26 de octubre de 2016

Eduardo Galeano - Entrevista Susana Hoffmann

Eduardo Galeano: Entrevista Susana Hoffmann.
Dirección de Contenido : Tomás Hoffmann.
Video Completo del programa "Puertas y Puertos", creado por los psicoanalistas Tomás Hoffmann y Susana B. de Hoffmann y emitido por Canal 7 de Argentina el año 2005.
El ciclo "Puertas y Puertos" fue un antecedente importante para la creación de "Cita en las Diagonales"
"Cita en las Diagonales" es una revista audiovisual de psicoanálisis y cultura creada por los psicoanalistas argentinos Tomás Hoffmann y Susana B. De Hoffmann. Pueden conocerla en http://www.citaenlasdiagonales.com.ar y enterarse de todas sus actualizaciones en https://www.facebook.com/Cita.Diagonales
El eje central de la misma es interrogar acerca de las vocaciones, las contigencias y coyunturas que hacen que un quehacer sea (o no) elegido, marcado, para y por alguien.: http://bit.ly/Vocaciones.

Eduardo Galeano - Un Grande.

Constanza Michelson - Chile


 "Bella, recatada y doméstica"


Así definió la revista brasileña Veja a la nueva primera dama de su país. "Bella, recatada y doméstica". Adjetivos invocados como una especie de lema, de triunvirato de la virtud. Y por si no bastara con eso para dictaminar el ideal femenino, de manera majadera se ha puesto a circular una foto en que Marcela Temer, la ex Miss Sao Paulo y esposa del presidente interino, aparece triunfante junto a su marido, y en el extremo de la escena una saliente Dilma, literalmente en retirada. Una imagen que pone las cosas en orden: sale de la cancha la mujer apócrifa, la que quiso llevar por su cuenta el bastón del poder, la de pelo corto y formas toscas; entra al juego una mujer como Dios manda, con culito trabajado de miss, un tatuaje sadomaso en la nuca con el nombre de su macho -para que cuando él la tenga ahí en cuatro apoyos olvide que está bajo los efectos del viagra y sienta la erección mental que todo tío poderoso requiere para excitarse-, mientras que en su rol público se la describe como más bien discreta: "Aparece poco, le gustan los vestidos a la altura de la rodilla y sueña con tener otro hijo con el vicepresidente".
No se trata de un revival cincuentero de los cariocas. La misma comparación se hizo también en Argentina entre la Sra. K y la esbelta y sonriente Sra. Macri. O en la polémica caricatura que ilustró a Michelle Obama robusta y con un insinuante bulto entre las piernas, y a una curvilínea Melania Trump acompañada del lema: "Las primeras damas volverán a ser como antes". O bien una de la últimas columnas del chileno Sergio Melnick en el diario La Tercera, donde hace un recorrido comparativo entre Dilma y Bachelet, escudriñando los rasgos en común que habrían provocado la debacle política. Y la primera similitud que encuentra, tras un esfuerzo intelectual que debió dejarlo extenuado, es que ambas son mujeres, y no de cualquier tipo, sino con un pasado político activo y, además, ¡combativo!
El problema para cierta moral es, lisa y llanamente, la mujer en el poder, como si fuese un lugar ilegítimo. No se explica de otra manera que las críticas, sean ideológicas o a la gestión, suelan ir acompañadas de una alusión de género. Como si la vía regia de una mujer para acceder a lo fálico -el bastón de mando- fuera ser lo suficientemente atractiva para que le ensarten la tripa masculina.
Tal moral sigue existiendo en cada curva de la ciudad. Quizás lo nuevo es el revival de este discurso en lo público de manera impúdica. Y no sólo por boca de los hombres, sino también de nuestras congéneres, volviendo inevitable la pregunta de por qué, frente a nuestras nobles intenciones de justicia de género, aparecen estas traiciones; sentimos lo mismo que debe sentir una izquierda progresista cuando su pueblo amenaza con votar por Donald Trump.
Marcela Temer cumple la fantasía pornográfica de la idealización masculina: puta en la cama, dama en el salón y sirvienta en la cocina. ¿No es eso lo que quiere decir "bella, recatada y doméstica"?


