23 de julio de 2012

"Vocaciones": Leonardo Gorostiza, "De los psicoanalistas, hoy" (3 de 3)

Tercera y última parte de nuestra entrevista a Leonardo Gorostiza, psicoanalista argentino miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana, actual presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela Una.
Les dejamos también los accesos a las dos primeras partes de esta entrevista: "Del médico, psicoanalista" (parte 1) y "El análisis lacaniano" (parte 2). 


Leonardo Gorostiza: "De los psicoanalistas, hoy" (3 de 3)



Tomás Hoffmann-Nuestras próximas preguntas son para Leonardo Gorostiza en su rol de presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), un cargo que implica una responsabilidad y una función acerca de la difusión, preservación, instalación del psicoanálisis en nuestro mundo. Nuestro mundo no es el mismo que era unos años atrás. Nuestro mundo ha cambiado mucho en algunas cuestiones claves, como la decadencia de la función paterna, el increíble aumento de la producción de objetos generados por la tecnociencia, la cantidad enorme de fármacos y drogas que están al alcance de casi todos. El Complejo de Edipo ha sido tocado. ¿Qué lugar, qué función, para los psicoanalistas, hay hoy? 
Leonardo Gorostiza- Un lugar difícil, una condición difícil. Lacan decía que el psicoanálisis no tiene asegurado su porvenir, lo cual también presupone una relación con la temporalidad, si seguimos con lo anterior, precisamente. No hay una eternidad en la cual el psicoanálisis podría sostenerse. Si el inconsciente fuera eterno, el psicoanálisis tendría asegurado su futuro para siempre. Voy a tratar de volver después a qué lugar y qué función hay para el analista en este contexto, pero creo que viene muy bien -ya que mencionabas el Edipo y la pérdida de la pregnancia del descubrimiento freudiano con respecto al Complejo de Edipo, una cosa tan sabida, tan cotidiana, que es una interpretación tal que cuando un sujeto viene al psicoanálisis ya trae, son interpretaciones prêt-à-porter, y además hay una decadencia de la función del padre, hay algo de lo que sería la normativa edípica que ya está en decadencia- la AMP tiene dos grandes federaciones en este momento. La Euro Federación del Psicoanálisis (EFP), que reúne a todas las escuelas de Europa, que son cuatro, y lo que llamamos la FAPOL, la Federación Americana del Psicoanálisis de la Orientación Lacaniana, que representa a las tres escuelas americanas. Estas escuelas realizan, cada dos años, encuentros, en cada uno de los hemisferios. Son distintos los congresos de la AMP en su totalidad, que reúne a todos los miembros del mundo. Acaba de salir el anuncio de cuál va a ser el anuncio del título y el tema del próximo congreso de la EFP. El título es, en francés, Après L’ OÉdipe, es decir, “después del Edipo”. Hay una sutileza en este título, porque Lacan habló, luego de su primer enseñanza de retorno a Freud, habló de un más allá del Edipo. Pero no es lo mismo “más allá del Edipo” que “después del Edipo”. El más allá del Edipo presupone una orientación analítica que, existiendo el Edipo, se plantea un más allá. Esto plantea algo así como una referencia espacial: más acá, más allá. El “después del Edipo” quiere decir que el Edipo ya no está o, en todo caso, ya no es lo que era, parafraseando el título de nuestro último congreso. Me parece importante plantear esta cuestión del antes y el después porque también tiene que ver con la cuestión de la temporalidad que yo creo que es crucial. La dimensión espacial, que es propia del fantasma, es afín a la eternidad, mientras que ese atravesamiento del fantasma más allá del fantasma, lo que existe es un orden de un antes y un después, que incluye esta dimensión de la temporalidad.
