La entrevista está dividida en tres partes: "Del médico, psicoanalista", "El análisis lacaniano" y "De los psicoanalistas, hoy".
Leonardo Gorostiza: "Del médico, psicoanalista" (1 de 3)
Leonardo Gorostiza- Va a ser un comentairo autobiográfico. Voy a comentar algo que no he dicho en los testimonios a la comunidad. Mi primera relación con el psicoanálisis viene a través de mi padre [el escritor Carlos Gorostiza, NdelE]. Él fue desde muy temprano un lector de Freud, de las viejas traducciones. Tenía aproximadamente 30, 35 años cuando leyó por primera vez a Freud y siempre me hablaba de él y de lo que implicaba. Su metáfora, su alegoría conocida era Cristóbal Colón, que había descubierto un nuevo continente. Me trasmitió de esa manera un interés y un gusto por eso, tal vez por su condición de escritor. La relación con las palabras no es algo ajeno a la práctica analítica y tiene que ver también con lo que he recibido de él.
Sin embargo -y acá es fundamental la experiencia del análisis propio para dar cuenta cómo surgió en uno la decisión inicialmente de querer ser analista-, si bien estaban estas condiciones, las otras remiten a las condiciones mismas de mi nacimiento, hasta mi temprana infancia. Para decirlo muy brevemente, siendo hijo único de un matrimonio separado muy tempranamente, el hecho de quedar como hijo único en relación a una madre que estaba bajo los efectos de lo que llamamos un estrago amoroso, implicó para mí desde el vamos implicarme en una situación que podría llamar, entre comillas, la locura del otro. Y en cierto modo, haber ocupado desde la infancia misma el lugar de aquel que escuchaba los dolores, el sufrimiento, la pena de amor de ese otro materno, me llevó -y esto pude despejarlo a posteriori- a tomar la decisión de escuchar a otros, también en sus dolores y en sus padecimientos, pero con algo que se despejó recién con mi primer análisis, que era algo así como ser "el único". Hay algo en la posición del analista, en su origen, algo que Jacques-Alain Miller ha llamado el fundamento neurótico del deseo del psicoanalista, que puede ser bastante compartido, que es la posición de ser el único, la excepción, la oveja negra, el dejado de lado, el segregado. En mi caso, era algo así como ser el único que podía curar escuchando ese infinito dolor materno. Pero lo importante es que, a partir del propio análisis, pude empezar a despejar y a despegarme de ese lugar. Me señalaron algún testimonio en la comunidad, fue algo así como el momento en que se produjo en mi experiencia lo que solemos llamar el curarme del deseo de curar, porque no es lo mismo querer curar la locura o el dolor del otro, que me hubiera llevado a la profesión médica. Yo soy médico, como título universitario, pero como analista tuve que atravesar lo que implica el deseo médico de curar al otro. Y eso se produjo en mi primer análisis, el poder desprenderme de ese lugar. El lugar de querer curar lo que originalmente era ese infinito dolor materno. O sea que mi elección por la práctica del psicoanálisis viene de esas dos vías, obviamente, de la vía materna y de la vía materna, y del conjunto, esa constelación que precedió a mi nacimiento.
-Entonces empezaste a estudiar medicina con el deseo de curar.
-Exactamente.
-Con un deseo terapéutico.
-Así es.
-Y decís que el psicoanálisis tiene que desprenderse de este deseo de curar. ¿Cómo es eso?
-A ver, se me ocurre lo siguiente, a partir de lo que dije antes: si la dimensión del psicoanálisis, un poco difusa, desde la vía paterna, tenía algo así como una especie de ideal, este incluía el ideal de poder curar. Y a mi ingreso, cuando comencé a estudiar a Freud -hemos estudiado juntos en aquella época-, mi primer acercamiento con el psicoanálisis estaba imbuido de un afán terapéutico. Pero poco a poco, leyendo a Freud... hay una fórmula suya muy conocida: el psicoanálisis cura, pero por añadidura. Es decir, es un efecto por añadidura y uno tiene que curarse del deseo de curar, es decir, del furor curandis médico.
-¿Cómo? ¿Por qué?