El artículo de la revista brasilera sobre la chica Temer fue duramente cuestionado por grupos feministas, aclarando, eso sí, que su crítica no apunta a Marcela sino a la línea editorial de la publicación. Quizás sea por defecto profesional de psicoanalista, pero sospecho que tal aclaración es similar al desplazamiento que hacen los pacientes en el diván: "mi problema no es A, es B", para que luego a la vuelta de la esquina descubran que el asunto siempre se trató de A. Y en este caso, soy capaz de afirmar que el problema sí es ella, la mujer que lleva el nombre del marido marcado con sangre en la nuca y su apellido impostado para circular en lo social. Básicamente porque cumple la fantasía pornográfica de la idealización masculina: puta en la cama, dama en el salón y sirvienta en la cocina. ¿No es eso lo que quiere decir "bella, recatada y doméstica"?
A mi juicio, la falta de la mujer Temer es su adecuación a un imperativo que no le es propio. Trabajar el culo, que no es ningún pecado, para luego recalcar -porque por algo nos enteramos, le interesa que nos quede bien claro- que es mojigata. Supongo que debe ajustar cuentas con el hecho de ser una modelo 43 años menor que el señor con el que se casó, para que nadie piense lo que todos sabemos de tal transacción: poder por carne. Sabemos que él no la elige por ser la señorita de San Nicolás, esa que sabe coser y bordar. Transacción que suena políticamente incorrecta, pero que existe, sobre todo porque las mujeres hemos tenido que elaborar estrategias más sofisticadas, como la seducción, en un mundo históricamente dominado por el garrote. El problema de la moral de la mosca muerta es que traiciona a su género en la medida que confirma la fantasía nefasta de que somos ganado tatuado con el nombre de nuestro amo. Y por cada Marcela Temer que accede al poder por esa vía, hay cien que quedan en el campo de batalla, empobrecidas, denigradas, y en el caso extremo, muertas.
Pero pese al consenso que generan estas reivindicaciones, algo pasa con la causa. La resistencia de la lógica masculina es comprensible, nadie quiere perder su poder. Pero deben existir otras razones para que a las mujeres se nos desarticulen las filas. Arriesgo un par de hipótesis. La primera es que algunas voces con el volumen más alto caen en el mismo defecto que ciertos movimientos animalistas, veganos u otros progresismos, el de la superioridad moral. Instalando un deber ser feminista, excolmulgando a demasiadas bajo el cargo de "regalonas del patriarcado". Discursos altaneros y agresivos que asustan e imponen condiciones que desconocen la infraestructura del deseo humano, por ejemplo, despreciando a la mujer que asume su deseo de jugar a objeto de deseo.
La segunda hipótesis es que hay muchas que se refugian en el terreno de lo privado para justificar su existencia, como está ocurriendo con esos discursos de las hipermaternidades que proponen una revolución del amor; revolución que tiene muy poco de subversión y mucho de individualismo del hijo propio. ¿Y para qué, si ese hijo amado y sobreestimulado saldrá al mismo mundo de mierda (si es una mujer, claro)? Es una situación similar a la de quien invierte en las tecnologías del yo -esos autoerotismos de encontrarse a sí mismo- para salvarse solo, pero la diferencia es que las mujeres, como género, tenemos una deuda con nosotras mismas. El mundo todavía no se estructura de una manera justa, y ahí tenemos una responsabilidad política y ética.
Poco importa si una mujer quiere jugar moviendo la cola o haciendo pasteles (muffin se llama ahora, por alguna razón) en la cocina; si quiere tener muchos hijos o si quiere leer a Judith Butler. Nos compete la misma responsabilidad. No es una obligación salir a gritar a una marcha, pero al menos hacerlo cuando reconozcamos una injusticia. Al menos, interesarnos por la realidad, al menos leer el diario, al menos conversar sobre nuestras condiciones en el mundo.
Hace poco tuve que presentar el análisis de una película de Tarantino llamada Death Proof. Mala, el mismo director lo reconoce, pero tiene un gesto muy interesante. La película se divide en dos, como dos versiones de la misma historia: mujeres bellas perseguidas por un psicópata, misógino y femicida. Las primeras son víctimas, y se trata entonces de una película de horror; mientras que en la segunda versión, las chicas se defienden y se transforman en las protagonistas de un filme de acción. En parte, es nuestra responsabilidad definir qué historia será la nuestra.
"Interesante, desfachatada, pero sobre todo republicana". Al menos a mí me gustaría que nos nombraran así con orgullo.
Este artículo fue publicado originalmente en The Clinic
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Chicago 2016













21 de septiembre de 2016

Acerca de trazas y trazos Beatriz Udenio

Beatriz Udenio 
Cita en las diagonales - Escriben los psicoanalistas
Acerca de trazas y trazos
Beatriz Udenio
I Comienzo
Lo primero que me entusiasmó cuando recibí la invitación de “Cita…” fue el título de la sección: “Escriben…”. El efecto no era casual, se montaba sobre las elaboraciones que venía haciendo en estos tiempos de escritura acompasados a las funciones de A.E. (Analista de la Escuela). Y eso me condujo al costado testimonial que el convite y su rúbrica movilizaban. Es, de algún modo, aquello autobiográfico a lo que Paul Valéry se refiere, tal como lo retoma Aníbal Leserre en su texto (1) que, en este caso, se ve invitado a ser puesto de relieve en cada presentación o escrito durante los tres años de función de un AE.
El asunto, pero, me trabajaba de tal modo que tuve que dejar pasar un lapso, que no sabía de cuánto sería, hasta que la cosa madurara en mí, y surgiera este escrito.
Escribir, escribí desde que recuerdo. Al menos, desde lo que los recuerdos encubridores me lo permiten. Pero es sobre todo durante estos últimos dos años, a partir del ordenamiento que hice de mi “caso”, cuando la cuestión de la escritura tomó otro relieve para mí. La escritura y la lectura.