Ahora, ¿qué lugar para el psicoanalista en este contexto? Hay fórmulas que reiteramos mucho dentro de nuestra comunidad. Por ejemplo, podríamos decir, ya que hablabas de los objetos de la tecnociencia, si los sujetos, cada uno, buscan colmarse con los objetos que les ofrece el mercado y la tecnociencia -que son muy útiles, por supuesto, y los tenemos que usar, pero otra cosa es colmarse con eso- el psicoanalista está llamado a ocupar el lugar de alguno de esos objetos para introducir un cambio fundamental, porque los objetos de la tecnociencia hacen sobre lo que llamamos el goce, la satisfacciones de cada uno, es hacerlos entrar en un régimen cuantitativo. Quiere decir: tener más o menos satisfacción en función al mejor o peor objeto de la tecnociencia que se tenga. Cuanto yo más cerca esté del objeto que hago produciendo, voy a estar más satisfecho. Esa es la ilusión, pero después va a aparecer otro objeto, y así obsesivamente. Si tengo acceso a un objeto más obsoleto, voy a estar menos satisfecho, pero el problema es que la satisfacción de cada uno sea centrada en un régimen de más y de menos, es decir, en un régimen cuantitativo, mientras que el psicoanálisis –y esta es la función del psicoanalista- va a apuntar a que al sujeto que sufre se le pueda revelar que allí donde sufría hay una satisfacción que es absolutamente única, absolutamente particular, que es la de él, y que eso escapa a la lógica del mercado capitalista. Es lo que nosotros llamamos que pueda localizar qué es lo que satisface su síntoma. Alguna vez, Jacques-Alain Miller utilizó una fórmula que a mí me gusta reiterar, que es cuando habló de la nobleza del síntoma. Que es una suerte de paradoja, porque en general la nobleza se entiende en términos de un linaje. Se transmiten los títulos de nobleza de una generación a otra. En cambio, el síntoma, como es singular de cada uno, tiene una nobleza un poco rara, es una nobleza un poco bastarda, podríamos decir. La idea es esa: que cada sujeto pueda acceder a aquello, y a elucidar –cosa fundamental- la modalidad con la cual se satisface, un lugar en el que cada uno de nosotros renguea, tropieza, falla. Y esto reenvía también a la cuestión del final de análisis, de la cual hablábamos antes, porque, en cierto modo –y mi experiencia ha sido así-, es después del atravesamiento del fantasma hubo un tiempo que concluyó en lo que llamamos la identificación con el síntoma, ese reconocerse siendo ese síntoma. Es decir, reconociendo el goce que uno tiene en esa dimensión que es absolutamente singular.
Ahora, si volvemos al siglo XXI… volviendo a esta cuestión del síntoma, uno de los rasgos propios de nuestra civilización es… Anthony Giddens, el sociólogo británico, pudo definir una fórmula que a mí me gusta recordar, que habla de la época post-tradicional. Realmente, nuestra época es post-tradicional porque han caído todas las tradiciones. Por lo menos, en occidente. Hay que ser prudentes con esto, ¿no es así? En Oriente es otra historia y otra cultura, pero la caída de las tradiciones lo que produce es que los sujetos no tengamos algo así como el modo de satisfacción ordenado por una comunidad determinada y la oferta de emblemas con los cuales identificarnos firmemente. Como el sujeto ha perdido eso, esos elementos que son fuente de identificación y también de regulación de los modos de satisfacción, es que lo que toma relevo frente a ese vacío que deja la caída de las tradiciones son los objetos de la tecnociencia. Y en esto, en nuestra posición como analistas, es decir… no se trata de reverdecer los significantes de la tradición –cosa que, además, es imposible-, nos somos nostálgicos del nombre del padre, para que él retorne, y tampoco estamos del lado de esa cuantificación en la satisfacción personal que introducen los objetos de la tecnociencia. La alternativa es que el sujeto pueda orientarse con algo distinto a los significantes de la tradición con los objetos de la tecnociencia. Es eso lo que llamamos el síntoma. Que el síntoma sea el modo, cuando cada uno lo puede elucidar, que tiene de orientarse en su vida.

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