hace tiempo del marido. Él vive en otra parte, trabaja en un oficio muy modesto, cría a otros dos hijos, pero se desentendió de la niña.
No sabemos qué ha estado pensando Giovanna en su infancia solitaria ni cuál es su grado de lucidez pero, de hecho, a tan temprana edad lo trasgredió todo, fue más allá que Bobi y asumió por entero su condición de perro. Logró adaptar su cuerpo a su perrunidad en la manera de caminar y comportarse; aprender el lenguaje de perro, relacionarse sólo con perros, compartir  —comulgar— el mismo alimento.
Llegó a incorporar en sí misma los atributos de la especie que la acogió y procuró afecto.
Giovanna no aceptó la segregación y el aislamiento: se religó a la otra especie.


Odio de clase

El odio de clase existe y los potentes saben ejercerlo. No hay religión ni mandamiento que lo aplaque. Más que discusión y retórica, es acción.

La más impresionante muestra de lo que pueden hacer las damas enfurecidas para vengarse del miedo que les causa una acción revolucionaria, la estampó la bisnieta de don Andrés Bello, la escritora Iris, es decir Inés Echeverría de Larraín.

Ese recio miedo a perder el poder puede hacer olvidar en segundos la delicadeza, la gracia, la elegancia y la caridad mamadas en la enseñanza recibida durante generaciones.

Cuenta Iris que en su juventud, al término de la guerra civil del 91, rompiendo con todas las normas y buenas costumbres, salió a las tres de la mañana con las demás damas de su entorno para celebrar la caída del presidente Balmaceda:

   "Salimos todas a la calle y me enfrento a una ciudad enloquecida. Una poblada hace pedazos un gran busto de Balmaceda. Varias mansiones son saqueadas. Al pasar por Amunátegui con Catedral, veo el hermoso palacio de la Alhambra de don Claudio Vicuña, invadido por una turba que arroja desde el segundo piso un piano de cola que cae al suelo y con estupor diviso a mi cuñada que aviva los desmanes, se sube al piano y con cierta elegancia alza la cola de su vestido y gracias a los nuevos calzones con blondas y abertura para no tener que bajárselos cuando estamos apremiadas, defeca sobre los restos del otrora hermoso piano exclamando: ¡Para que nunca más, bastardo, hijo de Satanás, puedas librarte del mal olor de tu alma! Todos la aplauden mientras a nuestro alrededor siguen cayendo muebles, cuadros y objetos de arte..."

Esa impúdica descarga sobre el piano es la pestilente metáfora sólo comparable a las maniobras de las damas francesas que caminaban entre los cien mil cadáveres de la Comuna de París. Ellas revolvían las conteras de sus quitasoles de encaje en las órbitas de los comuneros muertos para reventarles los ojos.


“Parecían pescados asados a la parrilla”

Yo tenía doce años. Todos los días, antes de comenzar la clase, la profesora nos hacía leer las noticias de la guerra y ella mostraba los lugares en el mapamundi.

Fue el lunes 6 de agosto de 1945. Lanzaron una bomba atómica en Hiroshima.

Discutimos mucho: ¿Esa bomba sería muy pequeña? ¿Invisible acaso?

Poco a poco llegaban noticias fragmentadas. Supimos del hongo antes que del número de muertos. La ferocidad y oscuridad de ese genocidio me tatuó a fuego para el resto de mi vida.

El 15 de agosto, Harry Truman, presidente de los Estados Unidos, dijo en su discurso: “Si no aceptan nuestras condiciones, pueden esperar una lluvia de destrucción como nunca se ha visto en esta tierra”.

Han transcurrido sesenta y cinco años y en una esas películas que dan para los desvelados, pasada la medianoche, he oído a ancianos sobrevivientes:

“Al caer las bombas, quedaron ciento cuarenta mil muertos en Hiroshima y sesenta mil en Nagasaki. Después murieron ciento sesenta mil más.

“Vi a mis padres y hermanos, parecían pescados asados a la parrilla”.

“Los gusanos me comían mi piel, estuve dos meses inmóvil en una cama.”

Una anciana que fue niña católica ferviente pregunta: ¿Cómo pudieron arrojarnos esa bomba si Dios existe? Murió todo lo existente; sólo las moscas, vivas”.

Un hombre dice: “Lo único que no comí fueron gatos y personas, porque los gatos eran muy astutos y rápidos para huir”.

“Mis hermanos nunca llegaron a probar un chocolate”.

“Hay dos clases de coraje: el de vivir y el de morir. Mi hermanita se lanzó a la vía del tren. Yo también lo intenté, pero cuando la vi destrozada tuve miedo y decidí vivir. Nadie nos ayudaba. Huían de nosotros. Éramos parias. Ni una ayuda”.