II Armando la trama
Partamos del descubrimiento de que la experiencia que se desenvuelve en un análisis trae consecuencias que van modificando su trama misma. Es lo que fui constatando a medida que avanzaba en dicho recorrido, a distintos niveles. Ese movimiento continúa formando parte de la vida misma.
Pero implica un acto dar por finalizado un análisis. También es un acto la decisión de presentarse al pase y sostener la secuencia de acciones que a partir de allí se desencadenan: puesta en forma del “caso”, entrevista con los pasadores, espera de la respuesta del Cartel o Comisión del pase.  A ello siguen sucesivos actos testimoniales.
Asimismo, se subraya que se trata de un relato lógico, organizado, pero no menos ficcional. Sin embargo, este saber acerca de ese carácter en el que toda verdad es mentirosa queda subyaciendo, tomando relieve el valor de acto que el testimonio implica. Un acto que vehiculiza algo increíble, inverosímil.
Ahora bien, en ocasiones, cuando se trata del texto escrito, puede producirse un destacado diferente: en mayor medida que en el texto leído o pronunciado, se espera que alguna traza de eso sorprendente pueda articularse con la lógica y el matema, es decir, con un cierto nivel de demostración documentada –como en los testimonios jurídicos o científicos. Pero con la particularidad de que dicha demostración incluya que se llega al tope de lo indemostrable, de aquello que no puede pasar por el hecho del decir. Allí, quizás, estaríamos ante el relato de una buena historia –como dice Miller (2) Los documentos, además, suponen un lector. Igual que los textos literarios.

