3 de octubre de 2014

"Y entonces escribí... Demasiado Rojo", por Gustavo Dessal

Creo que mi editora Carmen Botello dio en el clavo al sugerirme que este conjunto de relatos se reuniese bajo el título de uno de los cuentos, el que inaugura el libro. Me gusta ese demasiado rojo, ese exceso que se introduce en la humilde vida de Beltrán y lo descompone todo. Tiene gracia que la historia pertenezca a un mundo que desconozco por completo, el del tango, y cuya fugaz visita debo a uno de mis grandes amigos, mi entrañable Rubén, quien cada vez que viajo a Buenos Aires se toma el trabajo de hacerme conocer algún misterioso rincón donde habitan otras vidas. Jamás había estado en una milonga, y mucho menos en esa, cuyo umbral me condujo a una travesía en el tiempo, como si el público y los bailarines fuesen figuras de un pasado decadente. Fue para mi una vivencia de irrealidad tan real, que necesité desprenderme de esa conmoción mediante la escritura.

Escribir es una suerte de drenaje, un modo de separarme de un suceso que me rebasa, que desborda los límites de lo pensado, y que necesito atemperar. Es lo que, por ejemplo, dio origen al segundo relato: “Nos hemos quedado solos”, tal vez uno de los más autobiográficos que escribí hasta ahora. Volver a un lugar del pasado puede ser el reencuentro con una felicidad dulce, o causar un dolor intolerable. Me asomé a ciertos recuerdos, y el resultado fue completamente distinto a lo que esperaba. Fue una experiencia desastrosa. Escribirla, introducirla en las redes de la ficción, sirvió para curarla.

Me paso la vida imaginando historias. Solo he sido capaz de llevar a la escritura una pequeñísima parte de ellas. No sé muy bien dónde van a parar todas las otras, las que no verán la luz. Están allí, dando vueltas en algún lugar, auxiliándome en la irremediable labor de soportar la vida.

Gustavo Dessal