Herencia del pintor

Don Juan Pancho se pasó los dedos por las esponjosas hebras blancas de la cabeza. Le costó levantarse de la silla. Se apoyó en el bastón y sintió muy débiles las piernas. Arropó su cuello con la bufanda y miró alrededor. De arriba abajo, el taller estaba tapizado de cuadros pintados en cartones, arpilleras, latas y telas. Tan disminuida la vista, lo vio todo cubierto de tiempo y pátina, pero distinguió ojos nadando en ojeras de desvelos, labios húmedos, narices ávidas.

Y lo acorralaron esas ganas, Dios, no cesaba de sentirse joven de adentro, inagotable. Qué castigo. Fue pasando del abatimiento a la desesperación. Esas secas manos como garras, pero sus yemas podían palpar hasta los más tenues tramados de la piel y de la seda. Qué injusticia. La ira bullía y lo colmaba.
El ofuscamiento lo llevó a inferirse horrible tajo en su virilidad, decidido a dejar partir la vida en la cinta de sangre. Pero su amigo Vicente Elgueta, conocido como el Alcalde de Melipilla, lo llevó al hospital. Le cauterizaron la herida y siguió viviendo.
Al fin, aceptó ser trasladado desde ese pueblito rural de sus amores a su casa en la capital. Se fue reponiendo hasta poder levantarse y sostener los pinceles. Cogió la sandía, la partió de un golpe y un pedazo colorado lo traspuso a la tela, logrando reflejar toda su humedad, frescura y dulzor. Sí, podía pintar esa pulpa y también pintaría labios y ojos y ese colchoncito suave bajo la barbilla que tienen las mujeres.
Pero empezó la fiebre. Lo rodeaban sus amigos sin poder disimular la congoja. Él musitaba:
—Pedro Prado y Julio Ortiz de Zárate, mis hermanos decimales; y tú, Raúl Tupper, Príncipe de los Amigos; y ustedes, Waldo Vila y Alfonso Bulnes, discípulos querido, todos capaces de ver por los ojos del espíritu y del corazón, no permitiré que sufran hambres ni necesidades.
Lo oían llamar desde su calentura a fantasmas muy queridos: Rosario, Filomena, doña Dolores...
Pidió una chequera. Para no contradecirlo, le pasaron una libretita de apuntes. Cogió el lapicero y sin entintarlo siquiera, empezó a firmar hojas y a repartirlas:
—Ustedes son testigos, aquí van doscientos mil francos para ti, Julio. A París los boletos, amigo, a perfeccionarte, a dar todo de ti mismo. Quinientas mil liras  son para Benito Rebolledo. Nos peleamos cierto, pero no importa. Eres vivo de genio, muchacho. ¡Mentira, jamás me fijé en tu modelo! No te quiero ver nunca más vendiendo diarios. No eres canillita sino un don artista. Tienes que dedicarte sólo a pintar, sin pasar penurias…
Firmó otro “cheque”:
—Y que Alberto Ried se vaya a Italia cuanto antes; allá va a encontrar a los mejores maestros de la escultura en las plazas, en las mismas calles...

Se le cayó la lapicera sobre la colcha, pero la volvió a asir, transpuesto en el tiempo y el espacio:

—Pedro, a ti te encargo lo más delicado: entrega un millón de francos a Valenzuela Puelma. No quiero que su hijo siga de boletero en el Teatro de la Victoria. Que se vaya a París con su gente. Allá se va a mejorar su hija Anita...

Casi sin fuerzas, garrapateó sobre otras hojas:
—Este cheque y éste, y éste, quedan en blanco y tú los destinas a los artistas más necesitados. Que ningún pintor padezca escaseces ni penurias... Que ninguno se quede sin pintar por falta de materiales o por miseria. Toma otro cheque...
A don Juan Francisco González se le fue extinguiendo la voz e hizo el supremo esfuerzo en ademán de firmar, pero la pluma se soltó de sus dedos y se le fue el último aliento.


Pegazón del moridero

Envuelta en distancia y queja, sube la cortina del sueño y se sacude de los fantasmas amodorrados para descubrir que el cansancio del reciente baile, la larga caminata y la carrera fueron pura imaginación.

Dolor palpable de no poder correr, trepar, agacharse, erguirse. Vértebras y coyunturas se sublevan, la ataca la tos, resuellan los fuelles vencidos de los pulmones. El cuerpo duele a fondo y a pedazos como los recuerdos de las injurias, las calumnias, las injusticias. Agobiados los hombros. Las manos antes tan inquietas ya no bordan, no tejen, escriben con torpeza, dejan caer las cosas, tiritan. Falla el pulso.