III Cómo la lectura interviene la trama
Ahora bien, una vez abierta la puesta en escritura de aquello que Lacan denominó la hystoria –verdad mentirosa- fue Borges el que vino a mi memoria. Y su “Tlon…”, de Ficciones (3). Porque la ficción que se me iba armando traía consecuencias en lo que podríamos llamar “la realidad”, como una obra de arte la interviene, la transforma. Como la transforman los comentarios de los lectores, al poner de sí.  Si por fortuna se vuelve interlocutor, porque algo repercute en él, entonces su comentario se entrama en lo dicho o escrito, modificándolo.
Considerando que me planteaba quién, más allá de los psicoanalistas, iba a tener interés en leer un texto surgido de una experiencia analítica, la cuestión me estimuló a seguir indagando.
Allí, Foucault con su puesta en cuestión de qué es un autor (4), o la idea de la desaparición o muerte del mismo que encontramos en Barthes (5), abrieron mi perspectiva:
“(…) la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe”. (BARTHES. 1968)
Me detuve en esta cita, que atrapaba la voz destituyéndose ante la escritura, pues la voz había estado en el origen de mi ficción fantasmática, antes del aprendizaje de las letras. Me permitió además echar luz sobre esa dimensión de lo que llamaba “mi palabra” –tan sujeta como la de cualquier hablante a la condición del goce del blablablá (algo muy contrario a un “lugar neutro”), pero también puso en evidencia la falta de identidad intrínseca a la condición de los seres hablantes en tanto somos seres hablados.
Me recordaba cómo la experiencia de ir descubriendo poco a poco esa condición, en el análisis, me había empujado a seguir. La trama de lo oído, lo visto, los restos que armaron mi lalengua, se revelaban en su multi proveniencia urdiendo la escritura. Eso ya no me hacía estrictamente LA autora de ningún texto, como tampoco hay EL lector, porque cada uno será único en su acercamiento e interpretación del mismo.
Pude percibir eso muy bien en cada presentación, allí donde se abre el campo de lo que resuena o no en el otro, según su propia singularidad. Su gusto, sus condiciones de goce, sus identificaciones, su estilo, en suma, lo que se produce como resonancia “eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”. (6)
Encuentro una solidaridad entre aquel que es responsable de ser el que escribió pero no puede declararse propietario del texto, con la posición del sujeto al fin de un análisis. El ser hablado, el ser traumatizado por el verbo, el terreno que va más allá del límite significante, lo indecible, lo inefable, definen otro territorio, que Lacan denominó lo real, que por definición es imposible asir como propiedad. Pero también hay una imposibilidad de garantizarse el interlocutor o lector con el cual hacer “comunidad” –común unidad, común identidad. Un No hay contundente rige aquí. Otra enseñanza librada al final del análisis. No toda común unidad, no todo saber.
IV El placer (y el goce) de leer y escribir
A partir de ello, estos hallazgos marcan la acción de escribir, surgida de lo que insiste, te persigue. Y se puede asociar allí algún tipo de satisfacción posible, muy singular. Barthes  en “El placer del texto” (7) modula una articulación entre el placer y el goce, refiriéndose al escritor como quien goza tanto de la consistencia de su yo como de su caída. Ese antagonismo ineludible define a quien escribe.
También me interesó lo que discierne Maurice Blanchot, agudo lector de Lacan (8) respecto del Intelligere: su etimología está compuesta por los términos inter (entre) y legere (leer/elegir). De allí deriva “Inteligente” (intelligens), que es aquél que elige entre las opciones o, lo que metafóricamente es lo mismo, lee entre líneas. El lector lee entre líneas, y el que se propone escribir se dispersa en ideas que, en algún momento, precipitan en algo. ¿Quién (o qué) elige allí? Cuestión que a mi gusto Blanchot prolonga cuando en “La palabra analítica” (9), se refiere a lo que puede ocurrir en una experiencia de análisis diciendo que:
 “Pero la fuerza del análisis es disolver todo lo que parece ser primero en una anterioridad indefinida (…) ¿Y acaso tuvo realmente lugar alguna vez? No importa, pues lo que cuenta es que, bajo la interrogación apremiante del silencio del psicoanalista, poco a poco lleguemos a ser capaces de hablar de él, de relatarlo, de hacer de este relato un lenguaje que recuerda y de este lenguaje la verdad animada del acontecimiento inasible —inasible porque siempre está perdido, porque siempre falta en relación consigo. Habla liberadora donde encarna precisamente como falta y así finalmente se realiza.”
“Eso” continúa haciendo su trabajo, aún después del análisis, escribiendo en el interior de una idea que da vueltas, en silencio, hasta que se suelta sobre un papel, connotando lo inasible. Es “eso” lo que se toma su tiempo hasta que esta separación se produce, y cualquier ilusión de propiedad se inscribiría como faltante. Es también solidario de lo que se capta al final del análisis en relación con la separación del Otro de la transferencia.
V El trazo y la traza
Finalmente, lo que sedimenta, algo del orden del trazo. Lacan lo denominó letra.
Al final del análisis, este trazo reducido es marca de goce que se escribe sinthomáticamente en el cuerpo. Para cada quien eso diverge. En mi caso, evoco el “canto” de la letra, borde que dibuja un trayecto, en cada texto, de una trama que captura las trazas de aquello de lo que no podría considerarme ni propietaria ni autora, volviéndolos trazos.  Hasta que algo se detiene, en el punto de lo imposible de escribir y lo ilegible. Territorio de lo que no cesa de no escribirse y vuelve a alimentar un nuevo canteo. (10)
Retomando a Barthes, diría que se trata de un bordeo entre un texto de placer y un texto de goce, entre lo decible y lo indecible. Hay algo que puede compartirse, debatirse. Y otro algo insostenible, indecible, insensato. Y eso es lo que se realiza y se reanuda cada vez.  

Bibliografía y notas
1. Leserre, A.: “Retornos en la escritura”. En www.citaenlasdiagonales.com.ar
2. Miller, J.-A.: Donc. La lógica de la cura. Capítulo III. El pase, ¿hecho o ficción? Buenos Aires. Paidós. 2011.
3. Borges, J.: “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”. En Obras completas. Emecé Editores S.A. Buenos Aires, 1974.
4. Foucault, M.: “¿Qué es un autor?” Conferencia de Michel Foucault, del 22 de febrero de 1969, en la Sociedad Francesa de Filosofía, bajo el título de "¿Qué es un autor?". Puede consultarse en https://azofra.files.wordpress.com/2012/11/que-es-un-autor-michel-foucault.pdf
5. Barthes, R.: “La muerte de un autor”. En El susurro del lenguaje. Barcelona, Paidós, 1987.
6. Lacan, J.: El Seminario, libro 23, El sinthome. Buenos Aires, Paidós, 2006. Pág. 18.
7. Barthes, R.: El placer del texto. Buenos Aires: Siglo XXI, 1993.
8. Blanchot, M.: Los intelectuales en cuestión. Esbozo de una reflexión., Madrid, Tecnos, 2003.
9. Blanchot, M.: “El habla analítica”. En http://www.nel-mexico.org/articulos/seccion/radar/edicion/60/300/El-habla-analitica. Sede NEL México - 2011
10. Fuentes, A.: “La función de la escritura en la experiencia psicoanalítica”. En “Letras Lacanianas” N° 1, Revista de Psicoanálisis de la comunidad de Madrid. ELP. Letraslacanianas.com, 2011.