-Porque el psicoanálisis apunta a que el sujeto que da el análisis quiera saber acerca de las determinaciones inconscientes de sus síntomas. Y esta es la fórmula freudiana. Una vez que esto es elucidado para un sujeto -no es tan sencillo, lleva tiempo, mucho tiempo a veces-, por añadidura, se produce un efecto terapéutico. Un efecto terapéutico que nunca va a ser absoluto, es decir que siempre vana quedar restos sintomáticos. Es decir que no hay una posibilidad de una curación a cero, una restitución ad integrum, como se plantea de algún modo la medicina. La formulación de Lacan es que hay un núcleo incurable en nuestra constitución en tanto sujetos, que además somos sujetos hablantes. Este es un elemento fundamental. Pero quiero agregar una cuestión para que no hayan confusiones en este punto: cuando alguien recurre a un psicoanalista, es porque padece de algo, sufre. Y el psicoanalista tiene que estar en condiciones de acoger ese sufrimiento. Es decir, no hay que confundir este estar en una posición el analista de que el efecto terapéutico va a ser por añadidura, que descartar totalmente y desentenderse de los efectos terapéuticos, que además hay que calibrar en cada una de las personas que vienen al análisis. No todos pueden llevar un análisis en profundidad hasta el final. Y alcanzar un efecto terapéutico para alguien en un momento dado puede ser fundamental. Lo digo para evitar cierto fundamentalismo que hay, que circula, acerca de que el psicoanalista no daría ninguna importancia al padecimiento de los sujetos. Por el contrario, la fórmula de Lacan es que el psicoanálisis consiste en deshacer con las palabras lo que está hecho por las palabras. Esto es el síntoma: lo que está hecho por las palabras. Pero sabiendo que siempre va a haber un resto de incurable y que lo importante es que ese resto de incurabilidad es lo más singular de cada uno de nosotros.
-Antes de hablar de eso, ¿nos querrías contar qué fue lo que a vos te llevó a tu primer análisis?
-Recuerdo haber empezado la demanda de ese primer análisis en el sentido en que se decía en aquel entonces, o se sigue diciendo en la internacional psicoanalítica, "didáctico", para mi formación. Pero bastaron una o dos entrevistas para que claramente se revelara con ese primer analista freudiano que lo que había motivado mi demanda de análisis en ese momento había puesto en cuestión mi condición de padre. Condición de ejercicio de la paternidad que, de algún modo, encontraba un obstáculo en lo que señalaba antes como la identificación al falo materno. Porque finalmente estar identificado al falo materno es ser el niño maravilloso de la madre, aquel que podría curarla definitivamente. Entonces, era necesario para poder ejercer la paternidad y acceder a la paternidad desprenderme, desidentificarme de ese lugar, pero por supuesto esto recién lo pude entender muchos años después.
-¿Te fue útil tu primer análisis?
-Sí, por eso en los testimonios que he hecho no solo dentro del dispositivo de pase, como antes recordabas, cuando decías que un analista va, cuenta su experiencia analítica a algunos, que son los que participan del dispositivo del pase, sino también luego en la comunidad he incluido como parte de mi análisis ese primer análisis. En realidad, el análisis mío -estrictamente hablando, cuando digo análisis digo experiencias analíticas en tanto tales, porque tuve antes experiencias terapéuticas que tuvieron sus aspectos importantes también-, pero en una experiencia analítica ubico esa primera experiencia freudiana que encontró también su propio límite freudiano, y después el análisis lacaniano.
-¿Podrías aclarar qué entendés por límite freudiano?
-Si la lógica era que ese análisis atravesó el tiempo necesario para dejar de ser el falo materno, esto implicaba que era necesario que se produjera lo que Lacan llama una rectificación de la función del nombre del padre. O en términos más populares, una rectificación edípica. Que el padre tuviera un lugar importante pero en la estructura, porque paradojalmente, en mi historia singular, mi padre estuvo omnipresente, en el discurso de mi madre, en su presencia renovada cada semana y en su presencia pública también. En cierto modo, la paradoja es que para que se rectificara la función del padre, mi estructura, era necesario que el nombre del padre, el padre muerto, como dice Lacan, perdiera peso, y se volvera un padre deseante. En cierto modo, el final de ese análisis implicó para mí también reconocer a mi padr como un hombre deseante. Fue algo fundamental.
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