Los libros fueron su razón, su derroche, su juego, su vicio y sacrificio. Los protegió, atesoró, transportó contra viento y marea. La mudanza obligó a amontonarlos en una bodega, salen de la modorra desvencijados, fuera de orden y concierto como soldados borrachos perdidos en un campo desconocido después de la guerra.

Muchos de ésos la acompañaron en el exilio en piezas alquiladas, cuartos sobrantes junto a las cocinas: uno maloliente a plátanos fritos, otro inundado del repugnante desborde de una alcantarilla. Se mudaba portando ladrillos y tablones para armar el improvisado estante de la biblioteca.

Perdió la noción del espacio, se golpeaba contra la muralla al despertar porque otra vez había cambiado el sitio de la cama esa.

Ahora, una vez más mudanza, casa desarmada, libros revueltos, dispersión de la mente, de los objetos, de los recuerdos. Vencimiento.

Cómo borrar la borradura. Borra dura encostrada en el alma.

Su sobre-vida —polvillo de falena— juega con fuego.




Virginia Vidal

Nació en Santiago de Chile.
Cédula de identidad y pasaporte Nº 2 639 921-1
Novelista. Periodista, Registro Nacional Nº 717 del Colegio de Periodistas.  
Colaboradora de la revista Punto Final.
Consejera del Consejo de Monumentos Nacionales representa a la Sociedad de Escritores de Chile.
Socia honoraria de Corporación Letras de Chile.
Directora de la revista Anaquel Austral http://virginia-vidal.com/
Miembro de la Sociedad de Amigos de Nikos Kazantzakis.
Miembro del Círculo de Periodistas de Chile.
Miembro del Colegio de Periodistas de Chile.
Participa en el Primer Diálogo de Escritores Mapuche y Chilenos “Reunión en la palabra” o Zugutrawvn (5,6,7,05.1994, Temuco.)
Encargada de prensa del Instituto de Arte Latinoamericano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile (Coyancura 2241, Providencia) de 1971 a 1973, colaboró en la organización del Museo de la Solidaridad.
Exonerada de la Universidad de Chile en diciembre de 1973.
Exonerada de la Empresa Editora Horizonte Ltda. el 11.09.1973.
Trabajó en el programa “Semana Cultural” del Canal 9 de TV de la Universidad de Chile hasta el7 de septiembre de 1973..

Algunas obras publicadas:

Letradura de la Rara, Ceibo Ediciones, 2013.
Javiera Carrera Madre de la Patria. RIL Ediciones, Santiago, 2010 (2ª ed.)
Oro, Veneno, Puñal. Brosquil Ediciones, 2002, Valencia, España.
Balmaceda Varón de una Sola Agua
Editorial Los Andes, Santiago 1991 declarada Material Didáctico complementario de la Educación Chilena, según el Informe Técnico Clase A Nº 110 de 1991.
Cadáveres del Incendio Hermoso, 1990. Premio de Literatura de la Municipalidad de Santiago, 1991. Premio de Novela "María Luisa Bombal" de la Municipalidad de Viña del Mar 1989.
Rumbo a Ítaca, Editorial Pomaire, Caracas, 1987.
Gotas de tinta y palabreos. Parvos relatos. RIL Editores 2009.
Las mujeres cuentan. Relatos de escritoras chilenas. Simplemente Editores, Santiago, 2010: Amadora incurable.
Mujeres de palabras. Muestra de escritoras chilenas. Ministerio de Educación, Santiago de Chile, 2009: : La ruta de la sandía.
Cuentos chilenos, edición y prólogo de Danilo Manera. Ediciones Siruela, Madrid, España, 2006: Patria oscura, Ruta de la sandía, Trastierros.
Francisca Noguerol Jiménez: Escritos Disconformes Nuevos modelos de Lectura. Aquílafuente. Ediciones Universidad de Salamanca, 2004.
Hormiga pinta caballos. Delia del Carril y su tiempo. Editorial RIL, Santiago 2006.
Misterio del rapto de Europa y los angustiados: proemio Antología poética Caminos de la Palabra -El rapto de Europa,  Fundación Max Aub 2004.
Neruda Memoria Crepitante, Valencia, España 2003.
Morir es la Noticia. Ernesto Carmona Editor, 1997. Coautora. Los periodistas relatan la historia de sus colegas y trabajadores de la comunicación asesinados, desaparecidos, torturados y muertos durante el exilio y la dictadura.